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 sábado, 16 de septiembre de 2006  
Educación y dictadura. A treinta años del horror, Pablo Díaz rescata la memoria de sus compañeros
Testimonio del único sobreviviente de la Noche de los Lápices
El ex alumno secundario secuestrado en el 76 reivindica hoy el compromiso de aquellos años

Matías Loja / La Capital

Tres décadas han pasado ya del comienzo de la última dictadura militar, la misma que se cobró la vida de cientos de estudiantes secundarios a lo largo y a lo ancho del país. Pero así como sucede con la fecha del 24 de marzo, el 16 de septiembre también es un día cargado de luto.

En momentos en que en La Plata se realiza el juicio al ex oficial de la bonaerense y mano derecha del represor Ramón Camps, Miguel Etchecolatz, varios testimonios de detenidos y familiares de desaparecidos reviven lo sucedido con los alumnos secundarios de esta ciudad en los días previos a la primavera del 76.

La historia trágica argentina cuenta que en la madrugada del 16 de septiembre de 1976, un grupo alumnos secundarios de La Plata fueron secuestrados de sus casas. Militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y participantes de numerosas manifestaciones por el medio boleto secundario, hoy sus nombres son el símbolo de la lucha estudiantil.

Claudio de Acha, María Claudia Ciocchini, Daniel Racero, Horacio Ungaro, Francisco López Muntaner y María Claudia Falcone eran los chicos platenses que, como un sello indeleble, marcaron sus nombres a fuego como los protagonistas involuntarios de la Noche de los Lápices. Un par de días después, irónicamente el 21 de septiembre -Día del Estudiante- Pablo Díaz se sumaría a sus compañeros en el cautiverio.

Reaparecido tiempo después, su relato sería la fuente que permitiría dar a conocer la experiencia vivida por los secundarios platenses en el centro clandestino de detención conocido como el Pozo de Banfield.

Hoy, en las escuelas el libro La noche de los Lápices, editado por primera vez en 1986, y la película homónima, vista en su momento por 3 millones de personas, constituyen un material de consulta para quienes desean trabajar desde las aulas este hecho, a fin de dar a conocer a las nuevas generaciones el compromiso social y político de aquellos jóvenes, desaparecidos cuando apenas tenían entre 16 y 18 años, que hicieron de la lucha por el medio boleto una de sus banderas de resistencia.

Aunque queda claro hoy que este era uno más de los reclamos que emergían, en realidad, de una serie de reivindicaciones de aquellos chicos que tenían la utopía de una sociedad más justa.

Varios centros de estudiantes y agrupaciones de alumnos secundarios llevan hoy sus nombres, como una forma de establecer un puente que una las identidades y sueños del ayer con el hoy. Pero tal vez uno de las huellas más interesantes a destacar hoy es la de la comunidad educativa de la Escuela Media Municipal Nº 7 del barrio de Palermo, en Buenos Aires, cuando en el 98, y por votación, decidieron bautizar al establecimiento con el nombre de María Claudia Falcone, una de las militantes de la UES secuestrada en la noche del 16 de septiembre del 76. Tal vez como una manera de hacer realidad la consigna pintada en las paredes del colegio Otto Krause de Capital Federal, que decía: "Vano intento el de la noche, los lápices siguen escribiendo".


Memoria y compromiso
Pero el relato de Pablo Díaz no quedó sólo en la mera descripción del horror del que fueron víctimas, sino que desde la vuelta a la democracia, su presencia fue una visita ineludible en muchas escuelas, invitado para contar ante los secundarios de estos tiempos una historia que no sólo rememore lo vivido en aquella noche trágica, sino que también permita retomar el compromiso y los valores de aquella juventud.

-¿Qué sensaciones te vienen hoy ante este 30 aniversario de la Noche de los Lápices?

