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 domingo, 23 de mayo de 2004

Rosario desconocida: Veredas con poesía

El peatón urbano, salvo situaciones especiales, desarrolla su vida en las veredas. La rutina de horas y días, la del anhelo diario, se cumple en las veredas. Todas las veredas son iguales, monótonas, según considera la mayoría de la gente. Pero en realidad una cosa es verlas con el egoísmo del pragmatismo más inmediato y otra muy distinta es aplicar la visión versátil y amplia que sólo se produce en la senda de los sentimientos.

Miradas así, no hay dos veredas iguales. Coincidirán en direcciones, medidas, pero la esencia misma no será igual jamás, porque jamás pueden igualarse los estados espirituales de quienes las transitan. Y allí estará el misterio pues en esos campos se encontrará la respuesta y la justificación de aquellos que las caminan. La hay nuevas, perfectas. La edad de otras se adivina en grietas, marcas y roturas por las que ha corrido el tiempo.


Historias de barrio
En su plano casi siempre horizontal, resumen la vida de los barrios. La gente sentada en la vereda en noches de verano, los chicos alborotando en la inocencia de sus juegos, un perro husmeador recorriéndolas, un humano que muerde su soledad, la algarabía y los fastos de la zona central o algún mensaje inocente insertado en su superficie "Boicot al Juancho porque es de Boca", "Aquí pisé yo".

Creemos haber visto alguna vez en Ayacucho al 1800 una rayuela completa marcada con tiza blanca, y en su cielo anunciaba "Yo vivo aquí... Any". Pero la sorpresa fue mayor cuando a muchas cuadras de allí, otra rayuela en el mismo momento cobijaba en su cielo entibiado por el sol otro mensaje "Any vení al cielo conmigo". ¿Casualidad? ¿Misterio? Caminos de los sentimientos, universo gestado por Cortázar, el mismo padre de "Rayuela" y sus juegos del amor en la ciudad mágica.


Amarillas y desgastadas
La nuestra cobija en su vientre veredas grises por su color. Casi todas son grises. A veces un empalidecido amarillo, un tímido rosa desgastado, una porción de negro, la pureza del blanco. La materia de las veredas marca momentos, tiempos, épocas, oposiciones, episodios.

Viejos dibujos de baldosas en San Martín 2284, tienen su opuesto exacto en antiguos ladrillos de Riobamba 857. Una pulcritud decorada del Paseo Ribereño habla de cosas distintas a las sugerencias que se leen en sufridas veredas de 27 de Febrero, allá por territorios de Central Córdoba. En Buenos Aires 2182 el Centro Laziale anuncia el genio italiano con una vereda en mármol de Carrara, testigo de otros tiempos, desgastadas.

A estos ejemplares se oponen las de gruesas, pesadas y grandes piedras gris-violáceas que llegaron como lastre en buques que cruzaban el Atlántico para regresar a Europa rebosantes de cereal y circundan esquinas en San Juan y Maipú, Catamarca y Salta, o Jujuy 1678, veredas que se incluyen entre las más antiguas de la ciudad y muchas veces dejadas de lado en su preservación olvidando que son ejemplares únicos e irremplazables.

Las veredas recostadas contra largos y penumbrosos paredones parecieran ser escenario exacto para ser transitadas en el lento caminar de algún triste, como ocurre en Wheelwright entre Corrientes y Presidente Roca, o en Jujuy al 1600 contra el Colegio San José y su penumbra producida por la copa de los árboles.


La vereda propia
Cuando no existían vehículos autotraccionados, no existían las veredas. No eran necesarias. Como en Colonia del Uruguay, en Paraty del Brasil, o en Purmamarca y Humahuaca de Argentina.

Así nacieron los cordones y la vereda se separó de la calle, con excepción de aquellos barrios que a veces en su misterio hacen caso omiso de aquello que parecieran normas imposibles de transgredir. Viejas calles de tierra que obviaron los cordones: baldosas, césped, la zanja y el pavimento se expresan en el mismo nivel sin corte alguno.

Así podría continuarse casi indefinidamente, porque la ciudad abunda en situaciones y episodios que sólo puede descubrir aquel que se comprometa en cambiantes ejes de relaciones afectivas con el territorio común. Por eso es bueno detenernos aquí, para que la indagación desarrollada no se juzgue como algo definitivo, pues en realidad los ejemplos son escogidos por el impulso inmediato, factible de modificar, profundizar y enriquecer.

Cada uno debe encontrar su propia vereda. Cada ciudadano tiene la obligación de indagar en la ciudad y de indagarse para incorporar a su vida la expresión de Antonio Machado: "caminante, no hay caminos... se hace camino al andar...". Las veredas, los caminos, pueden ser muchos, inagotables. Cada uno sabrá buscar el propio según su particular circunstancia. En libertad, con conciencia y responsabilidad comunitaria que resguarde la memoria colectiva.

No hay otra manera de identificarse con la vereda de cada uno meticulosamente imaginada, construida y transitada por el sendero de los recuerdos y los sentimientos. Como se debe. Como hay que hacerlo.

(*)Arquitecto

bonaprin@ciudad.com.ar

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San Juan y Maipú, una de las veredas más antiguas de la ciudad.

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