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 domingo, 11 de enero de 2004

Un caudillo rosarino
Ricardo Caballero, una pasión hecha politica
El autor de "El Rosario de Satanás" escribió la biografía todavía inédita del político radical que aquí se presenta con un capítulo completo llamado "El camino del sur" y un texto sobre su devoción por el gauchaje

Héctor Nicolás Zinni

Llegado el tren a la capital santafesina y bajo un copioso aguacero, Caballero se hace conducir en un mateo hasta un alojamiento cercano al puerto desde donde habrá de partir por la mañana en balsa hacia la ciudad de Paraná.

Insomne, se sienta a una mesita acodada en la pared de su habitación y sacando unos papeles y un lápiz, borronea cuartillas a la luz de una vela de sebo que se yergue desde la palmatoria. Evocador, como es su costumbre, escribe:

"Fatal será el progreso para muchos pueblos del sur de Córdoba, a pesar de haber sido ellos centros de civilización, en los que se quebró por más de un siglo, la barbarie indígena.

De este número son: Villanueva, La Reducción, La Cruz Alta, La Guardia de la Esquina, el Saladillo, Ballesteros y en cierto modo, Fraile Muerto a quien Sarmiento acaba de trocar por Bell Ville. Las familias arraigadas en estas poblaciones criollas, dieron héroes para las luchas de la emancipación principalmente para los entreveros civiles. Terminada la organización del país no conocieron el reposo, ni gustaron los beneficios de la paz, pues debieron continuar hasta ahora todavía la batalla permanente trabada entre el indio y el criollo poblador de las llanuras.

En el censo levantado en 1764, del que existe un ejemplar en el Archivo del Obispado de Córdoba, se encuentran los apellidos que figuran aún, en la región conocida con el nombre de Sur de Córdoba.

De allí son las Casas, los Rodríguez, los Ceballos, los Vivanco, los Hemández, los Caballeros, los Alonso, los Juárez, los Araya, los Rapela, los Quinteros, los Fuentes, los Moyano, los Freites, los Villarruel, los Gamarra, los Zárate, los Oyola, los Peralta, los Oliva, los Moya, los Pavón, los Medina, los Rivera, los Reartes, los Pereyra, los Salgado, los Peredo, los Prado, los Madera, los Palacios, los Giménez, los Bustos, los Arias, los Taborda, los González, los Nóbrega, los Vázquez, los Lazo, los Rocha, los Gallardo, los Ferreyra, los Viera, los Alvarez, los Gómez, los Ramos, los Becerra, los Neyra, los Aravena, los Mayorga, los Fernández, los Quiñones, los Gaite, los López, los Almada, los Videla, los Guevara, los Español, los Lira, los Duarte, los Oyarzábal, los Torres...

Don Amadeo Ceballos, el escritor nacido en Villanueva, cuyo libro "Tierra adentro" anda por ahí sirviendo a muchos pseudo prosistas como de campo sin dueño, llama a esta región la Provenza argentina y aspiró a cantarla. Cualquiera que repare en los nombres arriba escritos, y que esté acostumbrado a leer las crónicas de la conquista, se encontrará con ellos, y volverá a hallarlos en las listas de los soldados de todas las guerras de la República...".

Una débil claridad que se filtra por la ventana preanuncia el alba. Caballero, sin prisa, guarda sus papeles y apaga la vela. Va hacia una palangana debajo de la cual hay una jarra grande de porcelana, llena de agua. Despúes de hacer sus abluciones, mira su estampa en el espejo gastado del ropero. Es la de un joven de dieciséis años que muestra el empaque de una persona mayor. De estatura más bien baja, viste modestamente un traje oscuro con chaleco, una camisa blanca y una corbata donde el nudo corrido más abajo, deja mostrar el primer botón del cuello acartonado. Mientras se peina el jopo rebelde, piensa en sus padres, en sus hermanas, en sus amigos, en todo aquello que ha quedado en aquel pueblo del Sur de Córdoba: Ballesteros.

Baja al comedor donde desayuna un tazón de café con leche servido con rodajas de pan casero, mientras otros pasajeros lo hacen con vasos de vino de quinta, de bordalesa o de Oporto que acompañan con rodajas de salame con pan francés. El cielo no muestra ni trazas de la lluvia caída. Por la ventana de aquel hospedaje se ven pasar fugazmente algunos hombres bien arropados, transitando rumbo al trabajo.

