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 domingo, 10 de diciembre de 2006  
Italia
Bérgamo: colina y medioevo
Una ciudad amurallada que custodia el legado veneciano

Daniel Molini

Muy poquitos kilómetros separan Orio al Serio, zona donde está emplazado el pequeño y moderno aeropuerto internacional, de la propia Bérgamo. No sería exagerado decir que el visitante tarda más tiempo en recuperar sus maletas que en trasladarlas hasta el centro de la ciudad.

Ya desde lejos se adivinan dos perfiles perfectamente configurados, uno alto y primitivo, otra bajo, fruto de la expansión. La ciudad antigua, fundada sobre una colina, se fue extendiendo con el progreso, como si tuviese hambre de planicie. Arriba quedaron la historia y las murallas, construidas en los tiempos en que los ciudadanos bergamascos respondían a la República Veneciana, participando de una grandeza que se prolongó durante cuatro siglos.

La vía principal para acceder a la zona alta se llama Vittorio Emanuele, un paseo que se va estrechando conforme empieza a percibir el casco histórico. De pronto, los carriles se arrepienten de pluralidad y se convierten en carril singular, único para subir y bajar, obedeciendo el cronómetro de un semáforo caprichoso que tarda lo suyo, como si estuviese preparado para incrementar la ansiedad de quienes quieren llegar, o atemperar la angustia de aquellos que deben marchar.

Varias puertas hacen permeables las murallas y todas llevan nombres de santos: Jacobo al sur, Agustín al este, Lorenzo al norte y Alejandro al oeste. La Puerta de San Agustín permite el ingreso a un recinto de calles estrechas, que se agota al tráfico de coches en una plaza situada cerca de una "estación" de funicular que vincula las dos alturas ciudadanas.

La vía Gombito es la primera que asoma apuntando al centro del pueblo, allí donde bulle la historia, el arte y la religiosidad.

En minuto y medio, pasando por debajo de arcadas que transpiran historia, se llega a la Plaza del Duomo, donde se abre la perspectiva de uno de los monumentos más importantes de la ciudad: la Basílica de Santa María Mayor. Construida en el siglo XII, la basílica ha conservado parte de su estructura románica original en el exterior. Los interiores, modificados posteriormente, muestran una factura barroca suntuosa, donde no faltan mármoles de varios tonos y maderas preciosas.

En la nave central se pueden ver dos monumentos funerarios, el del compositor Gaetano Donizetti y el de quien fuera su maestro: Simone Mayr.

Al lado de basílica está la Capilla Colleoni, obra ordenada por el capitán veneciano del mismo nombre para ser destinada a morada póstuma. La escasa modestia de este hombre poderoso nos permite disfrutar hoy de un testimonio del renacimiento lombardo, donde el arte es protagonista. Mármoles policromados, frescos de Tiepolo y todo el talento de Amedeo transformado en sepulcro, donde yacen para siempre el propio Colleoni y su hija Medea. Los amantes de la pintura encontrarán en la Academia Carrara, una pinacoteca de categoría, con obras de artistas de la tierra como Vittore Ghislandi o de celebridades de fuera de ella: Mantegna, Angelico, Tintoretto, Brughuel el Viejo, Durero, entre otros.

La Comuna de Bérgamo explica por qué la ciudad es centro de cultura. Al desplegar la información uno encuentra un texto proselitista, que invita a visitar tres museos: Arqueológico, de Ciencias Naturales y Botánico.

La oficialidad presume de ellos, y uno termina dándoles la razón, igual que al condotiero Bartolomeo Colleoni, quizás poco austero, quizás nada modesto, pero con un gusto exquisito para elegir el lugar donde retirarse.
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La ciudad de Bérgamo está considerada como el centro de la cultura.



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