Año CXXXVI
 Nº 49.838
Rosario,
domingo  11 de
mayo de 2003
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Perú: Adoradores del dios sol

Cuzco, la maravillosa ciudad de Perú enclavada a 3.360 metros de altura, fue el centro de una de las civilizaciones más prósperas y desarrolladas de la América prehispana. Cuzco o Qosco, según la grafía quechua, es el mejor testigo de la majestuosidad de la civilización inca, a la que servía de centro político y administrativo, pero tiene además la vida y el misterio de las antiguas ciudades europeas amuralladas, que los sudamericanos miran con asombro y caminan sin prisa.
Paredes altas y blancas rematadas en cielos de tejas, de las que se descuelgan balcones tallados en madera; calles pequeñas y empedradas que parten desde la Plaza de Armas y van hacia arriba y hacia abajo de los cerros.
Por haber sido capital del Tahuantinsuyu, el resplandeciente imperio que se extendió hasta Ecuador en el norte y hasta Argentina en el sur, Cuzco es el centro de una red de ruinas, monumentos y ciudades ya despobladas, que fueron de otras gentes y otros tiempos, a la vera del río Urubamba y en el espectacular paisaje de los Andes. Cerca están Saqsayhuamán y Qlenco, más lejos Pisaq, Pikillacta, Chinchero y Ollantaytambo, y finalmente, escondida y última, Machu Picchu.
El casco histórico de Cuzco es de tal belleza que tres o cuatro días no son muchos para caminarla. Desde el mercado de la vieja estación del ferrocarril hasta la Plaza de Armas, pasando por el arco de Santa Clara, o desde el Qorikancha hasta San Blas, montado sobre la ladera este.
También conviene detenerse en uno de los puestos callejeros que venden jugo de naranja en la esquina de Mantara y Ayacucho, y dejarse llevar por los sonidos de la mañana y la pequeña prisa de los lugareños. Por poquito se compra un vaso de jugo recién exprimido, endulzado con miel o con jarabe de algarroba.
El primer sitio que hay que visitar para acercarse a su espíritu y comprender la energía del lugar y la veneración inca de los cusqueños y los pueblos andinos, es el museo de Qorikancha.
En Qorikancha (templo del oro), estaba emplazado el jardín sagrado de los incas. Sobre sus cimientos, donde hay vestigios de piedra negra y lisa, se construyó la iglesia y el convento de Santo Domingo, pero es en el museo del subsuelo donde se conservan valiosos restos y el sentido de aquella civilización. Es conveniente recorrerlo con guías, que suelen ser estudiantes universitarios, para comprender el sentido de los objetos que jalonan el desarrollo de una cultura.
Al salir del Qorikancha se siente mucha pena al comprender la magnitud de la destrucción española sobre una cultura rica, vital, inteligente, desarrollada y particular.
Pero también los españoles dejaron su marca en Cuzco, donde las iglesias, y más aún los altares, son imponentes.
Sobre la Plaza de Armas se alza San Ignacio y la catedral, este último, el templo religioso más importante de los 26 que hay en Cuzco, que comenzó a construirse en 1536 y finalizó en 1733.
Es un complejo arquitectónico formado por tres construcciones diferenciadas, donde descansan los restos del cronista colonial mestizo Garcilaso de la Vega, hijo del conquistador español Sebastián Garcilaso de la Vega y Vargas y de la princesa inca Isabel Chimpo Ocllo, que nació allí en 1539.
Las iglesias de San Francisco, La Merced, Santo Domingo y Santa Clara también merecen ser visitadas.
Una vista imperdible es la de San Blas. Partiendo de la Plaza de Armas se asciende hasta ese barrio por estrechas callejuelas de piedra, donde están los mejores negocios de artesanías, tejidos, objetos incaicos y arte religioso hispánico.
El barrio de San Blas es uno de los más bellos de la ciudad y alojarse en él no es mala idea. Es preciso caminar de noche por sus empinadas calles, más allá de la iglesia, y detenerse en algún murallón para contemplar la belleza del Cuzco antiguo, sobre la hondonada del valle, resplandeciente con sus luces nocturnas.
El Valle Sagrado, que se extiende desde el Cuzco y llega a Machu Picchu en un extremo y a Pikillacta en el otro, puede ser recorrido de muchas maneras y por diferentes caminos.
Y en Pisaq no hay que perderse los preparativos de la feria dominical que se realiza en la plaza central, a la que llegan las cholas trayendo de todo desde los cerros. En esa feria se venden desde papas, picantes y condimentos hasta tintes para telas, sandías, melones y bananas, sin olvidar las comidas, los tejidos y las artesanías.
A las ruinas de Pisaq se puede ir en taxi, siguiendo las orillas del río Urubamba hasta Pikillaqta y Tipoy, dos ruinas imponentes. La primera más antigua y rústica, y la segunda de traza singular, con una acequia y un sistema de riego inteligente.
Más cerca de Cuzco, tanto que se puede ir en colectivos del servicio regular, se encuentran la deslumbrante Saqsaywaman y Q'enqo. Después tomar el tren que se interna en los Andes, siguiendo el curso del Urubamba, y llegar a Aguas Calientes. Y desde allí a la fascinante, única y secreta ciudad de Macchu Pichu.



Los imponentes templos de la misión evangelizadora.
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El Valle Sagrado, camino a Machu Picchu.
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