Año CXXXV
 Nº 49.650
Rosario,
sábado  02 de
noviembre de 2002
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Editorial
La integración como meta

Uno de los parámetros más adecuados a la hora de definir los niveles de madurez y solidaridad de una sociedad es el modo en que trata a sus discapacitados. Y en tal sentido, los rosarinos tienen motivos para experimentar orgullo: la ciudad proporciona inequívocas muestras de que aquellas personas con capacidades diferentes encuentran modos productivos de integrarse al conjunto. No pocas iniciativas dan testimonio de esta saludable tendencia: entre ellas, merece citarse la incorporación de treinta discapacitados al plantel de personal que se encarga del mantenimiento del parque Urquiza, de características únicas en el país. Y también, a modo de ejemplo, la inserción de personas con cualidades especiales en un reconocido grupo de arte contemporáneo donde aprenden danza y con el cual se han presentado en el Congreso de la Nación, en el teatro El Círculo y en un festival realizado en España, según dio cuenta en su edición del pasado miércoles el suplemento Salud de La Capital.
Se trata de valiosos emprendimientos, que permiten arribar a conclusiones consoladoras en el marco de la crisis y que ilustran adecuadamente sobre los valores éticos que cobija la sociedad rosarina. Como contrapartida, debe recordarse el reclamo que oportunamente realizara la Asociación Mutual de Familiares y Amigos del Discapacitado e Incapacitado (Amufadi) sobre el incumplimiento de una ordenanza -sancionada hace casi dos décadas- que obliga a adaptar los colectivos del transporte urbano de pasajeros para que se facilite el acceso de personas en sillas de ruedas. Según explicaron, las modificaciones no implicarían una inversión importante de dinero: la altura del piso de los ómnibus se mantendría, pero la puerta de acceso se ensancharía hasta llegar a un metro y se colocaría una rampa que llegue hasta el cordón. También se deberían eliminar las dos primeras butacas de la fila de un asiento para destinar ese espacio a las sillas de ruedas.
Ciertamente el momento económico actual no parece ser el más oportuno para realizar gastos, aunque en este caso se está aludiendo a una cuestión humanitaria trascendente. Es que a un discapacitado motriz no le resulta sencillo salir de su casa. Por ende, habría que poner toda la buena voluntad que el caso amerita y buscar, con imaginación, los recursos necesarios.
La ciudad debe convertirse en un espacio hospitalario para los discapacitados. La construcción de rampas es otra deuda pendiente, que podría saldarse con un esfuerzo mínimo. La integración debe ser la meta, y toda medida que a ella contribuya merece ser priorizada.


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