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 sábado, 27 de septiembre de 2003

Editorial
La violencia urbana

La cifra de muertes en Rosario por violencia urbana, que comprende también a las víctimas por casos sociales, crece en forma alarmante. Si se le sumaran las de los accidentes de tránsito, los índices alcanzados serían más que temibles. Las personas que mueren o son heridas en robos a mano armada, tiroteos o asaltos en plena vía pública no son las únicas que padecen esta incontenible espiral de locura violenta. La gente que fallece tras comer carne contaminada en un basural, el obrero que cae de un andamio en un día de viento porque nadie controla las medidas de seguridad laboral, o los automovilistas que terminan incrustrados en un poste al intentar eludir un bache, también son víctimas. Víctimas de una sociedad que está más emparentada con las habituales catástrofes de naciones que ni siquiera han podido asomarse al mundo en desarrollo y viven en un atraso anacrónico.

Pese a la crisis, el país y la ciudad de Rosario tienen elementos suficientes y recursos humanos de sobra para que mediante acciones inteligentes la cifra de muertes por violencia urbana descienda considerablemente en poco tiempo. El abismo que padeció la Argentina en los años 2001 y 2002 ha dejado a la mitad de la población en la pobreza y prácticamente destruido a la clase media, que sólo ha podido mantenerse en pie por el esfuerzo que alguna vez hicieron sus mayores. Esta catástrofe incrementó, sin lugar a dudas, la criminalidad y elevó la sensación de inseguridad y temor de la gente a niveles nunca vistos. Si a este cuadro de situación se le agregan inéditos niveles de corrupción entre las fuerzas de seguridad e ineficaces controles del poder político, el resultado no puede ser otro que el actual.

Morir por las balas de la delincuencia o por la desidia de las autoridades que, por ejemplo, permitieron que la avenida de Circunvalación se convierta en el cementerio de cientos de vidas durante años, es muy parecido. La muerte violenta solamente podrá evitarse si la inteligencia, capacidad de trabajo y honestidad de los gobernantes y sus funcionarios se orientan en ese sentido.

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