Elbio Evangeliste
Volvió un día, y como no podía ser de otra manera hizo un gol. La gente lo pedía, quería verlo, sentirlo, gozarlo. El respondió. Juan Antonio Pizzi tiene un idilio con el pueblo canalla que muy difícilmente algún día muera. Todos estaban a la expectativa de cada movimiento del goleador. Desde el momento en que el equipo pisó el césped del Gigante de Arroyito los canallas comenzaron a emanar de sus gargantas el histórico "El Pizzigol, el Pizzigol...". A Juan Antonio Pizzi le costó meterse en el partido, el juego de Central no fue de lo mejor en los primeros minutos y eso, indudablemente, perjudicaba al delantero. Así y todo se encargaba de marcarles la jugada y los pases a todos y cada uno de sus compañeros. Era un técnico dentro de la cancha. Pese a ello, el esfuerzo que debían hacer tanto Lobo como Morquio, especialmente en las pelotas aéreas, era supremo. Pizzi se mantenía ahí, merodeando el área rival. Apenas si pudo entrar en en contacto en contadas oportunidades, sólo un par de asistencias a Iván Moreno y Fabianesi y al Cata Díaz de espaldas al arco fueron las intervenciones más importantes. Pero en el complemento todo sería distinto, con un Pizzi más activo, más incisivo, más querendón. En el minuto 13 -dio toda la impresión que quiso definir él- asistió a Moreno para que éste sólo tuviera que empujarla a la red. A partir de allí fue como que se sintió cada vez más cerca del arco, con más chances. El propio Iván lo dejó cara a cara en dos ocasiones, pero el goleador fallaba una y otra vez. La gente se moría de nervios, es que si bien Central estaba ganando ellos esperaban algo más. Algo así como un gol del querido Juan Antonio. Y fiel a su costumbre, el muchacho no defraudó a su público. En el minuto 81 aprovechó el zapatazo de Tombolini para ganar en lo alto, asistir al Torpedo Arias e ir a buscar la devolución donde más le gusta estar, en el área, y el pase de Federico lo encontró picando en busca de su gran amigo: el gol. La exigencia de Graieb fue estéril, Pizzi definió desde el suelo al palo derecho de Ríos y el Gigante enloqueció. Poco importó que después Bauza lo haya sacado, el sueño se había transformado en realidad. Pizzi volvió un día y, como no podía ser de otra manera, hizo un gol.
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