Año CXXXIV
 Nº 49.018
Rosario,
domingo  04 de
febrero de 2001
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Homenajes
La ópera, Giuseppe Verdi y su obra
A cien años del fallecimiento del gran compositor, un recorrido por su historia y la del género que lo consagró

Adriana A. Costa (*)

La ópera es -y en esto radica su más importante valor- un extraordinario elemento de cultura y divulgación histórica, que refleja con arte e interés los diversos acontecimientos culturales de la civilización occidental y a cuyo éxito final colaboraron músicos geniales como Mozart, Beethoven, Rossini, Bellini, Donizetti, Verdi, Wagner, extraordinarios cantantes, grandes directores, famosos escenógrafos y pintores.
El origen de la ópera habría que buscarlo en la Florencia italiana del Renacimiento, donde a fines del siglo XVI un grupo de jóvenes nobles, decididos a volver a las fuentes de la civilización griega clásica, constituye la Camerata Florentina con el fin de recrear la música de los coros del teatro griego. Se concreta así en 1597 la "opera prima" de esta nueva orientación estética: la ópera "Dafne", con música de Santiago Peri y libreto de Octavio Rinuccini. La novedad es que se tiende a reemplazar la música polifónica o sea varias voces cantando, juntas o entrelazadas, en una clara disposición de contrapunto, por una música monódica donde, por lo menos la melodía principal, es entonada por una sola voz, creando un recitado. Así, en una especie de sonsonete declamatorio, se explicaban aquellas partes del argumento que quedaban confusas o sin entender en las arias (esos solos melodiosos que siempre fueron la parte principal de la ópera italiana).
De Florencia la ópera pasa a Venecia y allí conoce su primer período de esplendor porque se abre al público, saliendo del salón del palacio. Esa participación de extensos sectores populares crea nuevos teatros y la intervención en calidad de libretistas y escenógrafos de ilustres escritores, pintores y arquitectos.
La ópera pronto atraviesa los Alpes y se crea un nuevo hogar en París, donde se funda a tal fin una Academia de Música. Al divulgarse fuera de Italia pierde su carácter italiano para adaptarse a las particulares modalidades del lugar donde se representa (París o Viena) y así sufre profundas modificaciones técnicas y estéticas durante los siglos XVII y XVIII por obra principalmente de Lully y Rameau en París, por Gluck en Viena y Mozart con libretos escritos en alemán.
Llegamos así a comienzos del Siglo XIX cuando en la aldea lombarda de Roncole, a escasos tres kilómetros de Busetto, pequeña ciudad equidistante de Parma y Cremona, nace el 10 de octubre de 1813, Giuseppe Fortunino Francesco Verdi, uno de los dos compositores más importantes -junto a Wagner, su contemporáneo al que no llegó a conocer personalmente- del teatro musical de todos las épocas.
La larga parábola de la producción verdiana -murió a los 88 años- puede subdividirse cuando menos en dos etapas: la producción juvenil desde su primera obra "Oberto" (1834), "Nabucco" (1842) "I Lombardi" (1843), "Ernani" (1844), "Attila" (1846), "Macbeth" (1847), "Luisa Miller" (1849), "Rigoletto" (1851), "Il Trovatore" (1853), "La Traviata" (1853), "Un ballo in maschera" (1859) y la de la edad madura: "La Forza del Destino" (1862), "Don Carlo" (1867) "Aida" (1871), "Otello" (1887), "Falstaff" (1893).
Abarcando ambas etapas su música se renueva constantemente, pero sin renunciar nunca a su estilo tan particular del "drama musical" que suma a los grandes sentimientos y pasiones del hombre, la genial figuración musical del autor. A partir de Verdi, se acaban muchas características de la vieja opera del Siglo XVIII: la sucesión de partes musicales completas -"los números"- el predominio del "aria"; la división mediante partes musicales cerradas -"aria, duo, trio, coro"; el "recitativo" como aclaración del canto y por encima de todo una caracterización psicológica más profunda mediante la música, de los personajes y las ideas.
Dos ejemplos que ilustran al respecto: la popularísima melodía de "La donna é mobile", que entona el duque de Mantua en Rigoletto. Frente a la belleza de su música, tan popular y reconocible aun por el profano, se puede oponer el criterio del entendido, quien clasifica esa canción de "vulgar" o "superficial" y por supuesto de mucho menor nivel que el magnífico cuarteto de la misma obra. Ambos criterios pueden ser válidos pero lo genial de "La donna..." es cuando se piensa que caracteriza al personaje que la canta: el duque, que es frívolo y exento de profundidad. Súmese a esto el grandioso momento dramático que se genera al intercalarla en medio de esa noche trágica, tormentosa tanto afuera como adentro y donde el libertino termina dejando inerte a una "donna" que no fue "mobile", sino fiel hasta la muerte.
