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 domingo, 28 de septiembre de 2003

Perfiles. Beatriz Vallejos
La desolada intemperie en que nace la sabiduría
Un compromiso fervoroso con la belleza contiene el secreto de una obra mayor de la poesía argentina

Claudia Caisso

Para celebrar el traslado que actualiza la voz de Vallejos en los últimos íconos —trípticos de madera donde se talla con notable intensidad cierto quehacer verbal de la imaginación— nos parece relevante comentar algunos valores por los que la poesía de Beatriz afirma, una vez más, la excelsitud y soberanía del poema.

Lo excelso sería, nos parece, nada menos que cierta vocación de trascendencia que, al tiempo que evoca el arte del pasado —las tablas pintadas de los trípticos medievales o la iconografía de los artesanos bizantinos—, traza una amorosa reverberación del horizonte siempre sagrado, al mismo tiempo elemental, por despojado, de la palabra poética. Por eso deseamos afirmar que hay poesía en los íconos de Vallejos: una serie de motivos que en los dibujos, los colores y las frases parecen imponerle en el grabado mayor desnudez a la madera.

Se trata de otra forma de hacer poemas: un compromiso fervoroso respecto de aquello que no deja de aprehenderse como belleza a poco que advirtamos el puente generoso que han abierto ciertas texturas capaces de representar determinados ámbitos emotivos y lo que fulgura como don al ser destinado.

Más allá de las definiciones de índole semiológica, a expensas de los efectos de la experiencia estética real —esto es: la felicidad que prodiga disfrutar del ceñimiento "preciso, transparente, misterioso" de un objeto—, el poema trae al presente un corte extasial, extremadamente universal por único, en la temporalidad de la existencia. Sutil condensación que se ha logrado a partir de un magma de haces simbólicos complejos, y eficazmente reminiscentes que a la manera de pequeños cofres resguardan la aventura visiva como un tesoro. La semiología afirma en una instancia de diferenciación entre ícono, índice y símbolo, que el ícono es uno de los niveles del signo, "un signo determinado — según Peirce— por su objeto dinámico en virtud de su naturaleza interna".

En una relación triádica entre significante, significado y referente, el ícono participa como el símbolo de cierto poder para suscitar el trabajo del interpretante en el lenguaje, es decir, de suscitar cierta asignación de sentido o la configuración de cualidades, entre una marca significante como la que puede abrir, por ejemplo, el sintagma "una mancha negra" y el color negro; las onomatopeyas, o los diagramas que reproducen relaciones entre propiedades.

No abundaremos, por obvias razones de espacio, en aquellas consideraciones, que sólo nos interesan a los efectos de realzar aquí que la iconicidad es una de las facultades constitutivas del lenguaje, en particular, si como éste es el caso, se intensifica y amplía la potencialidad simbólica del habla. Puesto que el poema-tríptico transforma el uso de la lengua, sostiene y ahonda los alcances de la metáfora y de la imagen como instrumentos retóricos fundamentales.

Así, estamos en presencia de un habla cuya pluralidad, cuya ambivalencia semántica siembra en sus dispositivos materiales un territorio pleno en su ambigüedad al acentuar el valor de la figurabilidad del lenguaje humano.

Diremos: un diálogo entre lo visible y lo invisible, que pareciera devenir intermitentemente rito arcano, homenaje a las artes dadas a la síntesis en el marco de la modernidad, y cita escandalosa en su sobriedad con la ausencia.

El vaivén de una hamaca, la pulcra atención dispensada al recuerdo de una almohada... las briznas del viento solicitan el hálito de la voz y la caída necesaria del aliento. Entonces la lengua se luce y nos mece. Soporta el misterio de la persistencia del recuerdo a través del tiempo, la falta de premura, la preciosa indeterminación con que la oscilación del juego de la memoria y el olvido rotura en el tallado de una imagen la creación de un mundo dado al milagro de transformar la interioridad en pura epifanía.

En aquellas zonas de percepción, cuando algo concreto se hace rostro, transparece y nos hiere, habitamos un mundo sensible, o mejor: la grieta de los nombres en duelo con el mundo, enlazados y desligados de él, poéticos en tanto y en cuanto ha ganado espesor, y bondad nuestro decir. Cierto "humus" de las palabras —en el sentido de "mantillo" de la tierra o napa—, que deviene anterioridad primordial en la interpretación del "acto y del lugar de la poesía" puesto que simultáneamente está y no está en el poema...

O para formularlo de otro modo: el juego perceptual que abre el poema solicita que nos detengamos en la fuerza que ha conquistado la destinación como apertura oferente del lenguaje y que nos hace apropiarnos de algo muy entrañable que habríamos excluido, reprimido u olvidado. Producción de un asiento material cuyos trazos, a veces referidos a la captación de la luz, la contemplación de la carencia humana, los estadios angélicos, el río, la soledad de los árboles, el venerado silencio, parecen remitir una y otra vez a la desolada intemperie en la cual se engendra la sabiduría humana y el hallazgo de comunión que oficia como morada.

Objetos, figuras de resplandor verbal trabajados con ejemplar paciencia y economía que a la manera de un sitio primoroso o un oratorio ofrecen la posibilidad de evocar una experiencia íntima, o pronunciar el más íntimo rezo. Acciones todas ellas que antes que consagrar el imperio unívoco, autoritario o represivo de algún modelo, tientan más bien un movimiento contrario: puesto que parecen insinuar que la madera, es decir, la materialidad del lenguaje, triádicamente dividida o multiplicada, según se quiera, nos escinde, y en esa separación no busca otro fin que precipitarnos en el juego siempre fecundo de las preguntas, la perplejidad, las paradojas, la extrañeza... las contradicciones.

"De la contradicción de las contradicciones —escribía "el etrusco de La Habana"—-/ la contradicción de la poesía,/( es) obtener con un poco de humo/la respuesta resistente de la piedra/ y volver a la transparencia del agua..". Parafraseando al cubano Lezama Lima, podríamos decir que uno de los retos de la poética de Vallejos es obtener con la poquedad de una lengua pulida hasta el paroxismo un "vaho de belenes", el sitio de revelación de un ritmo siempre vestigial o auroral de zonas remotas de la existencia, las más frágiles y silentes. Algo, se nos dice, fue noble desde siempre. Ahora lo podemos ver: es decir, sentir, compartir, intuir, u oír como una música profundísima que se ensanchara en volutas de aire, en materialidad que metaforiza los "espirituales del límite", capaces de hacernos crecer.

Unos tonos ocres que vibran sobre la madera, unas delgadas laminillas de violeta que trazan los pétalos de algunas florcitas remedando la libertad de los dibujos de la infancia, hablan de una indómita, recóndita nostalgia hacia lo sagrado elemental que nos es constitutivo. La amalgama de sentidos que siembran los rasgos áureos de las frases sobre el roble, las bisagras de los trípticos son capaces de trasladarnos hacia zonas de goce inusual —más allá del uso y la costumbre— por el candor tan inusual que desatan, y acaso simplemente nos traerán, la magnífica posibilidad de ser otros, es decir, de ser reinventados.

Allí donde la poesía vuelve figura, contorno pulido, silencio gravitante y vacío algo perdido, participamos de una mística de la materia. Exaltación del porvenir que se enuncia como llamado a vivir más plenamente aquí, porque es posible estar en otra parte.



Claudia Caisso es profesora en la Escuela de Letras.

Publicó De vértigo, asombro y ensueño: ensayos sobre literatura latinoamericana

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Beatriz muestra otra forma de hacer poesía.

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