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 domingo, 23 de abril de 2006  
[Lecturas]
El juego de las letras

Lisy Smiles / La Capital

Narrativa. Leer y escribir, de Ariel Bermani. Interzona, Buenos Aires, 2006, 160 páginas, $ 19.Ariel Bermani lee y escribe. Quizás hasta lo hizo en una biblioteca. Quizás por eso sabe que en esos silenciosos sitios pasan demasiadas cosas. Como la vida, por ejemplo. Es el caso de Basilio Bertel, el protagonista de su novela que tiene por nombre justamente "Leer y escribir".

Basilio lleva consigo la edad que se tiene entre los 30 y los 40. Trabaja como empleado en una biblioteca, está casado y tiene un hijo. No lo alteran demasiadas cuestiones, no está pendiente de nada en particular, en todo caso de la lectura. De los libros. Y eso intriga.

Durante su horario laboral convive con un manojo de personajes que también se desempeñan en la biblioteca. Se desempeñan, porque es difícil decir que trabajan allí, o en todo caso lo hacen a su manera. Dos empleados que detestan a los lectores y actúan como verdaderos patovicas sólo motivados por echar a los visitantes a una calle de la desolación, quizá a la que todo lector teme ser arrojado si no logra llegar a los libros. Otro par de empleadas que matan su tiempo más lejos o más cerca de sus propios cuerpos. Una de ellas ondula el suyo para despertar el sexo dormido de sus compañeros. Y un jefe, un jefe que quizá lo fue en otra época pero que ahora sólo es un guardián de ese sitio, donde se supone están los libros, una biblioteca.

El afuera de Basilio es la calle que lo transporta entre su casa y la biblioteca, un departamento donde vive su rutina con su mujer y su hijo, y está claro ellos viven más allá de él. También sobrevive el recuerdo de una familia que alguna vez integró como hijo y que vive fuera del escenario más urbano, en la provincia.

Todo esto compone la primera parte del libro, cuyo título es "Leer". Y es lo que Bermani sugiere al lector: no propone ser parte de la trama, sino observarla. Aunque se sospeche otra historia.

Los viajes, como las lecturas, no son lineales. Y Basilio decide emprender uno. Planteado en un primer momento como una ruptura, un desafío, surge de un deseo sexual, algo más que una fantasía. Poder ser otro, o buscar a ese otro que Basilio supone que existe.

Entonces, recorre otras calles, otras casas, vuelve a ver a su familia (una madre fláccida, un padre autoritario, una hermana delirante) y a los amigos de la adolescencia que vivieron junto a él el rito iniciático de la lectura. En esta parte, la segunda del libro, Bermani escribe, y justamente se llama "Escribir". Hay acción y reacción, culpa, deseo equívoco, humillación y hasta la creación de otro Basilio, con otras ropas, rapado y casi sin estructura. Casi, porque la que sobrevive lo arrastra. Y ahí, la tercera parte, "Volver a casa", la única que no integra el título del libro.

La novela de Bermani juega con los modos de leer y escribir, juega con la literatura. Se desliza entre distintos recursos, mínimos, sin abusos. Es como subirse a una road movie pero de a pie, como un viaje donde pareciera que todo puede ocurrir.

Y algo sucede: lo sólido se desvanece. Cierta tensión crece por momentos, pero nada es demasiado sustancioso, salvo algunos fragmentos de realismo que sacuden a Basilio y, al mismo tiempo, al lector. La pregunta es entonces hacia dónde ir. Bermani simula no dirigir nada, para eso está Basilio que empuja su propio deseo, huidizo, disfrazado, y que se acurruca o expande, según la ocasión. Por eso el regreso, por eso la posibilidad de leer y escribir, dos tareas simples, aparentes, casi tan comunes como la vida.
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Bermani obtuvo la segunda mención del Premio Clarín de Novela 2003.

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