Año CXXXVI
 Nº 49.839
Rosario,
lunes  12 de
mayo de 2003
Min 14º
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La belleza no es un delito
Carolina Antoniadis expone una muestra antológica en los túneles del Centro Cultural Parque de España

Fernando Farina / La Capital

Carolina Antoniadis (1961) vive desde hace muchos años en Buenos Aires, pero es rosarina y siempre reconoció que fue marcada por las pinturas de su abuelo, Demetrio Antoniadis, quien fue un protagonista de la escena artística de la ciudad. De allí que en la muestra antológica que presenta en el Centro Cultural Parque de España (Sarmiento y el río), dedique un sector a dialogar con ese pasado, que en realidad es un eterno presente. Y esto no es un detalle menor para la exposición que con el nombre "El delito de la belleza (selección antológica 1986-2003)" desarrolla en los tres túneles.
El tema por supuesto es la belleza, y en ese desarrollo aparece lo decorativo con todos los ribetes, ya que no sólo la obra de Antoniadis se plantea desde ese lugar sino que además en el hacer permanentemente dispara preguntas acerca de lo que significa y cómo esto forma parte de lo cotidiano.
No es difícil reconocer que en ese diálogo aparezca como antecedente y como pregunta aquella obra "académica" de su abuelo, que desde otro tiempo lanza algunos de los mismos interrogantes que la producción más vanguardista. Es que la pregunta sobre la belleza es la pregunta sobre el arte, sus límites, sus posibilidades.
Por supuesto que las respuestas no son siempre directas, las más de las veces Carolina apuesta a cierta ambigüedad, aunque en ocasiones pone en evidencia cierta perversión en decorar lo ajeno a la belleza.

La fiesta
Visitar la exposición es asistir a una fiesta de colores, de formas, de texturas, y este es justamente su sello, y por supuesto una respuesta (mintiendo con el título de la muestra) a aquella proclama del célebre arquitecto Adolf Loos, quien en 1908 dijo para horror de muchos colegas que "el ornato es un delito".
En la sociedad actual no sólo no es un delito sino que a veces hasta es una obligación y una condena, de esto saben mucho las mujeres que suelen ser las que más sufren la exclusión social por no respetar las normas estéticas. Y en este sentido no puede extrañar que Antoniadis a la vez que se somete a esos condicionantes, juega con ellos, produciendo repetitivamente formas y plasmándolas en los más variados soportes. Es que todo puede tener su sello y de hecho lo tiene: desde un plato hasta una pintura.
Por supuesto que en todo esto puede haber una trampa, porque en realidad lo que se reconoce en forma inmediata es la superficie, que no deja ver mucho más allá, pero desde dónde está hablando la artista. Es que si todo está disfrazado, hay que buscar qué hay debajo de tanto artificio. Y es allí donde las respuestas son múltiples. Es indudable que la belleza a veces oculta cosas tremendas, otra veces sirve para seducir sin decir nada y algunas más sirve para respetar el orden y a lo sumo obtener un usufructo con una de las herramientas más tradicionales de los artistas.
Alegorías, símbolos y simples representaciones se conjugan en esta situación. Si se piensan como preguntas, se puede responder ingenuamente aceptando la belleza sin ver más allá pero también se puede repreguntar para entender qué realmente se está diciendo.



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