Año CXXXVI
 Nº 49.703
Rosario,
jueves  26 de
diciembre de 2002
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Punto de vista: Las mieles de un instante soñado

Pedro Squillaci / La Capital

Hay un momento en que se decide apostar. Es un instante. Uno mete la mano en el bolsillo (después de que tantos otros lo hicieron sin pedir permiso), y atropella la boletería. Es que en un día y horario ese artista preferido llega a mostrar lo suyo. Y uno siente ese deseo de verlo, de tenerlo ahí, ver cómo canta, cómo se equivoca, qué nueva versión hace de aquel viejo tema. Todo. Esa es la apuesta. Pagar una entrada para ver lo máximo posible de un artista. Cuando uno recibe toda la adrenalina sobre el escenario sale del teatro chocho, y siente que ganó. Cuando eso no ocurre sale decepcionado, y le parece que le robaron el dinero de la entrada. Como sea, esos pequeños momentos, son irrepetibles e intransferibles. Algo así como un oasis en un desierto cargado de rutina, horarios, papeles, hijos que lloran en la madrugada, y una vida con más ruidos que sonidos.
"Queremos que la gente entre en un paréntesis, que se meta en un tiempo del arte y olvide el tiempo real", me dijo Juanjo Cura, a modo de anticipo de la Misa Criolla que se hizo ayer en Villa Hortensia. Y pasa así. La gente está entregada al artista cuando concurre a un show. Es más, a veces el recital se suspende y nadie se mueve de su lugar. Como pasó días atrás en Arequito, cuando Soledad iba a actuar para sus fans en el clásico encuentro anual. Usted pensará que los fans no tienen límites. Pero hay otra lectura. Ellos representan, de modo exacerbado a veces, la pasión sin tapujos hacia quien admiran. Aquélla vez en la localidad santafesina, los fans lograron su objetivo: la Sole cantó a capella cinco temas, sin músicos, sin un escenario adecuado, sin luces, pero con su integridad y su vergüenza.
Sobre fin de año hubo tres shows en el anfiteatro que marcaron que esos pequeños momentos de felicidad a veces son posibles. Por ejemplo, con las tres horas de rock y energía de Divididos o con un espectáculo prolijo e impecable como el de Alejandro Lerner. Charly, el más grande, faltó a la cita.
Pero los pequeños momentos de arte siempre pueden aparecer. Se abre el telón, surge una melodía en el aire, los ojos se encienden, las manos transpiran y el corazón bombea más rápido. "Nada más preciado para mí", cantaba Fito. Y sí, nada más preciado.


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