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 domingo, 07 de marzo de 2004

Rosario desconocida: Travesuras y prehistoria

José Mario Bonacci (*)

Esta nota es un intento de conclusión afectiva respecto de las anteriores que trataron sobre tres barrios de la ciudad, cada uno con su idiosincrasia particular y sus modos de expresión vivencial y urbana.

Que las modalidades cambian por décadas, nadie lo discute. Que los usos y costumbres infanto-juveniles deslumbran según los tiempos en que se los analice, es una verdad total. Motivo firme para pensar que aquellos nacidos en un pueblo y transplantados en la gran ciudad a la edad que gustamos en llamar "de la masilla", porque cualquier presión en ella por leve que sea deja una huella, tienen un doble entrenamiento vivencial.

Cada descubrimiento o emoción deja marcas que son imperecederas y de alguna manera guían memorias futuras de quien ronda los diez o doce años de edad. En ese momento, queremos insertar nuestra llegada a Rosario, como detonante especial que originó la primera sorpresa urbana y las que continuaron enriqueciendo nuestra vida hasta convencernos de que ya mayores trataríamos de viajar por el mundo todas las veces posibles, pero jurándonos no abandonar nunca jamás el lugar en que escribimos estas notas semana a semana.


Epoca de travesuras
Hospedados por dos días en el desaparecido hotel Nuevo Italia, de San Luis al 1100 (hoy playa de estacionamiento), hicimos la primera travesura. Era el 26 de julio de 1949 y salimos a la vereda para vivir nuestro sueño dorado: los tranvías. Bastaron pocos minutos para tomar del brazo a nuestro hermano menor, ir hasta Sarmiento y deslumbrarnos con el Palacio Cabanellas en absoluta ignorancia de nuestra futura vocación de arquitecto. Un giro al norte y doscientos metros adelante nos depositó en calle Córdoba con gente caminando en la calzada y una iglesia que tenía su cúpula iluminada con luces de neón. Habíamos tomado como templo a la tienda "La Favorita".

Regresar por Mitre hasta San Luis alcanzando la puerta del hotel, cuando mamá llegaba a verificar nuestra integridad física, nos salvó de la reprimenda por sólo dos segundos. Fue un verdadero bautismo como indagadores de la ciudad sabiendo que había que mirar todo sin olvidar nada, especialmente la piel, formas, sorpresas y mensajes de la ciudad que nos acogía para fundar un nuevo hogar.

El tiempo de la inocencia nos llevó, entre otras cosas, al mundo del aeromodelismo. "Casa Cóndor", en San Martín 1250, proveía planos, madera balsa, varillas, lijas, etcétera, para construir modelos con amoroso cuidado y debutar con un "Dédalo", simple planeadorcito lanzado a mano, logrando hasta un "looping" perfecto. Siguió el Lilienthal, más grande, con alas desmontables armadas con costillas y varillas forradas con papel adecuado. La gran emoción llegó con el Piper Cub y su motor a goma. Era aquel que tiraba papelitos. Voló en la cancha de Trupia, enorme descampado entre calles Viedma, Garibaldi, Ayacucho y Buenos Aires, también poblado de barriletes, picados de fútbol y jilgueros para enjaular.

La Asociación Rosarina de Aeromodelismo estaba en 9 de Julio 2152 e íbamos a diario a charlar con Salinas, que nos instruía. Llegó el tiempo de concursos. Nos levantábamos en domingos a las seis, tomábamos el tren en Rosario Central hacia el Aero Club Rosario, en Fisherton, para maravillarnos con proezas de los realmente sabios.

Nuestro orgullo era ayudarlos y saltar alambrados rescatando aeromodelos aterrizados a 300 o más metros. No se pueden olvidar nombres como los mellizos Leys, Mozzolani, Caravario, Fleytes, Cano Martínez, Aguilar, Marquez, Srdoc, Nieto y tantos otros, verdaderos científicos que diseñaban y construían sus propios aeromodelos. Volvíamos agotados pero felices, paladeando aventura en nuestras bocas.


La Florida y Saladillo
Era el mismo Fisherton que luego brindaría un sitio preferido para bailar como lo fue Sayonara. Ya mayores vinieron años de facultad caminando Alberdi para llegar a La Florida escapando del calor. La apuesta era cambiarse sin pagar. Usábamos la cabina de transmisión en la playa. Entre publicidad y tangos, tres o cuatro dejábamos allí la ropa, y una voz anunciaba: ¡Buenas tardes queridos oyentes!...¡les habla Gustavo Bossert, un amigo de todos ustedes! Era un adolescente gaucho, que en simpática complicidad nos hacía vivir nuestras fantasías juveniles, y muchos años después fue juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. En Alberdi nuestros bailes preferidos se gastaban en Remeros, Rowing o Náutico Avellaneda.

¿Qué pasaba en Saladillo? Todo, absolutamente todo: pesca, zambullidas en el peligroso pozo campana con su cascada, degustación de pastas que una criolla de ley, tía de un integrante de nuestra pandilla amasaba generosamente y con fuentes en la cabeza desde su casa caminábamos 400 metros entre cactus y espinillos hasta el puente abandonado sobre el arroyo, para luego a su sombra, dormir la siesta.

Por la noche, fulminados por el sol y bien trajeados elegíamos bailar en El Cisne Blanco, o en Central Córdoba, El Tala, u otros clubes barriales, pero si la reunión requería cierta etiqueta, el refugio estaba en el Club Español y la Alianza Francesa. En Saladillo hasta vimos una carpa llena de gente llorando entre retratos, flores y velas cuando murió Eva Perón. Estaba armada en un descampado detrás del Colegio Santísimo Rosario y corría 1952.

Hace unos cuatro años, investigando este barrio mítico, hallamos un folleto del doctor Afredo Castellanos titulado "Punta de flecha ósea descubierta en el Pampeano Medio del Arroyo Saladillo", ocurrido en el encuentro de avenida Arijón con brazo sur del arroyo, orilla izquierda. Recurrimos al instituto pertinente cuyo director era Castellanos en la Facultad de Ingeniería, informando lo siguiente: el pampeano medio se formó en la corteza terrestre de estas latitudes entre 1.000.000 y 1.500.000 años atrás, y algún hombre prehistórico presente allí 30.000 a 70.000 años antes de nuestra era como desconocido ocupante, antecedió a Romero de Pineda y dejó en el lugar esa punta de flecha, afirmando haber sido el primer habitante indocumentado de la zona. Para mayor sorpresa, descubrimos que el sitio se ubicaba a cien metros al sur oeste de nuestro amado y desaparecido puente abandonado sobre el arroyo.

La ciudad es así de sorprendente. Reafirmando este breve y limitado raconto, nos animamos a expresar que cada habitante puede hacer lo mismo según sus valoraciones y recuerdos, nacidos en el conocimiento comprometido del lugar en que habita. ¿Puede entonces aceptársenos que sin ser nuestro territorio vivencial directo, Fisherton, Saladillo y Alberdi pertenezcan legítimamente al personal patrimonio afectivo como testigos que son de nuestras aventuras urbanas transcurridas hasta el presente? Creemos que sí. De otra manera, no tendría sentido haber insumido más de medio siglo en guardarlas por siempre en nuestra memoria para confirmar a estas latitudes como legítimo y personal cobijo de valor universal.

(*)Arquitecto

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Aero Club de Fisherton.

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