Año 49.067
 Nº CXXXIV
Rosario,
domingo  25 de
marzo de 2001
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Historia del crimen. Una "figura" del hampa
El primer vuelo de "Pichón" Laginestra
Se hizo conocido como asaltante en los años 60. En 1968 protagonizó una espectacular fuga en Rosario

Osvaldo Aguirre

Se llamaba Juan José Eduardo Laginestra y había nacido el 8 de enero de 1937 en el pueblo de Coronel Bogado, cerca de Rosario. Pero casi toda su carrera delictiva transcurrió en la ciudad de Buenos Aires, donde se hizo célebre por la misteriosa facilidad con que podía burlar a la policía. El mundo del hampa lo bautizó con el apodo de Pichón, en alusión a su físico esmirriado.
En los años 60 y 70, el nombre de Laginestra estuvo asociado sobre todo a robos espectaculares. Pese a que cayó detenido varias veces y pasó casi la mitad de su vida en prisión, nunca pudo rescatarse un solo peso de sus botines. Por otra parte, Pichón vivía en pensiones y aguantaderos y vestía con humildad. El único bien que poseía era un auto Ford Falcon. Circuló así la leyenda de que guardaba un tesoro en un lugar recóndito y que aspiraba a disfrutar de ese dinero cuando le llegara la jubilación.
En 1967 Laginestra fue detenido en Buenos Aires y acusado por varios robos a mano armada. Como tenía una condena anterior, de 1960, recibió entonces una pena de 15 años de prisión. Y acto seguido se lo condujo a Rosario, ya que se lo buscaba por un asalto en la seccional 4ª.
Una vez en Rosario, Laginestra sólo parece haber tenido una preocupación: escapar. Cuenta la leyenda que en septiembre de 1967 un supuesto oficial de Justicia llegó a la cárcel de Riccheri y Zeballos, donde estaba preso, con una orden de libertad. Antes de que Pichón traspusiera las rejas se advirtió que todo era un engaño.
El 11 de diciembre de 1967 Laginestra intentó su segunda fuga de la cárcel. Según la crónica del momento, a las 14.45 de ese día los guardias de la sección exterior de los muros del presidio "advirtieron que dos penados se descolgaban desde la parte superior de las almenas por medio de una improvisada soga formada por varias sábanas atadas en sus extremos".
Los presos fueron identificados rápidamente: se trataba de Ernesto Musa Vesir y de Pichón Laginestra, a quien ya se presentaba como un "conocido delincuente". La policía cercó la zona y comenzó a requisar casas.
Musa Vesir se entregó sin resistencia, al ser descubierto en plena calle. Pero Laginestra intentó resistirse hasta último momento. "En su huida, dio un violento empellón a la moradora de la finca que lleva el número 2861 de pasaje Argentino, Carmen de Gómez, que se hallaba en la puerta y, tras derribarla, buscó ocultarse en esa casa", relató una crónica.
Seguido de cerca por los policías, Laginestra atravesó los techos de varios domicilios y llegó hasta la casa de Zeballos 2872, donde finalmente fue apresado. Pero Pichón no se resignaría a su encierro.

En libertad
La frustrada fuga había incluido una circunstancia extraña: "uno de los puestos de ametralladoras se dispuso a tirar contra los evadidos, pero (...) el mecanismo del arma se trabó, dando tiempo a los maleantes a buscar refugio". El papel de las guardias volvería a quedar en entredicho, pero de manera más visible, en el siguiente intento de Laginestra por recuperar su libertad.
Ocurrió en la madrugada del 23 de marzo de 1968. Una lluvia de disparos despertó entonces a los vecinos de la cárcel de Riccheri y Zeballos. En medio de la confusión, las primeras versiones describían un encarnizado tiroteo entre la guardia del penal y un preso que no era otro que Pichón y que había alcanzado a escapar, después de descolgarse desde la terraza con una soga de nylon de ocho metros y abrirse paso a los tiros.
Pero enseguida quedó al descubierto que ese tiroteo era una especie de comedia para encubrir la complicidad de varios guardias en la fuga. Después de su anterior intento, Laginestra había sido confinado en la llamada guardia armada, en una celda de aislamiento. Pero luego volvió al penal común, donde aparentemente llegó a entenderse con sus custodios.
Se comprobó entonces que la celda de Laginestra había quedado cerrada con candado y que la llave se hallaba en el panel donde solía ser guardada. Todo parecía normal, pero en vez del preso había quedado allí el colchón doblado sobre la cama, para simular el cuerpo dormido.
Una vez en la terraza de la cárcel, Laginestra "corrió largo trecho sin que el centinela que debe cubrir ese área lo viera o le tirara. Llegó a un torre desde donde se descolgó hasta la calle y cuando corría ya afuera le habrían disparado". Seis guardias quedaron detenidos después de la reconstrucción que realizó el juez Jorge Dana Crespo.
"Debe destacarse -indicaba una nota de este diario- el hecho de que Laginestra sería poseedor de un importante botín escondido, fruto de sus andanzas delictivas, que le permitiría disponer de amplios recursos como para intentar eludir la acción de las fuerzas del orden". En los años siguientes, Pichón engrosaría con nuevos golpes ese fantástico tesoro.



El Ford Falcon habría sido su única posesión.
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