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 domingo, 26 de diciembre de 2004  
Apetito correcto

Jorge Besso

Nada como la comida nos diferencia tanto de nuestros hermanos biológicos, ya que a la hora de comer muy pocos son los acuerdos entre las gentes, incluyendo el hecho mismo de la hora en el sentido de cuál es la mejor para manducar. O acaso lograr un acuerdo de cuál es la comida más importante de las clásicas comidas diarias, dado que las preferencias humanas se reparten entre los:

Los desayunadores.

Los almorzadores.

Los merendadores.

Los cenadores.


Claro que en esta organización cotidiana, al mismo tiempo desorganizada de una y mil maneras, habría que agregar a los que militan en el bando de los salados y a los que curten el bando de los dulces, pues se trata de gente con almas diferentes, ya que los salados suelen ser seres más bien curtidos y en cambio los dulceros siguen fijados a la pasión infantil por lo dulce.
Desde luego no se puede no mencionar a los que le gusta todo, seres todo terreno que van por la vida con un disfrute adicional, esto es, ver cómo de una u otra manera tanta gente padece a la hora de comer habitados como están de inhibiciones, ascos y restricciones. En un plano distinto están los que se comen todo a toda hora y a cualquier hora, seres de una oralidad ilimitada. Son los especímenes con respecto a los cuales el saber popular hace una distinción esencial: no comen, morfan.

En el extremo opuesto a los morfones el nuevo milenio nos trae una tipología patológica hasta ahora desconocida: la ortorexia. La novedad me llega a través de la gentileza de mi amigo Jorge Caminotti, un ser muy compartidor de artículos, y en este caso es una nota del Infobae y del portal Nutrar.

El nuevo vocablo "ortorexia" proviene del griego y quiere decir apetito correcto. Semejante imposible está referido a una suerte de movimiento, o más bien una causa por una alimentación depuradora en el que paradójicamente la gente termina enfermándose de desnutrición o de locura, o de ambas a la vez. Razón por la cual el artículo en cuestión tiene un maravilloso título: "Comer demasiado bien, hace mal". Obvio: el engendro se inició en los EEUU, país básicamente depurador que desparrama la muerte por el mundo, mientras fronteras adentro sueña con la inmortalidad.

Como lo prueba uno de sus máximos líderes, Disney, que cegado en la envidia por la inmortalidad de sus criaturas espera atrapado en el freezer tener algún día la salud absoluta del pato Donald. Como se sabe la humanidad es muy adicta a los líderes y los norteños americanos bastante más que el promedio universal. Pues bien, el movimiento por una alimentación demasiado sana lo lideró en los EEUU un tal mister Bratman que comía sólo vegetales recién cortados, y los masticaba cincuenta veces (literalmente) antes de mandarlos a bodega.

Demás está decir que el régimen era muy estricto de forma que cuando cometía transgresiones, así sea mínima como por caso zamparse una hamburguesa gratinada con queso, acto seguido tenía que entregarse a ciertos y puntuales castigos. Para nada es sencillo prescindir de la asociación entre mister Bratman y el justiciero Batman cuya misión era limpiar la sociedad de las múltiples alimañas. Por su parte, nuestro justiciero gastronómico, tiene como misión la depuración del organismo de la contaminación que le produce la cultura, es decir las apetencias humanas por comer dañinas elaboraciones en lugar de comer de la naturaleza misma. Por cierto, bien mascada.

Curiosamente, una suerte de queso terapéutico que lo curó de un resfriado y que se había manducado en una de sus transgresiones, terminó alejándolo de la causa que engendró y lideró, aunque tal vez la verdadera causa no haya sido el queso providencial, sino que nuestro Bratman ocasional no tuvo su Robin esencial.

Los ortoréxicos, por lo tanto, vendrían a ser seres que en tanto portadores de ortorexia serían más o menos primos de los anoréxicos que enfermos de anorexia también padecen y propalan el rechazo a los alimentos. Ambas parecieran configurar enfermedades de nuestro tiempo, pero es muy posible que en épocas pasadas en que no se hablaba de estas locuras, sin embargo hubiera ortoréxicos y anoréxicos que pasaran desapercibidos, pues la sociedad tal vez estaba sumergida en otras obsesiones. Con todo, hay algunas diferencias entre las dos patologías.

En el caso de la anorexia los alimentos están desvestidos y por tanto no alcanzan a representar una apetitosa comida, sino que al ser puro alimento no se puede tragar y para colmo sólo sirve para engordar. Aunque parezca un tanto raro es muy difícil alimentarse de alimentos que sólo son alimentos, y en cambio resulta más que fácil alimentarse de comida, es decir de amor. Como se sabe hay amores que matan, y es lo que pasa o puede pasar con ciertas obesidades ya que en este sentido los obesos nunca se llenan con el riesgo de que el cuerpo se devore el alma.

En cambio, la neo enfermedad de la alimentación llamada ortorexia, bien podría estar inserta dentro del listado de las enfermedades sociales. Es bien cierto que, en definitiva, todas las enfermedades son sociales o en algún punto lo son. Pero la ortorexia vendría a formar parte de la enfermedad social por excelencia: la normalidad. Es que en eso consiste la normalidad, ya que bien mirado no se puede hablar de la locura sino de las locuras, en tanto y en cuanto las locuras son enfermedades diversas y enfermedades de la diversidad. Es decir no son normales, se suele decir. En cambio la normalidad es más bien única. En el ítem que sea.

La normalidad es la enfermedad social de la mismidad: una suerte de peste capaz de arrasar con la diversidad. Sea por el color de la piel, o por el color del dinero o por las implicancias de una muestra de pintura que lleva a padres de la Iglesia a hablar de lapidación. No existe el apetito correcto. En cambio sí existe el apetito incorrecto: el que se come al otro. Como el gran obeso del Norte, voraz devorador de otros.
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