-Creo que el recuerdo no está centrado sobre una circunstancia, como el secuestro o la tortura, sino en la convivencia con los chicos durante los noventa días en el Pozo de Banfield. La memoria tiene el sabor de lo compartido y el adiós, el momento dramático del abandono, la despedida y el juramento de no olvidarlos nunca. Hoy la memoria es extrañarlos, el preguntarse por qué no están, y si ellos no tendrían que estar vivos cumpliendo con el ciclo de la vida. Por eso la sensación es un pesar, un profundo pesar.

-¿Partió de una necesidad dar a conocer lo que pasó esa fecha?

-Ni bien tuve la oportunidad de salir en libertad, de la cárcel, luego de estar cerca de cinco años, me puse la historia de lo vivido al hombro y empecé a testimoniar. Después de hacerlo en el juicio a las Juntas de Comandantes vino la idea de documentar la historia de la Noche de los Lápices, referenciada en los chicos ausentes, y desde el estado público que tomó eso a través de la película y el libro, vinieron las charlas.

-En tus charlas con alumnos sobre este tema, ¿qué cosas te preguntan más?

-Al principio, las charlas eran principalmente con estudiantes secundarios, que se reflejaban en los hechos vistos y leídos. Sin duda, en el comienzo de la democracia los diálogos eran un poco acartonados, por prejuicios asumidos de la represión intelectual que, a la par de la física, era mantenida por la dictadura. Miedos o contradicciones sobre si el tener una militancia justificaba la represión vivida, y una sociedad desconocida para mí con respecto a justificar los campos de exterminio antes de asumir el horror vivido a la vuelta de su casa. Pero los chicos hacían y hacen las cosas más simples y, sentido común de por medio, las preguntas libres investigan la verdad y, sin juzgamiento, la síntesis era inmediatamente pensar cómo los padres habían permitido semejantes cosas. Además, el tiempo de aprendizaje también tenía, o tiene que ver, con el proceso de recuperación de ciertos valores, sobre todo del sentido común de la vida. La democracia fue permitiendo profundizar conceptos y derechos como el de la militancia y la participación libre y política, al punto que hoy se puede entender la militancia como una legalidad.

-En el juicio que se le sigue al represor Miguel Etchecolatz se revivieron muchos testimonios de militantes secundarios de entonces. ¿Qué expectativas tenés de la marcha de ese proceso?

-La Noche de los Lápices fue un operativo que constituyó el secuestro sistemático de estudiantes secundarios en la ciudad de La Plata, que en realidad superó ampliamente el número de los chicos detenidos allí, pero que se sintetizó sí en los chicos de Banfield, debido a estar condenados al traslado final. Hoy muchos sobrevivientes del operativo están contando su historia, pero del grupo del Pozo de Banfield sólo yo he sido testigo. Ojalá todos los testimonios sirvan al juicio y castigo de los horrores vividos por todos.

-¿No creés que con el tiempo el compromiso político de ustedes quedó relegado sólo a la lucha por el medio boleto?

-Hoy vale reivindicar a las organizaciones políticas de la militancia de todos nosotros, sobrevivientes y ausentes, pues es ésta la base de la construcción de todo el país. Pero rescato el proceso de la sociedad en su reconstrucción de la memoria, ya que las organizaciones nutren de conciencia y horizonte. Me parece importante descubrir las inquietudes y expectativas de los estudiantes desaparecidos, ya que en la identidad de cada uno está la pregunta de qué hacemos nosotros por el otro.

-A la luz de lo que pasa con los secundarios en Chile, ¿cómo ves la militancia secundaria en la Argentina?

-Chile ha vivido un proceso de participación alta en cuanto a movilización del estudiantado secundario, y me parece interesante y el tiempo dirá su efecto. Pero los secundarios de nuestro país deben encontrar por sí solos el poder sintetizar la adolescencia con la madurez y saber ir a la construcción de un país para todos. Tal vez lo que falta es poder reconocerse pueblo, algo tan digno en la lucha de ayer y algo tan lejano en el adolescente de hoy.
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Pablo Díaz dice que el recuerdo pasa por preguntarse por qué no están sus compañeros.

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