Año CXXXIV
 Nº 48964
Rosario,
domingo  10 de
diciembre de 2000
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Los charrúas acumularon su quinta derrota consecutiva
Córdoba sigue perdido

Mauricio Tallone

En un día en que el desvarío constante del fútbol argentino entregó otra prueba de sus inagotables recursos para estar a contramano de la lógica, el ejercicio del análisis de un partido de fútbol se topó con su costado más ambiguo. Y en el colmo de los disparates, se organiza un encuentro a la hora menos aconsejable y con un calor que no sólo rajó la tierra sino que recortó en demasía las posibilidades de ambos equipos. De la calidad y la excelencia del espectáculo, ni hablar.
Con ese cuadro de situación, resulta complicado remitirse al compendio de previsibilidad que ofrecieron ayer Central Córdoba y Nueva Chicago sin caer en la tentación del disconformismo, en la franqueza de un resultado con algunas aristas de injusticia y en la impunidad que admite el quinto traspié consecutivo de los rosarinos.
Separado el tiempos de los reproches y las conclusiones aleatorias, es momento de apelar a lo estrictamente futbolístico sucedido en el campo de juego del Gabino Sosa: Central Córdoba no tuvo vuelo creativo, si bien en el primer tiempo se agrupó criteriosamente para defender y supo sacarle provecho a la vocación de pacmans de sus tres volantes de contención, nunca encontró chirolas de ingenio ni se decidió a meter la mano en el bolsillo para hilvanar alguna jugada de peligro.
No se necesitaba ser un aprendiz de adivinador para darse cuenta a qué ritmo iban a moverse los dos equipos. O que se privilegiaría el toque pausado para evitar consumir energías.
Aún con una imagen un tanto distorsionada, los locales fueron fieles a sí mismos para llegar a la apertura del marcador. Y en épocas en que el fútbol es materia de estudiosos que diseccionan a los rivales para poner anularlos, los charrúas desnivelaron con una fórmula tan conocida hasta las antípodas: avivada de Aira para meterle un pelotazo a Ariel Ruggeri, centro del volante y Herrera sólo tuvo que empujarla. Una vez más las virtudes se burlaban de los conocimientos precautorios, más allá de que debe haber pocas jugadas más globalizadas que un centro al área chica y empujarla al fondo de la red. Ese gol además obró para que los visitantes aceptaran más mansamente el rol de convidado de cuerpo presente y fútbol ausente.
En el complemento, Córdoba quedó aferrado a la conservación. Como si el objetivo básico de mantener la diferencia hubiera hecho tambalear la propuesta del inicio hasta el punto del retraso exagerado, los dirigidos por el Bocha Forgués se dedicaron a entregar el campo y rechazar sin miramientos cuanto balón merodeaba el área de Fabián Cancelarich.
Nueva Chicago presentó la contracara presumida. Es decir, con un par de cambios desde el vestuario, sacó a relucir el rasgo espiritual de la motivación y en cuestión de minutos se animó a tirar un par de directos a la mandíbula y dio vuelta la historia. Primero Jesús aprovechó un descuido de Cancelarich, después el Topa Gómez mostró sus uñas de goleador y sobre el final Martens capitalizó otro obsequio charrúa. Dicho en el argot tribunero, Córdoba se durmió y lo acostaron.
Algo no huele bien el mundo de los charrúas. Sucede lo que suele pasar con aquellos equipos que en las vecindades de fin de año van moldeando un balance regado por los baldazos del fracaso.



Por momentos Fórmica pudo mostrar su fútbol.
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