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 domingo, 28 de septiembre de 2003

Charlas en el Café del Bajo

-"Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla/ y un huerto claro donde madura el limonero;/ mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;/ mi historia algunos casos que recordar no quiero". ¡Qué insondable melancolía en estos versos de Machado y también que cofre sellado de recuerdos. Cuánta impotencia y angustia por no poder cambiar algunas cosas de ese tiempo que se fue y cuánta nostalgia, también, por la luz que hubo en él! Mi breve reflexión de hoy nace en la charla suscitada en una cena a la que fui invitado y agradezco, por el Colegio de Abogados de Rosario, que preside el doctor Mario Holland, y en la que tuve la satisfacción de encontrarme con algunos buenos periodistas y mejores seres humanos a los que no veía desde hacía algún tiempo: Eduardo Conforti, Jorge Turina, Santiago Serratti, Alberto Furfari, Alicia Salinas, mi querido y siempre recordado amigo Alfredo Velasco Ferrero, Jorge Salum, a quien le debo un café y Armando Cicerchia.

-¡Huy! ¡Me imagino cuantas cosas del mundillo judicial y político. Varios periodistas reunidos en torno de una mesa se convierten en una poderosa agencia de esas noticias que por diversas razones jamás salen a la luz, y en una pléyade de anécdotas y opiniones que dejarían embelesado al más exquisito de los lectores u oyentes.

-Imagínese, Inocencio, desde el funcionario que se quedó dormido en una disertación y fue víctima de la implacable vocecita que a nadie perdona, hasta los jueces que siguen hablando por su sentencia, fundamento del jurásico para ocultar en ciertos casos la mediocridad de sus actos, hasta la designación en la ciudad de Santa Fe de una encargada de prensa (¿y a Rosario que la parta un rayo, como siempre?) hasta traer a la memoria la vida, en aquel pasado que parece remoto, en redacciones, estudios de radio y televisión. Y la eterna y absurda pregunta: ¿El periodismo, antes fue mejor?

-¿Y cuál fue esa respuesta?

-La evocación de figuras que dejaron una huella indeleble en las páginas y el éter rosarino. Plumas y voces de oro como Justino Caballero, Mario Marasco, Alberto Delfino Cano, Evaristo Monti (ponderado por buena parte de la concurrencia) y tantos otros y una conclusión: que no hubo un periodismo mejor o peor, sino que existe otro periodismo porque existe otra sociedad. Y es en una parte de esta "otra sociedad" en la que enfoco mi reflexión a partir de una vivencia puntual. Es esta otra sociedad intrínsecamente buena, pero conducida y contaminada por un sistema devorador, perverso, egoísta, individualista, en donde el hombre, en toda su dimensión, no es contemplado como el centro del universo, sino como un simple generador de producto. Y hasta tanto llega la perversidad, que si el producto del hombre es bueno, pero no coincide con la idea de óptimo que tiene el poderoso del sistema o con sus intereses, este ser humano es lisa y llanamente borrado del libro de la vida ¡Qué tremendo no!

-Sí, y como siempre usted se fue pensando.

-Claro, porque si esta injusticia le alcanza a periodistas (y por favor no se tome mi pensamiento como una suerte de justificación de privilegios que no deben existir) ¡qué no pasará con el hombre común! A menudo, algunos me preguntan por que últimamente mi natural silencio y predisposición melancólica se ha acentuado y yo exclamo: ¡¿Cómo puedo transcurrir mis días dichoso cuando veo tantas personas destruidas por un sistema inescrupuloso e indiferente?! Y aquí viene la vivencia puntual: En la cena, uno de los periodistas de radio que en mi opinión ha sido y sigue siendo no sólo un referente periodístico, destacado profesional, sino un gran ser humano, Eduardo Conforti, comentó que se encontró hace unos días con un colega de una capacidad intelectual brillante, que estaba desarrapado y, literalmente, hambriento. Otra persona me hizo saber que la nueva profesión de este amigo es la mendicidad y que lo han visto dormir en algún banco público. Es cierto, muchas veces uno ara su propio destino, pero otras un buey obtuso y fuerte arrastra nuestro arado hacia el campo que no queremos surcar. Este buey, es un sistema en donde lo injusto es cotidianamente vestido de legalidad y en donde con frecuencia se cumple lo que decía Spinoza: "Injusticia es quitar a alguien lo que le corresponde bajo el pretexto de derecho". Es posible, casi seguro, que no hubo un periodismo y una sociedad mejor, pero ayudame a recordar Eduardo: ¿No había un patio y un huerto claro, donde maduraba un limonero? Y me pregunto: Nosotros mismos, seres de este nuevo milenio ¿no dejamos que al perfume del azahar lo impregne el olor de la resignación?

Candi II

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