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 domingo, 21 de septiembre de 2003

Nuevas miradas sobre la historia de la prostitución
Las fantasías y los espacios de placer en la ciudad de ayer
Los cafés con camareras se extendieron por el Rosario antiguo, provocando la curiosidad de los vecinos y poniendo en cuestión al poder político

María Luisa Mugica

A partir de la ordenanza del 1º de octubre de 1902 los cafés con camareras se constituyeron en una de las variantes permitidas del ejercicio de la prostitución reglamentada en Rosario. Aunque funcionaban desde fines del siglo XIX, recién a principios del siglo XX el poder político municipal decidió ocuparse especialmente de ellos. Sin duda despertaban la atención no sólo del poder político sino también de la prensa misma que solía hacerse eco de las quejas y los decires de los vecinos de la ciudad. Estos cafés eran atendidos especialmente por mujeres que habían desplazado a los hombres en el tradicional servicio de las mesas. En otras ciudades del mundo se los conocía como cafés cantantes y en Buenos Aires también como academias o brasseries, palabra francesa que significaba expendio de cerveza. En las academias se escuchaba música, se bebía y se podía bailar con la misma camarera.

Ya desde fines del siglo XIX la prostitución fue uno de los tantos problemas sociales de los cuales el Estado Municipal se hizo cargo. Ejercicio político que frecuentemente se traducía en el diseño de distintas políticas ordenadoras que se plasmaban en reglamentos y ordenanzas que intentaban regular tanto las características y requisitos que debía reunir una mujer para ser inscripta como prostituta o regente como también las que debía tener una casa para ser considerada de tolerancia.

Recordemos sucintamente algunas de las condiciones que debían reunir las mujeres para ser inscriptas como prostitutas según el reglamento del 16 de noviembre de 1900, vigente por entonces: ser mayores de 18 años, estar registradas en la Asistencia Pública, ejercer la prostitución en las casas consentidas para ello, someterse a dos exámenes sanitarios semanales, tener libreta sanitaria —con el correspondiente retrato en condiciones— en la que se asentaría el estado de salud. También existían prohibiciones como por ejemplo exhibirse públicamente en balcones y puertas o llamar a los transeúntes que circulaban por la calle.

En Rosario las camareras —antes de la ordenanza de 1902— complementaban su trabajo con el ejercicio clandestino de la prostitución, lo que les implicaba algunos beneficios adicionales respecto de las prostitutas reglamentadas o legales, como estar liberadas de efectuar la visita sanitaria y de las obligaciones impositivas que les exigía el Estado Municipal. Si nos atenemos a lo que decía La Capital el 18 de abril de 1902 —citando a la Inspección General— había por entonces 14 casas de tolerancia de 1ª y 2ª categoría con 79 pupilas y 7 cafés con camareras con 58 mujeres empleadas. Un poco después, el 31 de mayo de 1902 el diario denunciaba la existencia de 32 cafés con camareras sin patente. La Censura, el 31 de octubre de 1898, también hacía alusión al ejercicio clandestino de la prostitución en varios cafés de pega instalados en el centro de la ciudad en los que "a diario se ven entrar y salir ciertas damas sospechosas que más pudiéramos llamarlas desgraciadas. Estos espectáculos dan margen a prohibir el tránsito por esos lugares de la mujer honrada, en evitación de otras interpretaciones desfavorables que siempre dan lugar a comentarios". Precisamente el Café y Posada "Cambris" situado en calle Santa Fe y regenteado por Madame Pepa se cerró por ser considerado "altamente inmoral".


