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 domingo, 10 de septiembre de 2006  
“Intento dar una mirada a través de la risa"
Después de reeditar los poemas de “La máquina de hacer paraguayitos”, el creador del sello Eloísa Cartonera escribe cuentos

Osvaldo Aguirre / La Capital

Santiago Vega (Quilmes, 1972) es Cucurto. Pero Cucurto no es Santiago Vega. Este aparente contrasentido tiene una explicación: Washington Elphidio Cucurto —tal el nombre completo— es el escritor que inventó Santiago Vega y que se convirtió en el protagonista y el nombre de autor de sus libros, al punto de que ha terminado por llevar una existencia independiente, para desplazar a su creador al rol de albacea, como se dice en “La máquina de hacer paraguayitos”, de reciente edición en el sello Mansalva.

  En 1998, Vega ganó el II Concurso Hispanoamericano “Diario de Poesía” con su libro “Zelarayán” (premio que compartió con Santiago Llach). Cucurto, su apodo, se convirtió en el seudónimo con el que firmó su libro. Desde el principio, su obra dividió las opiniones. E incluso provocó malos entendidos, como cuando una docente de la provincia lo calificó de racista.

  Cucurto (el personaje) propone una poética basada en el plagio: “Para qué nos vamos a matar pensando si después viene un gil y te chorea, siempre es mejor ser ese gil a ser el currado”, dice.

  Al margen de su obra, Santiago Vega es uno de los impulsores de Eloísa Cartonera, la editorial que hace sus libros con materiales comprados a cartoneros. “Tenemos 85 títulos de autores contemporáneos de toda América latina —cuenta—. Es una editorial pequeña que fue un boom pero que no deja de ser pequeña. Hemos vendido muchos libros, por suerte, los títulos son muy buenos, casi de colección”.

  La primera edición de “La máquina...” apareció en 2000, en el sello Siesta. “Se agotó rápido —cuenta Cucurto—. En la nueva edición agregué una sección, Versiones de la muerte, para que el libro no fuera tan finito. Y aparte porque eran poemas que habían quedado fuera, y pensé que pertenecían al libro, por el tema de la muerte”.

  Los poemas tienen unidad de espacio. “Todos transcurren en un conventillo muy importante de la calle Corrientes. Ahora el edificio todavía está, pero deshabitado. Se llamaba El Palomar. Un conventillo muy grande, de cinco pisos, a una cuadra del Obelisco, donde transcurre también una novela de Copi, «La vida es un tango». Que era el famoso conventillo de la Paloma”, explica.

  —¿Cómo apareció la idea de escribir sobre ese conventillo?

  —“La máquina...” lo empecé a escribir cuando me comencé a relacionar con los primeros dominicanos y dominicanas que llegaron al país en la década del 90. Los conocí de casualidad; la novia que tenía era dominicana y ella me llevó un día a visitar a sus compatriotas. En ese conventillo me encontré con un submundo, donde vivía gente de Dominicana y de Perú.

  —¿Qué era lo que te atraía?

  —Era un lugar muy raro, con muchísimas piezas, con música muy fuerte, que la gente bailaba en las piezas y yo desconocía. Música centroamericana, y mucha cumbia también. Lo que más me llamaba la atención eran las tonadas, otras tonadas de voces, distintas de las que conocía, mezcladas con tonadas del porteño. Las palabras que aparecen en el poema se las escuché a ellos, las palabras mezcladas del lunfardo con las que ellos traen del Caribe. “Dominicano del demonio” es algo que siempre se dicen entre ellos, con dichos populares y del habla de su país que mezclan con palabras rioplatenses. Nunca decían “conventillo”, por ejemplo, sino “yotibenco”, en lunfardo. Y era muy raro que ellos lo pronunciaran, en sus voces se mezclaban el vos con el tú. Hacían esas combinaciones todo el tiempo. Era como otro lenguaje, que a mí me llamaba la atención. Empecé a escuchar eso y a transcribir lo que ellos decían.

  —¿Por qué te pareció que se podía hacer poesía con ese lenguaje?

  —Por la cosa barroca que hay en ellos. El caribeño es muy expresivo, habla mucho, grita cuando habla. Es como altisonante. Y en sus movimientos, su modo de caminar, su modo de bailar, es también muy expresivo. Eso me hizo pensar que podía haber una literatura que fuera así, exuberante, desmesurada.

  —En tus poemas mencionás a poetas: Georges Perec, Enrique Lihn, Manuel del Cabral. ¿Son los que te gustan?

  —Son los que me influenciaron. Cada uno me abrió un mundo. Bueno, lo experimental y la fantasía de Perec me llamaron la atención, me conectaron a otra cosa. No sabía que se podía escribir así. Las postales de Perec: “Me acuerdo que Alain Delon era dependiente de una carnicería”, “Me acuerdo que mi tía tenía un Citroën”. O las odas de Manuel del Cabral, sus poesías a la negritud. El propio Lezama. Martí, por supuesto. Nicolás Guillén. Leía todo eso y lo reescribía, de alguna manera.

  —¿De ahí sale la idea del plagio como poética?

  —Era como un juego. Inventar un personaje, un dominicano, Cucurto, que venía a traer otro tipo de cosas. Un juego de decir “a ver qué pasa con un muchacho que viene de un país remoto, sin tradición literaria”, aunque la tiene. Inventar una literatura, de alguna manera. O ni siquiera eso: una seudo literatura. Atreverse a tomar la literatura con libertad. Y que esa mala poesía, ese pastiche, sea generador de otra cosa, genere diálogo, genere intercambios. Eso me pasó siempre con los lectores. Siempre me dicen cosas de lo que escribo, buenas y malas. Me parece importante la literatura como comunicación.

  —Hubo algún malentendido, como cuando te acusaron de racista.

  —Sí, yo no trato de ofender a nadie, ni joder a nadie, sino simplemente dar una mirada siempre a través del entretenimiento, de la risa. Incluso las cosas más violentas, más feas que nos suceden, son contadas de otra manera. A veces la gente lo toma mal. Cuando un texto es muy jodón a veces se malinterpreta.

  —¿Cucurto comenzó con un seudónimo o ya desde el principio tenías en claro que ibas a hacer con ese personaje?

  —No. ¡Se fue dando! Nunca hubiese pensado ni siquiera que Cucurto escribiera un libro. Me lo puso la gente del ambiente. Y cuando me editaron “Zelarayán” fui a la casa de Ediciones del Diego, ya estaba el libro diseñado y decía “Washington Cucurto”. Entonces les dije “Che, yo me llamo Santiago, ¿por qué me ponen así? Me contestaron: “No, vos sos Cucurto, dejate de joder”. Cuando sale “La máquina...” Llach me pregunta “¿qué ponemos, Santiago Vega o Cucurto?”. Entonces le dije “no, Cucurto, por supuesto”. Y después fue creciendo solo. Como a mí también me dicen Cucurto, la gente cree que yo soy Cucurto. Pero no. Cucurto es un megalómano, un delirante. Va cambiando de libro en libro, porque tiene que encontrar algo para hacer: en el próximo libro, que es de cuentos, va a ser un curandero, el curandero del amor.
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Como un juego. "Atreverse a tomar la literatura con libertad", propone Cucurto.

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