Una chata cargada con madera se estaciona en la vereda de enfrente cuando Caballero atraviesa la puerta de entrada para ir caminando a la explanada donde la balsa espera la hora de partir. Hace frío, pero él no lo siente porque, tiene adentro del saco y bajo el chaleco varias cuartillas de papel, algunas escritas, otras en blanco, además lleva guantes de lana, calza un sombrero aludo de fieltro y se emboza en un ponchito, que es regalo de su madre para estos días.

La balsa va cruzando el río marrón, buscando la vecina orilla donde espera a los viajeros, la ciudad que fuera Capital de la Confederación Argentina: Paraná. Han sido cortas las vacaciones, o al menos así le han parecido a él. Al llegar a suelo entrerriano se dirige a la pensión de doña Serafina, quien lo recibe con muestras de afecto, lo mismo que su hija Estela.

Dos años le faltan a Caballero para recibirse de maestro normal, dos años en que sin dejar de perseverar en sus estudios, va afinando su prosa:

"Ballesteros, -escribe- debe su nombre al dueño de una esquina, o sea de un almacén de campaña, establecido en la bifurcación del Camino del Sur, que partiendo de Buenos Aires conducía a Cuyo y al Perú. En la provincia de Córdoba seguía las costas del Río Tercero. La distancia entre Ballesteros y las Tolderías principales de los ranqueles, establecidos en el Cuero y Leuvucó, no es mayor de sesenta leguas. Los caballos pampas, de fantástica resistencia, la recorrían en dos jornadas. De ahí la frecuencia de los malones. El dominio del desierto ha correspondido a los salvajes hasta hace pocos años cuando, en 1879, se dio la última invasión ranquelina a las regiones del Sur de Santa Fe y Córdoba.

Las familias residen en el pueblo, pero casi a las orillas del mismo, empiezan los puestos y las estancias que tienen sus jefes. Algunos tan próximos que, en las tardes, llegan los aires campesinos traspasados de mugidos, cargados de abundancia y suavidad.

El lugar donde ha nacido, inspira a Caballero uno de sus más caros recuerdos, expuestos con sencillez y precisión:

"Cada familia es dueña de un predio rústico y de una propiedad urbana -sigue escribiendo- Esta mezcla de vida civil y campesina, común a toda la región, es impuesta por la inseguridad de la existencia en la pampa. El pueblo algo tiene del Castra Romano. Es un campo atrincherado desde el que se avanza hacia el desierto.

El Chato, enorme estancia de don Martín Ramos, que administran los hermanos Juan, Vicente, Avelino y Priscilio Pereyra, es la población más aislada hacia el sud, distando solamente cuatro leguas de Ballesteros. Yo conozco estos oscuros pobladores, de los que van quedando pocos, desde que tenía siete años, en 1886 escuchando de sus labios relatos de la vida cimarrona.

Los cautivos cristianos rescatados, o que volvieron después de la dispersión de las tribus, de los que vive Celso Caballero todavía, cuentan que los guerreros ranquelinos, a pesar de su soberbia, evitaban en sus excursiones encontrarse con los chateros. No necesito agregar una palabra más, para que se estime el valor de aquellos indómitos varones, a quienes he visto en su vejez, sometidos a todas las humillaciones de la miseria...".

Muchos años después, Caballero cruzará a la vista de una estancia moderna, levantada en el mismo lugar por un doctor italiano que adquiriera la propiedad de los Ramos, observando que aún estaba en pie el viejo mangrullo, desde el cual, en otros tiempos, un vigía permanente, avizoraba los dilatados horizontes. El Camino del Sur, al aproximarse al Río Tercero, toca los límites de las poblaciones ribereñas.

Por esto, a pocas cuadras al sur de Ballesteros Viejo, Caballero podrá percibir todavía la hondonada hecha por las carretas, ensanchadas por las arrias, por los rebaños, por los ejércitos en sus marchas hacia el Norte o en sus descensos hacia el Litoral, durante los largos años de convulsiones y de guerras. Precisamente, en Ballesteros se divide la histórica ruta, tomando una de sus ramas para Cuyo, por Las Achiras. La otra oblicua lentamente al norte, buscando la dirección de la ciudad de Córdoba, después del paso de Ferreyra, situado en las cercanías de Villanueva, en la estancia del mismo nombre sobre el Río Tercero.

