Año CXXXVI
 Nº 49.776
Rosario,
domingo  09 de
marzo de 2003
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Análisis: La insoportable campaña del desierto

Mauricio Maronna / La Capital

Si algo hubiese cambiado en la política tras lo que falsamente pareció un punto de inflexión en diciembre del 2001, Luis Barrionuevo estaría hoy a punto de ir a la cárcel, la mayoría de los candidatos presidenciales no formaría parte de la grilla y nadie se atrevería a aparecer en los medios sin tener una idea fuerza que les asegure a los electores un horizonte previsible. Pero en el país de los ciegos, los tuertos saben que tienen la chance de ser módicos reyes.
"La salud de las democracias depende de un mísero detalle técnico: el procedimiento electoral. Si el régimen de comicios es acertado todo va bien; si no todo va mal", escribió José Ortega y Gasset en "La rebelión de las masas". Aunque el filósofo español estampó su frase allá lejos y hace tiempo sin pensar siquiera en la Argentina, el país se encamina hacia una elección encerrada en un huevo de serpiente, con la mayoría de los ciudadanos ajenos a los movimientos de las distintas facciones y engrosando el número del "no sabe/no contesta" o "no voto a ninguno".
La inédita situación que atraviesa al otrora movimiento nacional organizado evita adjetivaciones: créase o no, quienes ingresen al cuarto oscuro no encontrarán ni una sola boleta con el logo PJ. Como se escribió hace meses, los muertos políticos que Eduardo Duhalde creía haber aplastado con su decisión de evitar las internas gozan hoy de relativa buena salud. El régimen de comicios lucubrado en el laboratorio de Olivos atomiza por cuatro el voto "no menemista" con chances de imponerse en los comicios (Néstor Kirchner, Adolfo Rodríguez Saá, Elisa Carrió y Ricardo López Murphy) y amalgama las voluntades que siguen creyendo que con Carlos Menem estaban mejor.
Frente a los desvaríos del peronismo y el suicidio de la UCR, el 27 de abril debería ser una fecha fértil para los partidos alternativos, que se la han pasado criticando el "bipartidismo corrupto" y las "adhesiones al modelo". Con el viento de cola que llega desde Brasil y Ecuador, la progresía vernácula tiene las condiciones objetivas que tanto añoró para cambiar la historia.
Pero un rápido mapeo por el estado de las cosas en la izquierda tradicional demuestra que lejos está de haber aprendido la lección. El divisionismo, el consignismo y la iconografía berreta siguen siendo denominadores comunes. La esperanza que parecía encarnar (al menos desde lo ético) Luis Zamora se desplomó como el Discovery.
La centroizquierda tiene en Elisa Carrió a la intelectual más brillante del político promedio, pero sus sinuosidades y la falta de estructuras hacen presagiar que un gobierno suyo duraría menos que el torneo Clausura de fútbol.
La centroderecha padece un mal parecido al de Lilita: Ricardo López Murphy es quien hoy traduce más claramente lo que debería hacer un futuro presidente, pero por debajo aparecen las peleas de los partidos integrantes de la alianza por los fondos de campaña y la ausencia casi absoluta de renovación dirigencial. Referentes santafesinos del Movimiento Recrear Argentina confesaron a La Capital que la idea de nominar al ex sushi delarruista Hernán Lombardi como candidato a gobernador bonaerense, para ganar votos radicales, parece obra de un novato en política y no de quien pretende erigirse en estadista.
El absurdo también queda patentizado en el intento de diferenciación: si el dato central es la ausencia de propuestas, aparece Rodríguez Saá vociferando nada menos que 125 iniciativas, la mayoría destinada a convertirse en papel mojado.
Mientras el reloj electoral se acerca a la hora señalada, los candidatos han vuelto al juego que más les gusta, pero que espanta a quienes buscan un mínimo de sensatez: creer que a los gritos podrán convencer a otros que no sean los ya convencidos. A casi quince meses de la revolución de las cacerolas, la reforma institucional duerme el sueño de los justos, las caras son las mismas de siempre, la austeridad brilla por su ausencia, y las listas sábana siguen firmes como un granadero.
Si alguien dudaba de que la vieja política seguía en pie, las dos únicas elecciones a gobernador que se realizaron luego del diciembre negro lo habrán vuelto a la realidad. El caudillo Carlos Juárez se dio el lujo de echar al gobernador electo en Santiago del Estero y poner a su esposa como mandamás. El inefable Barrionuevo y el feudalismo del Frente Cívico (con doce años en el poder) marcaron otro hito: impedir el derecho a voto de los catamarqueños. Un aperitivo altamente riesgoso de cara a las presidenciales, donde las denuncias de fraude podrían multiplicarse como hongos después de la lluvia. Y si no que lo expliquen los radicales, protagonistas de una escandalosa compulsa interna.
La Argentina que viene tiene una agenda que no admite improvisados, autoritarios ni irresponsables. Volver a insertar al país en el mundo civilizado, afrontar el pago de casi 10.000 millones de dólares en el 2004 a los organismos internacionales, reducir los dramáticos índices de pobreza y volver a construir un Estado normal es algo demasiado serio como para dejarlo sólo en manos de quien gane la elección.
Sin consensos amplios, sentido común, recambio dirigencial y mucho sudor y lágrimas no habrá salida del laberinto. El fin de la crisis sólo será posible con más y mejor política, y no con discursos demagógicos que huelen a viejo.
Cuando no se logra el consenso, lo que viene es el espanto. Y no hay margen para salir indemne de esa última opción.


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