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 sábado, 10 de noviembre de 2007  
candi
Charlas en el Café del Bajo
—“¿La gratitud?, dice Herman Hesse en su novela Demián, es una virtud en la que no tengo ninguna fe”. Y en esa misma parte de la obra el gran escritor habla, a través de Max Demián, de la tragedia de Abel y resalta, no obstante, la figura de Caín a quien en realidad no ve como un gran ingrato y un vil asesino, sino como alguien que debió actuar y actuó. De paso, y aunque no sea el tema que deseo tratar hoy, recuerdo que antiguas creencias (aún vigentes en ciertos sectores herméticos) señalan que en el mundo hay dos clases de seres humanos: los seguidores de Caín, caracterizados por ser activos y constructores, más inclinados al materialismo y a la tierra, y los seguidores de Abel (o mejor dicho, según algunos, del sucesor espiritual de éste, su hermano Set) cuyas características son las de ser piadosos, místicos, devotos, más entregados al plano espiritual. Es todo un indicio el que Caín haya sido labrador, en tanto Abel era pastor, es decir cuidador, guía del rebaño. El nombre Caín, en hebreo, tiene connotaciones con la “acción de crear”, mientras que Abel significa “aliento”, espíritu. Cuando Abel muere, no muere su característica, que se perpetúa, como hemos dicho, en Set (nombre que en la lengua original refiere a “sustitución”). Ahora: ¿por qué Dios pone una señal en Caín para que, no obstante haber sido condenado (al destierro) por su homicidio, nadie lo mate? Me atrevo a una respuesta al final de esta reflexión. Digo ahora que todos tenemos una parte de Caín (que pesa más o menos) y todos una parte de Abel (que también es hegemónica o no).

   —¡Pobres los que tienen más de Abel o de Set!

   —Uno debe creer (y creo, Inocencio), que lo que es del espíritu es protegido por el espíritu. Pero vayamos a la cuestión de la gratitud o ingratitud: ¿cuántas veces hemos sentido que nuestro hermano, nuestro “próximo”, nos hiere mortalmente con el puñal de la ingratitud? ¿Cuántas veces hemos tenido la sensación de ser Abel rodeado de “caínes”? Y otra pregunta no menos importante: ¿pero en cuántas oportunidades nos hemos detenido a reflexionar sobre las veces que nosotros mismos levantamos el puñal de la ingratitud?

   —¿Qué es la ingratitud en realidad?

   —Yo la defino como “sentimiento del hombre que lo lleva a una acción pasiva por la cual se muestra inerte ante la adversidad de su protector, o sentimiento que determina la acción activa para sumirlo en tal adversidad con fines despreciables”. Ahora, si los fines o resultados son injustos, ello podría inducir a pensar que el ingrato es un ser malo. Sin embargo, yo, como tantos, pienso que el ingrato es en realidad un ser que “padece” una patología. Caín, por ejemplo, mata a su hermano no por el gusto de matar, sino porque un brutal remolino de celos se apoderó de él. Dios había preferido la ofrenda de Abel a la suya y eso lo perdió en un fatal resentimiento y una ingobernable emoción violenta. Ahora bien: Dios hubiera podido exterminar a Caín, pero no lo hizo. Ante la gran ingratitud de Caín, Dios se apresuró al juicio, pero no fue duro en la condena. Se me ocurre pensar que El vio detrás del ingrato a un ser absolutamente infeliz y afligido. Y así se lo dice a Caín luego de que prefiriera la ofrenda de Abel: “¿Por qué ha decaído tu semblante?”. Y algo más: el propio juez y víctima de la ingratitud puede que sea (a veces sin saberlo o no deseándolo) el causante de la pena en el ingrato.

Candi II

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