Aquellos recuerdos, escritos en cuartillas blancas con lápiz y con tinta, proseguidos en un cuaderno a cuadritos, son los lujos y los tesoros que se permite este estudiante joven en sus largas horas de pensión, cuando aparta los libros de estudio con la lección aprendida. Y no es que no le llame la atención otra cosa, ya que cuando lleva su ropa a planchar, una de las chicas lo mira con mucha simpatía, demasiada quizás, y hace que él le sonría mirándola a los ojos.

"El Sur todavía es mirado con temor -escribe en aquel cuaderno donde anda por la mitad-, porque oculta ente sus brumas el misterio de las guaridas indias, y porque hacia ese lado se forman las tormentas del Sur con toda la impotencia de sus huracanes, de sus truenos amenazadores y profundos, de sus relámpagos enceguecedores, de las serpientes de fuego de sus refucilos.

Desaparecido el peligro de indios, la contemplación de ese horizonte me estremece aún. Siendo niño, a él volvíamos sin querer la mirada, cuando algún viajero retenido por la hospitalidad o por la noche, refería las escenas ocurridas ayer nomás en medio de los alaridos de la horda implacable...".

Prosiguiendo este pensamiento, años más tarde, caminando por las calles de aquel viejo pueblo de su nacencia escribirá:

"Ahora, una extraña y plácida tristeza, flota en él, como trasunto de los trágicos misterios de que ha sido despojado. En ese Ballesteros Viejo, próximo a las huellas del Camino real, del Camino del Sur poblado de grandes y dolorosos recuerdos, está en pie, la casa de mi infancia, resistiendo el oleaje de la vida moderna como barco abandonado sobre un escollo.

Sus altos y gruesos muros parece que desafiaran el renovado horizonte, desde donde amenazaban los malones y las tempestades. Fue en su origen la pulpería de don Julián Paz, y después la tienda de Urizar y de Allende. Cuando éstos liquidaron sus negocios, vino a habitarla mi familia.

A su frente se conservan lustrados por el tiempo y los cabrestos, los postes de quebracho, a los que ataban sus caballos los gauchos trashumantes y los estancieros que concurrían de los campos vecinos, en los días de fiesta. Estos maderos han sido testigos del valor criollo, desconocido y hasta calumniado en el presente por los que al fin han conseguido fundar en la tierra una civilización sin recuerdos tendida como campamento de beduinos sobre la pampa desposeída de belleza y de majestad; mientras el pueblo realmente argentino o privado del dominio de la tierra, vaga sin patria, en las sombras de su miseria, agonizando en brazos de un derecho nominal, que lo declara soberano! Yo pregunto, ¿cuál es la soberanía de un pueblo que no posee la tierra, que carece hasta de hogar?

Ya llegará el momento de hacer valer sus ideales a través de la política, anarquista primero, radical después. Por ahora, estas evocaciones ponen en el fondo de su alma el grito apagado de rebeldía por un pasado que se va yendo, inexorablemente. Ahora, estamos en el gran boom de los •80 en que se ha iniciado una frenética construcción de líneas férreas que transforman completamente el panorama rural. El éxito de la empresa rural ha sido seriamente amenazada por la recurrencia de las luchas armadas, la incesante presencia de bandidos rurales, las invasiones indias y los destrozos causados por la langosta.

Al nacimiento de Caballero, no sólo la propiedad sino la vida misma de las personas radicadas en las áreas rurales estaba en peligro. Entre 1865 y 1874, por ejemplo, el consulado británico en Rosario, informaba que 15 propietarios y mayordomos de ese origen habían sido asesinados por los indios o los bandidos rurales en Santa Fe. De paso, es interesante consignar aquí que la poca tradición en la actividad y la inestabilidad en la posesión son rasgos presentes en muchos propietarios rurales. Otro es la variedad de nacionalidades de origen y la acentuada presencia de personas nacidas en países europeos. No es fácil cuantificar con precisión esta participación, pero todo indica que es muy alta.

