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 domingo, 23 de octubre de 2005  
Lecturas - Una novela de Angélica Gorodischer
Ficción Vertiginosa

Osvaldo Aguirre / La Capital

"Tumba de jaguares" está compuesta por tres relatos que pertenecen a autores diferentes y se traman entre sí. Cada uno de esos escritores es el personaje que inventa otro escritor. Como un raro espiral, la novela propone así una especie de confrontación de espejos donde la lectura parece infinita. Son espejos que no devuelven simples reflejos sino puntos de fuga de la imagen que deberían mostrar, refracciones que abren una dimensión vertiginosa.

En el primer relato, "Variables ocultas", de María Celina Igarzábal, un escritor desgarrado por la pérdida de su hija busca "hacer algo" para afrontar esa pérdida. Y hacer algo, para él, es escribir. El segundo relato, "Contar desde cero", es precisamente el relato de ese escritor, Bruno Seguer, quien cuenta la historia de Evelynne Harrington, una mujer que cambia de lengua y cambia de país para viajar a una región exótica y empezar una novela, "La incertidumbre". Esta es la tercera parte de "Tumba de jaguares", y tiene como protagonista a María Celina Igarzábal, cuando en el momento de su agonía recuerda los hechos de su vida, entre ellos la escritura de "Variables ocultas". Es decir, el movimiento recomienza.

Sin embargo, como se advierte en el propio libro, no se trata aquí del juego de las cajas chinas. No se trata tampoco de la escritura como juego, y esto está específicamente planteado en varios pasajes de la novela: por ejemplo, Evelynne sueña desde el principio con ser escritora y en ese deseo hay cierto fantasía ingenua, que comienza a disolverse cuando abandona su casa y su familia, cuando se va porque quiere dedicarse a la literatura y sobre todo cuando empieza a escribir.

Más allá de las circunstancias particulares los tres relatos giran en torno a las mismas preguntas: cómo es posible escribir y para qué sirve, qué efectos produce escribir. Escribir, dice uno de los personajes, es un ansia. Pero ansia es angustia, desasoiego, incertidumbre. Una expresión donde la felicidad de escribir cede a la desesperación.

Preguntarse cómo es posible escribir significa aquí hablar de lo que no se puede escribir. Y del sentido, de la pertinencia de escribir en mundos desgarrados por el dolor, la crueldad, el odio, el engaño. Los tres escritores de esta novela hablan sobre la imposibilidad de escribir y esta imposibilidad tiene que ver no con cuestiones técnicas o de falta de inspiración sino con una pérdida, con el modo en que la escritura se sitúa ante una pérdida. Y ante el revés de la pérdida, que es la espera: la espera de una hija desaparecida durante la dictadura militar, la espera de un marido ausente, la espera de la muerte, "iluminados los ojos por un paisaje que no había existido nunca".

Para Bruno Seguer escribir parece ser un exorcismo. Lo que le pasa al personaje no le pasa al autor, dice, "no debe pasarle". Es decir, aquí hay una negación de aquello que afecta al escritor en lo que escribe. Celina escribe para saber lo que sintieron sus personajes: los personajes son también para ella otras personas, completamente diferentes de su autor. Evelynne piensa al principio lo contrario de Seguer, su autor: se pregunta si las palabras no serán ella misma "y si en el punto final no ha de haber una voz que conteste la suya". Pero en cuanto empieza a escribir reproduce la misma negación: la novela que escribe, aclara, no trata de ella misma "sino de una mujer que no conocía y que nunca había visto". Y hay una ironía en esto, porque Evelynne se encontrará en la misma situación de su personaje, sin ser consciente de ello: ambas creerán haber perdido a sus maridos, que en una vuelta de tuerca evocadora de las viejas novelas de aventuras sobreviven a terribles accidentes y pasan a desarrollar existencias secretas.

Sin embargo no hay reflejos entre autores y personajes: cuando Celina escribe sobre Bruno Seguer se ve tentada a hacer un paralelo entre su propio dolor, por la pérdida imaginaria de su esposo, con el dolor del personaje por la desaparición de su hija, algo que termina por rechazar. Evelynne, a su vez, escribe sobre un mundo puntualmente opuesto al suyo. Ella vive "en la región de los grandes ríos", una zona donde la civilización occidental convive con tribus desconocidas y hay unos curiosos insectos venenosos que son los curús y una etnia amistosa y extraña, los chetvas, que la incorporan como derba-nuru (mujer sabia). Contra ese paisaje exótico construye un mundo rutinario, el de Celina Igarzábal. Y aquí redescubre otras modulaciones del vértigo de escribir: los pequeños detalles domésticos, dice, "son en verdad catástrofes cuando se los recorre día tras día" y por otra parte "todo lo que se hace pequeñamente con la vida, eso, eso es lo que decide cómo ha de discurrir, tejerse la trama tan quebradiza que nos separa de los demás".

La imposibilidad de hablar sobre la desaparición de su hija hace que Seguer se interrogue sobre el acto de escribir. Allí se encuentran algunos de los muchos pasajes deslumbrantes que ofrece la novela. "Mi única arma es esta -dice ante los reproches de su mujer-, son las palabras pero las palabras escritas, no las palabras no dichas de ella".

Escribir es crear otro mundo. Es transformar lo que es dado en lo que nunca será, dice Seguer. Escribir sirve para aislarse de un mundo en el que suceden cosas inimaginables, fuera de todos los límites humanos. Porque "las cosas que no existen nos ayudan a vivir" y "es lo imposible lo que nos sujeta a la vida". Se escribe para comprender, pero la comprensión, en su sentido más pleno, es imposible, por lo que el movimiento debe continuar (algo que cifra la forma de esta novela). Si bien las palabras no son todopoderosas, lo que no tiene palabra es peor que la muerte. La tumba de los jaguares, a la que se refiere de manera lateral, es la imagen de ese punto ciego al que acecha la escritura: algo que quizá no podrá ser dicho, o que no alcanzará una expresión definitiva, pero que en cada acercamiento deja marcas para no ser olvidado.

Angélica Gorodischer ha concebido una novela tan compleja como hermosa. El misterio y la felicidad de la escritura son su materia.
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