Mundo clandestino
Veamos el caso de la mujer América Gómez, dueña del Café de calle Balcarce 116 que había sufrido la clausura de su establecimiento porque —según decía el Inspector Municipal— había ejercido la prostitución y contaba aún con libreta sanitaria. Ella aducía haber abandonado ese tipo de vida sin saber que debía retirar la libreta de la Asistencia Pública "no teniéndome en lo sucesivo como mujer que ejerza la profesión referida". Marcaba el perjuicio material que le ocasionaba el cierre del lugar y "el descrédito que puede sobrevenirme, tanto más cuanto menos decorosa ha sido mi vida pasada y también en cuanto sea pertinente la firme voluntad de reforma de costumbres que he puesto en práctica". América Gómez se había inscripto como prostituta en el registro que llevaba el Dispensario de Salubridad el 28 de octubre de 1893 y había estado afiliada a distintas casas de tolerancia: Güemes 221, Dorrego 30, Brown 486 y Güemes 249, desapareciendo de esta última sin llenar las formalidades correspondientes y apareciendo posteriormente como dueña del café de calle Balcarce.

En ese café además se encontró trabajando a la prostituta Plácida Ceballos (o Zeballos) en calidad de sirvienta con el agravante de hallarse enferma, según ella le manifestó al Inspector Juan Silva, lo que complicaba la falta de la dueña. Plácida Ceballos pertenecía al burdel de calle Balcarce Nº 173, que había abandonado del mismo modo que Gómez, sin llenar las formalidades correspondientes al retirarse de una casa de tolerancia. Este café, por las circunstancias enunciadas, quedaba comprendido en lo dispuesto para las casas de citas con lo cual la mujer no se hacía acreedora a la devolución de la libreta precisamente por su reaparición al frente del Café o despacho de bebidas antes citado. Este era señalado por el vecindario como "centro de prostitución clandestina", hecho que fue corroborado por los inspectores sanitarios.

A raíz del ejercicio clandestino de la prostitución en estos lugares se pusieron en vigencia algunas normativas para las mujeres. Sin embargo y amén de la ordenanza del 1º de octubre de 1902, las camareras de cafés de Rosario pasaron a ser equiparadas con las prostitutas unos años antes a partir del 27 de diciembre de 1900, puesto que empezaron a estar obligadas a efectuar la inspección sanitaria semanal. Proyecto impulsado hacia 1899 por el intendente municipal Luis Lamas, quien en nombre de la salud pública sostenía: "Las que tienen actualmente el oficio de camareras en los cafés son todas mujeres que han ejercido la prostitución tolerada y que ejerciendo ahora la clandestina eluden por este medio el examen médico obligatorio".

Además de los aspectos específicamente normativos ciertas imágenes perturbadoras poblaban el imaginario social de entonces. Los cafés con camareras y los/las jóvenes parecían entremezclarse muchas veces despertando fantasías colectivas, construyendo el universo urbano. Una imagen fuerte se hacía presente y era la del estado de relajación de las costumbres que había alcanzado la sociedad, alzándose de los bajos fondo la silueta de la depravación, usurpando las posiciones reservadas en otros tiempos para la pureza de costumbres. Representaciones sociales que expresaban y estructuraban el mundo de entonces. Miradas, perspectivas, imágenes que trataban de dar cuenta acerca de ciertos temas o cuestiones que eran singularmente significativas para los ciudadanos de aquellos días.

El concepto de joven o juventud que cruzaba toda la literatura periodística de la época resulta difícil de apresar. Fundamentalmente el término se pensaba —salvo poquísimas excepciones— en masculino y se utilizaba para designar una amplia gama de sujetos que iban desde los solteros, los no emancipados económicamente, aludiendo en general a menores de edad (tomando 18 años como referente, —edad fijada por el Código Comercial de 1862 para que hombres y mujeres pudieran desarrollar actividades comerciales con la anuencia paterna— aunque el Código Civil de 1871 fijaba en 22 años la mayoría de edad), que aún concurrían a la escuela secundaria, o que apenas habían terminado el bachillerato para comenzar o no estudios superiores e incluso, en ocasiones, haciendo referencia a aquellos que trabajaban. Como señaló muy honestamente Michel Perrot, "ese problema constante del historiador, tributario de los vocablos del pasado, se exacerba en cuanto se trata de categorías marginales o marginalizadas, y que, por temor y por temblor, suelen imaginarse más que comprenderse: o sea, los pobres, las mujeres, los jóvenes".

