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 domingo, 03 de junio de 2007  
[Nota de tapa] - Al maestro con cariño
Cuando la poesía se viste de imágenes
Un libro compila las lecciones que el cineasta Fernando Bbirri dictó en EEUU. Una oportunidad para conocer el detrás de la escena de sus películas y de su vida

Lisy Smiles / La Capital

“Soñar con los ojos abiertos” es el título del libro donde se compilan las clases que el cineasta Fernando Birri dictó en 2002 en la Universidad de Stanford (EEUU). Pero ese título es mucho más que eso. Es casi una llave maestra para abrir un cofre: la vida de este señor barbado, mezcla de acérrimo documentalista con innovador cinematográfico, poeta y artista plástico. Él dice que la utiliza como un mantra, y aconseja a cada uno que busque su significado. Para él encierra esa experiencia única: la poesía, en su sentido amplio, como ámbito indiscutible de la creatividad. Y Birri sabe de eso, es un creador.

Nació en Santa Fe el 13 de marzo de 1925 y, según confiesa en el libro editado por Aguilar, su primer poema lo creó en la máquina de escribir de su padre. Estima que fue entre los cuatro y cinco años, y lo compuso “a dos dedos”. “Y entonces vino mi primo Pierrú / y la vaca dijo muuuuu!”, expresaba entonces el pequeño Fernando sobre una visita de un familiar. Todo un bautismo creativo.

El padre de Birri era escribano pero no estaba ajeno al mundo creativo. “Él, que se ganó la vida como escribano, en realidad era pintor”, cuenta el cineasta en una de sus clases en la Universidad de Stanford.

Sus tíos también acompañan el recuerdo de sus primeros pasos en lo artístico. Formaban “La típica Birri”, una pequeña orquesta (bandoneón, guitarra y violín). Máximo, uno de sus tíos músicos , no sólo le aportó algo de esa sensibilidad artística, sino que remontó el Paraná, aventura que luego el futuro cineasta protagonizaría.

A diferencia de su padre, Fernando abandonó la carrera de abogacía para vivir una experiencia creativa. Como su tío, se embarcó en una barcaza para remontar el Paraná. Ese viaje operó como rito iniciático, le permitió cortar con el mandato familiar y elegir su camino. “Para mí, vivir es experimentar —reflexiona el maestro Birri—. Tengo la convicción de que para bien y para mal cada momento humano es irrepetible”. Para él esa forma de vivir es la poesía con “P” mayúscula, ese elemento generador que convalida cualquier expresión artística.



Danza de fantasmas

El libro “Soñar con los ojos abiertos” contiene las treinta lecciones que el maestro entregó a los estudiantes de Stanford. Al leerlo, las opciones son variadas. Es posible tomarlo como una autobiografía, también como un recorrido sobre el inicio y desarrollo del cine latinoamericano o simplemente sentirse un estudiante más y aprovechar las enseñanzas de este creador.

Al recorrerlo, el lector tendrá el placer de cruzarse con personajes de fuerte influencia en la carrera de Birri. Todos, de una u otra manera, aportaron a ese elemento generador, la poesía, que impulsó al cineasta a fundar la primera escuela de cine en Latinoamérica, la de Santa Fe, que fue modelo para la que luego cofundaría en Cuba.

García Lorca, Alberti, Whitman y Neruda fueron sus lecturas pero también Rimbaud, Lautréamont, Sade, Kafka y Rilke. “Todos formaron parte de esa familia de fantasmas que encontré en mi camino y que después me siguieron acompañando para todo el resto del viaje”, dice Birri.

La cuestión de los viajes se reitera en las historias que cuenta. De hecho es difícil hoy ubicar al cineasta en un territorio geográfico preciso (vive entre Roma, Santa Fe y La Habana, y otros tantos sitios), tampoco es sencillo encorsetarlo en lo estético. Por algo asegura sentirse parte de cierto nomadismo cultural.

Aquel viaje por el Paraná que concretó en su temprana juventud se jugó también en las imágenes. Comenzó a sospecharlas. Años después las buscó pero con soporte de celuloide en el Centro Sperimentale di Cinematografía de Roma, donde estudió (1950-1953) y pudo trabajar con Vittorio de Sica y Cesare Zabattini, director y guionista, respectivamente, de la célebre “Ladrón de bicicletas”.



Por unas monedas

A su regreso a Santa Fe, trajo al cine como su forma de expresión. Pero además, valga la anécdota, consiguió unas cuantas latas de película vencida, gracias a las cuales se filmó “Tire dié” (1956-1958), considerada la primera encuesta social en pantalla.

“La manera en que se produce «Tire dié» corresponde a una de las honestas astucias con las que a veces nos movemos para poder hacer nuestro trabajo: así fue como encontramos un resquicio en el Instituto de Sociología de la Universidad Nacional del Litoral”, recuerda Birri sobre la antesala de la fundación de la Escuela Documental de Santa fe.

“Tire dié” es considerado el documental fundador del Nuevo Cine Latinoamericano. Surgió como una propuesta de Birri a sus alumnos. Retrata la vida de un barrio humilde de Santa Fe, cercano a las vías. Los chicos del barrio corrían a la par del tren mientras pedían unas monedas al grito de “Tiré dié”. La escena, absolutamente real, se jugaba en un terraplén, y estaba cargada de dramatismo. Su guión fue colectivo y se basó en ensayos fotográficos. En su producción trabajaron estudiantes, técnicos y, claro, los vecinos.