Algunos de los grandes propietarios rurales son extranjeros en la provincia de Santa Fe: Casado, Leheman, Bruhl, Chiesa, Castagnino, Chabas, Devotto, Kemmis, etcétera. En 1887, el departamento Las Colonias de un total de 4.000 propietarios, más de 3.000 eran extranjeros.

Quien a su tiempo llegará a convertirse en un paladín de la tradición criolla, continúa su evocación con estas sentidas y sencillas palabras:

"Casa de mi infancia, ruina aislada y solemne que tal vez no me habéis desconocido: ¡Cuántas veces desde el ancho parapeto se hundió en el Sur la mirada intranquila de mis padres, de los amigos de mi hogar, de los vecinos de este pueblo ahora muerto! Desde esta habitación que se desmorona, escuché la tarde de un día de invierno, el clarín de la última grande y lujosa tropa de carretas que cruzara por el camino, rumbo al occidente, como siguiendo el curso del sol hacia el ocaso!

Me parece que veo a los picadores, en el momento de saltar de los pértigos, para animar de a pie a los bueyes, dirigiendo a los ariscos con sus largos orejeros, al realizar la evolución destinada a formar el círculo, dentro del que se encierra el ganado y luego se encienden los rumorosos fogones. No he olvidado que a la mañana siguiente, oí el eco de los ejes, cuyo lamento desafinado se alejaba, anunciando la despedida de las carretas, que se iban para siempre, como se fueron las arrias con el retintín funambulesco de sus cascabeles, como se fue la vida de libertad, de poesía, de trabajo, de alegría y de misterio de la vieja pampa.

-"¿Volverán las carretas?" -, preguntábamos a nuestros padres, recordando las delicadas golosinas de que eran portadoras. Cuando nos respondían negativamente, diciéndonos que el ferrocarril las había sustituido, una tristeza indefinible y oscura caía sobre nuestras almas. Presentíamos que el ferrocarril había de ser un monstruo representativo de enormes potencias hostiles, ante las que sucumbiríamos todos. Conocí el Ferrocarril cuando tenía diez años, y ese mismo día, escuché de labios de un viejo criollo, don Fortunato González, esta frase que confirmó mi sospecha y se me clavó en el corazón: "Eso será la ruina de todos", dijo, señalando un convoy de pasajeros.

Profética era la frase. Ruina para los amigos que conocimos en sus modestas y grandes heredades; dispersión para las familias de abolengo criollo: eso trajo el riel al dominar la pampa. Por él, el humo de extraños hogares se levanta en los campos nativos, y por él, los criollos acostumbrados a una vida sin malicia, fueron víctimas de la especulación y el engaño, desparramándose a todos los vientos, latigueados por el sarcasmo que les llamaba gauchos, para terminar hundiéndose como proletarios en el engranaje de la servidumbre económica que no habían conocido. Como herencia de proscriptos, fue repartida la tierra argentina. Gobierno hubo, gobierno de argentinos, gobierno ilustre según las frías historias oficiales, que entregó desde Rosario a Córdoba, 180 leguas de los mejores campos, a una empresa extranjera, expropiándolos por la mísera cantidad que no se pagó nunca, de 200 pesos la legua!

Ruina simbólica de mi pasado, ¡adiós! En el final de esta calle muerta, como una vía antigua, en la que no quedan en pie más que las azoteas de don Fermín Casas y de don Simón Peralta, casi hundidas en la tierra que sube hacia ellas, como para sepultarlas, permanecerás todavía quién sabe por qué tiempo, cual inútil atalaya sobre el Sur ahora sin misterios y sin peligros!

Como esa puerta, cerrada hoscamente hacia el poniente, en cuya reja se detienen tristemente los últimos rayos del sol de la tarde, se cerrará mi alma sobre su recuerdo. En mi mundo interior, ella estará en pie, como la conocí. Al amparo de su sombra pálida, animada por la fuerza de mi evocación, reposar¿ como cuando era niño". (1)

NOTA: 1. Ricardo Caballero. La casa de mi infancia (En Ballesteros Viejo). Nativa. Año XI Nº 122 Bs. As. 28.2.1934. Rpr. además en: Páginas del último caudillo. op. cit.

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