La prensa tendía a mostrar a los cafés con camareras como "centros de inmoralidad y corrupción, de la peor índole" para los jóvenes que eran los que llenaban los locales. Eran también caracterizados como espacios en los que ocurrían casi a diario escenas poco edificantes. Era allí donde se les deformaba el espíritu y se envenenaba su porvenir. Por otra parte la tolerancia de la inspección municipal traía consecuencias nefastas sobre la generación joven. Los jóvenes eran presentados como espíritus maleables, lábiles, fáciles de ser manejados.


Por los bajos fondos
El 27 de noviembre de 1906 un reportero de La Capital, acompañado de un estudiante del Colegio Nacional y dos recientes bachilleres se lanzó sobre la ciudad para describir algún café con camareras. Los muchachos le informaron acerca de algunas novedades que había en la plaza: en la calle Corrientes, una nicoleña "tipo morisco, alta, ondulante, candente" que además hablaba cuatro idiomas; el que frecuentara el de la calle Paraguay, podía sentirse transportado a El Cairo. Para el otro, lo mejor eran las camareras de la calle Italia, criollas, fuertes, volcánicas, con ojos centelleantes, aunque no hablaran más que guaraní, la carne como madera de cedro, la boca como una terraza roja. Los cuerpos de esas mujeres remitían a una memoria sensorial que se activaba con el relato. La atmósfera de repente se llenaba de olores, de sabores que remitían a lugares extraños; todos los recursos eran válidos para estimular la imaginación de los concurrentes. Los cafés con camareras ofrecían mujeres exóticas y exhibiciones fantásticas que apelaban fundamentalmente a los sentidos.

Llegando a un café, el cronista y sus jóvenes guías comenzaron a escuchar el sonido de un piano del que salía un tango. El local era estrecho y con poca luz. Pagando 20 centavos por cabeza accedieron al espectáculo reservado: 4 mundanas, en desnudez absoluta, danzaban el tango. Los espectadores se iban transformando. Los futuros universitarios daban furiosos bastonazos contra las piedras como signo de gran agitación. Según el relator eso era un Café con Camareras: "Antesala de prostíbulo, horno de corrupciones, red de vicio tendida a los menores de edad para que tengan a los 13 años toda la ciencia del bien y del mal".

A las dos de mañana el café era "una sala de orgía", sonrisas crispadas por el cansancio y los bolsillos exhaustos. De repente, un golpe fuerte en la puerta despertó a una camarera. Un padre de familia, de cierta edad, muy conocido en los círculos sociales, sacó a su hijo —el alumno— a golpes de báculo. Rodaron mesas, gritaban las camareras, el resto abandonó el lugar. Preguntó el reportero si eran frecuentes esos finales de acto, uno respondió "No son frecuentes; pero también hay padres tilingos".

Los cafés con camareras combinaban un conjunto de elementos que estaban prohibidos en la reglamentación de los prostíbulos legales: música, expendio de bebidas, los juegos de naipes, la presencia de menores de edad en calidad tanto de camareras como de clientes. Todo esto se conjugaba con otro elemento detonante: números para mirar, juegos voyeristas que mostraban mujeres desnudas y escenas que rayaban en el lesbianismo. Cuadros que mostraban mujeres bailando tangos, danza que apelaba a movilizar las fantasías de los espectadores, cuerpos aferrados, sensuales, provocadores. El tango enfatizaba el contacto corporal, el erotismo, la copulación. Parafraseando a Sergio Pujol, se puede señalar que tango y sexo constituían un binomio conjugable.

Finalmente, el 7 de septiembre de 1906 esta forma de prostitución quedó prohibida, aduciéndose para ello razones de moral e higiene pública, estipulándose que los permisos de instalación de cafés con camareras se debían otorgar fuera del radio permitido para el establecimiento de casas de tolerancia y no se podrían conceder a las dueñas de casas de lenocinio. Se les otorgó a los propietarios un plazo determinado —hasta el 1º de enero de 1907— para que los inscribieran específicamente como prostíbulo ateniéndose a la reglamentación en vigencia.



María Luisa Mugica es profesora de la Escuela de Historia.

Publicó Sexo bajo control

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Las pupilas de los burdeles tenían reglamentos.

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