 |  | Editorial Polémico arancel
 | Hace tiempo que la sociedad argentina viene dando un debate sobre un tema crucial para su desarrollo: la universidad, ¿debe o no ser arancelada? Las respuestas que se han dado son múltiples, y muchas de las posiciones, demostrativas del nivel de pasión que la álgida cuestión despierta. En los últimos días, un plebiscito lanzado por la Federación Universitaria Argentina dejó expuesto que entre los estudiantes predomina una visión negativa sobre el cobro de arancel, propuesta que había sido lanzada desde el Ministerio de Educación de la Nación. Los resultados de ese escrutinio justifican una inmersión en el análisis. Ocurre que lo que aquí se encuentra en juego no son sólo visiones ideológicas contrapuestas, sino -en última instancia- un modelo de país. Porque, más allá del categórico rechazo sufrido por la sugerencia oficial, no deberían quedar dudas de que la intención que la alimenta no es otra que optimizar el funcionamiento de una institución decisiva para el bienestar de la Nación. Al mismo tiempo, es imposible dudar de que los jóvenes que se opusieron al proyecto aspiran a una universidad eficiente, en la cual la enseñanza y el aprendizaje de las ciencias y las artes convivan armónicamente con el debate de ideas, tan necesario para la madurez de una sociedad democrática. Sin embargo, pareciera que el enfrentamiento llega con excesiva frecuencia a niveles a partir de los cuales la incomprensión torna insostenible el diálogo, hecho que termina por banalizar a los bandos en pugna. Y así, se construyen dos caricaturas: una que refleja una universidad de excelencia, pero para muy pocos, y otra que asimila su imagen a la del comité de un partido político. Ambas versiones son falsas, pero retratan con cierta fidelidad los excesos en los que ambas posiciones terminan cayendo, por intolerancia o por soberbia. Poco tiempo atrás, un destacado intelectual como Tomás Abraham sostenía, en diálogo con La Capital, que la universidad juega -en el duro país de hoy- un rol en el que no muchos reparan: simplemente, oficia de contención. Les brinda a muchos jóvenes, en síntesis, su única (sino última) oportunidad de integrarse a una sociedad crecientemente expulsiva, en la cual no "pertenecer" puede significar la marginalidad o la exclusión definitivas. Por eso, cualquier proyecto que implique restricciones debería estar compensado con la simultánea apertura de espacios alternativos. De otro modo, se estaría contradiciendo aquel espíritu que permitió y gestó en gran medida la cada vez más lejana grandeza de la Argentina: aquel que unía a todos sus habitantes bajo el manto protector del delantal blanco, el mismo de la Reforma Universitaria de 1918, ese que afirma que la educación es un deber y un derecho de todos.
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