Año CXXXV
 Nº 49.324
Rosario,
sábado  08 de
diciembre de 2001
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Editorial
Las caras de la crisis

Cuando se hace mención a la grave situación que atraviesa la Argentina, la palabra se torna inevitable: "Crisis", se dice, y de tanto decirse, o escribirse, la palabra parece haber perdido la dosis de excepcionalidad relacionada con la situación que describe para convertirse, apenas, en un sustantivo que designa, desde hace tiempo, la realidad de cada día. Sin embargo, la crisis es bien real; pero no se relaciona exclusivamente, como muchos lo creen, con las dirigencias políticas de turno, ni tampoco con cuestiones abstractas o macroeconómicas. Los tentáculos del pulpo son numerosos y largos, y alcanzan a casi todos.
Cuando se lee acerca de las graves denuncias que se han realizado en los últimos tiempos sobre el manejo de fondos destinados a los comedores escolares rosarinos, la reflexión surge, espontánea: no se trata, esta vez, de grandes negociados, ni los protagonistas de los hechos son personajes lejanos envueltos en auras mafiosas. Los delitos a los que se hace referencia son o han sido perpetrados por personas del entorno cotidiano y en algunos casos, como dos que ya se han producido, que ocupan espacios sociales a los cuales difícilmente se los haya relacionado alguna vez con conductas semejantes, severamente penadas por la ley: por ejemplo, una directora de escuela está bajo arresto domiciliario, acusada de malversar fondos.
¿No es eso acaso, también, crisis? El dinero que recauda el Estado, y que proviene de la sociedad -usted, lector, entre tantos otros-, retorna a esa misma sociedad en distintas formas: una de ellas son las partidas destinadas a adquirir alimentos para que los comedores escolares elaboren raciones, destinadas a los chicos. Y son funcionarios designados por ese mismo Estado los que trampean, los que fraguan facturas, los que inventan consumos, los que -en síntesis- delinquen al apropiarse de lo que es de todos. Pero no se trata, se insiste, de seres distantes. Es posible tropezarse con ellos cada día, saludarlos. Nos sonreirán.
Lo que se da en llamar crisis se relaciona con esa clase de comportamientos. Se mezcla con una generalizada pérdida de escrúpulos. Se confunde con una extendida insolidaridad, hija del individualismo mal entendido. Por esa razón va a resultar tan difícil remontar la cuesta desde el pozo en que el país ha caído. No son sólo cuestiones vinculadas con la esfera económica las que se hallan involucradas, sino con el delicado terreno de lo moral. Más allá de la coyuntura que tanto aflige a los argentinos, y de que se supere como todos lo desean, el verdadero desafío es más profundo. Triunfar en esa pulseada contra la deshonestidad consentida y el extendido desaliento llevará tiempo, y -sin dudas- mucho esfuerzo.


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