Otro ejemplo: las trompetas en "Aida" que resuenan en el Acto II cuando los egipcios desfilan tras su victoria sobre los etíopes: "Es música ruidosa y ramplona de una banda de pueblo" fue la crítica de un pseudo erudito, que ignoraba que Verdi escribía esa escena en 1870 -cuando el ejército prusiano aplastaba a los franceses en Sedan-. Verdi que recordaba la influencia de Napoleón a la causa de la unidad italiana estaba con los franceses y por eso lejos de ser un tonto himno guerrero, el trompeteo belicoso debe interpretarse, como una sátira del triunfalismo militar, de ese y de todos los tiempos.
Hasta mediados del Siglo XIX, la ópera italiana estuvo al servicio del bel canto, independiente de toda verdad dramática y ajena por completo a los problemas de la época.
Eso fue motivo para que Giuseppe Mazzini, artífice del Rissorgimento italiano, que tendía a la reunificación republicana de Italia escribiera un virulento artículo en 1836 clamando por la aparición de un artista dotado de espíritu viril para expresar los anhelos patrióticos.
Giuseppe Verdi recoge el reto, se pone ese sayo y en "Nabucco", en la escena más bella de la obra, hace entonar a los esclavos hebreos, de rodillas, a orillas del Eufrates en Babilonia -según el Salmo-, su oración fervorosa, su anhelo de libertad, la añoranza de la patria lejana, sintetizada en la inolvidable escena coral del "Va, pensiero sull' alle dorate" que se transforma en el himno de la nueva Italia.
Religiosamente patriota Verdi es el artista esperado, el músico que colma de melodías y fervor a la multitud que asocia su persona a la causa italiana y hace de su nombre un acróstico que expresa Vittorio Emmanuelle Re D'Italia. Otra característica destacable del genio verdiano es sorprender al público en cada nueva ópera con algo que nadie había hecho antes: en "Il Trovatore", al adjudicar a una mezzosoprano -la gitana Azucena- el rol de prima-donna, protagonista principal del relato. Del papel de Azucena, Verdi escribió: "es el rol principal, más dramático y original que cualquier otro. De ser yo cantante siempre trataría de cantar el papel de la gitana en Il Trovatore". El solo del segundo acto "Stride la vampa" y el dúo con Manrico del cuarto acto "Ai nostri monti" confirman lo dicho.
En "Rigoletto", se atreve a presentar a un bufón giboso -que repele a la vez que divierte a la Corte con sus chascarrillos-, como modelo de amor paternal. Finalmente en "La Traviata" por primera vez se representa una ópera con vestuario contemporáneo a su época y donde una cortesana que vive vendiendo sus favores se redime por amor, dejando al desnudo la hipocresía de una época, la debilidad de carácter de un amante y la crueldad y bajeza de un padre.
Rico, famoso, admirado por toda Italia y a partir de "Rigoletto" por el mundo, sano de cuerpo y espíritu, después de su triunfal "Aida" estrenada en el Cairo, la carrera del Maestro parece estar brillantemente terminada cuando se retira a su casa de campo, la finca de Sant'Agata, la reforma, embellece y acondiciona de acuerdo al sentido común, teñido de romanticismo de un campesino apegado a la tierra por sus raíces y donde vive y disfruta como aficionado a la caza, amante de la buena mesa y los mejores vinos.
Nada que recuerde a su "trabajo en galeras" de la juventud excepto cuando conmovido por la muerte del venerado poeta Alessandro Manzoni, compone un Requiem a su memoria que le representa otro triunfo personal raras veces alcanzado con obras sacras.
Pero faltaba algo más: una fuga final para coronar su obra gloriosa: no ya con el fondo de la muerte y amores malogrados, con ardientes pasiones y actos de locura, sino con el último y supremo conocimiento de que es capaz el corazón humano. "Tutto nel mundo é burla" canta "Falstaff", proponiendo un risueño entenderse y perdonarse los unos a los otros en su ópera póstuma (1893). Verdi y su amada Giuseppina murieron felices, a edad muy avanzada y reposan juntos en la misma tumba dentro de los muros del Asilo de Compositores que el maestro edificó y al que legó su fortuna.
(*) Coordinadora de Opera de Rosario



Giuseppe Verdi, el gran compositor.
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