El haber sido filmado sobre películas vencidas le acentúa cierto dramatismo. “Ahora lo contamos con humor y nos reímos pero en aquel momento, cuando vimos esa primera copia, el suicidio fue una de las alternativas que más consideramos”, bromea.

Esa primera copia fue sometida a su marca de origen: se presentó en clubes, parroquias, escuelas y plazas ante los vecinos, a quienes se le preguntaba si les había gustado, tras lo cual se decidió realizar un nuevo montaje y mejorar su sonido. 

Seguramente Birri encontró en esas imágenes de los chicos mendigando el comienzo de un género que luego logró echar a rodar: el docfic, esa amalgama o sincretismo (como a él le gusta llamarlo) de herramientas visuales que desafía la estructura pura del documental y la ficción.



Inundados ayer y hoy

“Los inundados” (1960) es el eslabón siguiente. “Es verano, son las 6.30 de la mañana, llueve”, dice Dolores Gaitán, el protagonista de esta película que retrata, entre la sátira y la crítica social, las peripecias de una familia que debe evacuar su casilla tras una crecida del río Salado, y que va a parar con todas sus cosas a un vagón. Tren que por accidente, o no tanto, se pone en marcha. Tras ser recibidos con mucha calidez por los habitantes del pueblo adonde iba el tren, deben volver al bajo de donde partieron.

Sin necesidad de dar mayores detalles, la metáfora está clara. El mito del eterno retorno fue y es el drama de los inundados. Pero esta vez Birri no plantea un crudo documental; busca a la ficción como aliada. Una historia de ficción revelará la realidad.

“La estética del docfic —explica Birri— promueve una nueva dimensión a través de la contaminación entre ambos géneros, aunque yo preferiría más bien hablar de una interpretación, por la cual lo documental alimenta la ficción y viceversa. Es una especie de tercera dimensión de la estética”.

A esto hay que sumarle el desafío que implicó realizar una película en términos de industria desde la ciudad de Santa Fe y en 1960. Birri cuenta una anécdota muy graciosa. El sindicato lo tenía cercado con la obligatoriedad de realizar determinados contratos, pautados en toda película, como por ejemplo una peinadora. Así, le planteó a los gremialistas que más que una peinadora, necesitaba una despeinadora, y empezó la negociación. El escollo estaba dado por sus alumnos. Finalmente, “trabajaron setenta y cinco personas, veinticinco profesionales, y cincuenta alumnos aventajados”, cuenta el cineasta en el libro.

La película se estrenó el 30 de noviembre de 1961 en el cine Mayo de Santa Fe. A sala desbordada y con aplausos incluidos, superó en recaudación a “Los diez mandamientos”. “Los inundados” ganó el premio Opera Prima del Festival de Venecia, el más importante que había obtenido el cine argentino hasta ese momento



Filmar, siempre filmar

Birri habla del fracaso del siglo XX, de que los culpables son “el Papa en Roma y Mickey Mouse en Disneylandia, uno por lo ético y el otro por lo estético, pero igual nunca se sentirá cerca de la desesperanza. Y una de las cuestiones que detesta es el dogma, no permite que lo atrapen los esquemas. Sólo desde ese no lugar puede apreciarse su obra.

Una particular película que podría verse como dibujos animados como “La verdadera historia de la fundación de Buenos Aires”, basada en una cuadro de Oski, lo lleva a crear un filme que él califica como cine-pintura. Años después, realizará “Org” , película que le llevó once años (1967-1978), de claro corte experimental y que bregaba “por un cine cósmico, delirante y lumpen”.

Su amor evidente por la poesía lo acercó a Rafael Alberti, de quien fue amigo. Quizá para unir las piezas de su mundo creativo, filmó “Rafael Alberti, un retrato del poeta”, donde justamente dibuja pero con la cámara el ángel que acompaña la obra de ese integrante de la Generación del 27.

Y si de retratos se trata, vale citar “Mi hijo el Che” (1985), en la que Birri cámara digital en mano busca en el padre de Guevara al hijo invisible. “Un retrato por sobreimpresión”, detalla el cineasta. Entre sus películas, se cruzan amigos. Como Alberti o Eduardo Galeano pero también Gabriel García Márquez, ese joven que conoció cuando estudió cine en Roma. Junto a él pergeñó la adaptación de uno de sus cuentos: “Un señor muy viejo con una alas enormes” (1988).

De todas estas películas Birri habla en sus lecciones de Stanford pero también de otras tantas que lo tuvieron a él como realizador o a colegas latinoamericanos. También detalla la experiencia llevada adelante en la Escuela de los Tres Mundos en Cuba, y muestra su pasión por experimentar con las tecnologías. De hecho, hoy incursiona en una suerte de arte digital.

Pero Birri vuelve sobre la poesía, esa que está encerrada en aquel mantra que asegura repetir una y otra vez: “Soñar con los ojos abiertos”, y que recomienda casi como un conjuro para las almas sensibles que habitan este mundo, y sobre todo el Tercero.


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La creación. Birri señala a la poesía como el elemento clave en la creación artística. "No es que sea irracional, sino que va más allá de la razón"

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