Año 49.651
 Nº CXXXV
Rosario,
domingo  03 de
noviembre de 2002
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El viaje del lector
Los Andes: Aventuras en las alturas

Cruzar la cordillera de los Andes junto a nuestros dos hijos pequeños y dos amigas, fue una experiencia maravillosa, que al día de hoy recordamos como algo inolvidable. El día previo a esta aventura, -que se avizoraba como resonante a un cruce triunfal sanmartiniano, para el cual habíamos preparado nuestra capacidad de expectativa e ilusiones-, llegamos a la ciudad de Mendoza, la que recorrimos rápidamente porque pensábamos estar en ella de regreso del país vecino.
El día esperado nos levantamos muy temprano, porque así nos lo habían recomendado en la oficina de turismo, para no demorarnos en los trámites de migraciones y aduana. Con los primeros albores, la media docena de mentes alborozadas y docena de ojos ávidos de paisaje estaba en marcha en nuestro pequeño automóvil rumbo a la gran mole de piedra, dispuestos a no dar tregua a las empinadas cuestas que nos fue presentando la ruta internacional Nº 7 para llegar a más de 4.000 metros de altitud en la ruta.
Los primeros rayos de un sol tibio se colaban entre los árboles y la cantidad de frutales de Chacras de Coria. Inmediatamente se nos apareció un fiel compañero, el río Mendoza, que nos acompañó casi todo el camino y también se sumó a la tarea de maravillarnos.
Pasamos por una pequeña población dividida por el río y vinculada por un singular puente colgante: Cacheuta. Allí, a 1.200 metros sobre el nivel del mar, sus aguas termales son de fama mundial.

Valle Potrerillos
Hicimos un pequeño alto en un pintoresco valle, Potrerillos, un verdadero oasis natural con muy buenos hoteles y un espléndido microclima. Luego arribamos a Uspallata, donde los siempre vigilantes álamos nos aguardaban para darnos un reparo, mientras hicimos los trámites migratorios y repusimos el agua caliente para el mate.
Con el espíritu imbuido de gesta libertadora, nos detuvimos a la derecha de la ruta, donde un pequeño cartel nos indicaba que pocos metros adentro se hallan los restos de un puentecito colonial sobre el río Picheuta, donde desfilaron una de las alas de los soldados de la histórica epopeya. Kilómetros más adelante ya estábamos en Polvaredas, cuyo nombre se debe al intenso polvo que levantan las corrientes encontradas de vientos.

Punta de Vacas
Más adelante surgió Punta de Vacas, pequeña localidad desde donde pudimos observar la majestuosidad del volcán Tupungato, de 5.800 metros de altitud. A la izquierda de la ruta llama la atención una sucesión de rocas enfiladas que asemeja una procesión de monjes, de donde deriva el nombre Penitentes.
Nuestra respiración y oídos daban certeras señales de estar en las alturas, pero más alto aún estaban nuestras almas y la alegría que estábamos viviendo.
¡Llegamos a Puente del Inca! Con cuidado recorrimos el puente natural y visitamos las antiquísimas instalaciones de lo que fueran los baños termales del viejo hotel, paisaje hoy totalmente azufrado, con esa coloración ocre tan característica y ese olor penetrante que también impregna profundamente mi evocación.
Inmediatamente proseguimos el viaje y nos adentramos en el Parque Provincial Aconcagua. El gigante de piedra se nos recortó con su silueta cubierta de blanco ante nuestros ojos maravillados. Las mediciones dan cuenta de 6.959 metros de altitud, aunque en otros registros la cifra es de 7.014 metros. De todos modos la diferencia no le quita su imponencia y el simbólico respeto por su presencia eterna presidiendo la espina dorsal del continente.

Las Cuevas
Continuando el recorrido llegamos a la pintoresca villa fronteriza de Las Cuevas, última población argentina erigida a 3.151 metros sobre el nivel del mar. Observamos pequeñas construcciones de estilo nórdico, donde vive el personal del destacamento de Gendarmería y de Vialidad. Seguimos un poquito más y por fin nos adentramos en el gran túnel internacional. Ya estábamos en territorio chileno. Traspasamos el complejo aduanero Los Libertadores,. Los controles fueron sumamente estrictos y no olvidamos que tuvimos que comernos las bananas que llevábamos para poder continuar nuestro viaje.
Atravesamos localidades con ese típico estilo chileno: casas de madera, veredas angostas, muchos árboles, cantidad de bicicletas y automóviles de modelos antiguos estacionados en algunas pocas casas o negocios. Se sucedieron Los Andes, San Felipe, Panquehue, Llayllay, Hijuelas, Quillota, Limache, y ya casi estábamos en nuestro destino de fin de viaje, Viña del Mar.
Inmediatamente inmersos en esa hermosísima ciudad, no paramos nuestro rumbo hasta hallar la avenida costanera y sumergirnos en la vastedad del océano Pacífico. Nos dejamos salpicar por la copiosa y salada espuma de la cresta de las olas, cuya fuerza provocan choques entre las rocas.
Nuestro amigo de viaje, el sol, nos había preparado el regalo de verlo dormirse entre las aguas plomizas del Pacífico.
Liliana Morre de Masía



Los baqueanos están encargados de guiar las cabalgatas.
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