Año CXXXV
 Nº 49.644
Rosario,
domingo  27 de
octubre de 2002
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Carhué: Aire, agua, sol y sal
La localidad bonaerense ofrece el lago termal Epecuén y los balnearios El Cristo y La Isla

Con la aproximación del verano, la ciudad bonaerense de Carhué -perteneciente al departamento Adolfo Alsina de la provincia de Buenos Aires- ofrece como principal atractivo el lago termal Epecuén. Sus aguas de alta concentración salina son frescas, aptas para el verano, y cuentan con propiedades curativas. Entre otras indicaciones, son aconsejadas para compensar el estrés, las depresiones, las afecciones reumáticas y las enfermedades dermatológicas. La propuesta integra el programa Viva las Termas, de promoción turística de la provincia de Buenos Aires.
Las aguas saladas, cuyos componentes químicos son cloruros, sulfatos, ioduros, bromuros y azufre, se pueden disfrutar en los balnearios El Cristo (su nombre se debe a que esta figura permaneció en el lugar luego de la inundación que sucedió en 1985) y La Isla. Este último está ubicado en el centro del lago, dispone de confiterías, paradores y un piletón para los más chicos. Se accede a través del terraplén que bordea el lago, y desemboca en un camino que dirige al complejo.

Aguas saladas
La saturación de sales concentradas en sus aguas potencia el principio de la fuerza de empuje y el fenómeno de flotación, por el cual el cuerpo sumergido tiende a flotar naturalmente sin ayuda ni apoyo. Esto permite trabajar con articulaciones sin carga y aplicar una técnica tendiente a curar, paliar o rehabilitar afecciones.
La ciudad de Carhué cuenta con un centro hidrotermal y hoteles con baños dotados de profesionales médicos, kinesiólogos, termalistas, para brindar una especializada atención.
Los nativos de Carhué están orgullosos de las aguas "supermarinas" de su lago, que superan varias veces la salinidad del mar, y juran por todos los santos, pero en especial por su patrona, Nuestra Señora de los Desamparados, que tienen la receta para recuperar la vitalidad y la juventud: aire, sol y sal.

Paseos originales
Otra de las propuestas de Carhué es la visita a La Chacra Vieja, una reserva natural y criadero de ciervos donde sus dueños, Juan y Alicia Uribe Echeverría, reciben cordialmente a los visitantes y comparten con ellos un día en la finca pampeana.
Juan y Alicia comenzaron esa tarea en 1975 y cuentan cuáles son los métodos de crianza que aprendieron en Nueva Zelanda y que aplican en sus 160 ejemplares de ciervos dama. Allí el viajero se encuentra con llamas, chivos y burros, y también con mulas, cerdos, caballos y ovejas, además de vacas y gallinas batarazas.
En el camping La Chacra, un predio de 50 hectáreas arboladas desde el que se escucha el murmullo del cercano río Pigüé, y Rivera, un pueblito fundado en 1904 por familias judías.
También resulta interesante visitar el Monasterio de las Hermanas Clarisas y uno de los resabios de la época dorada: el hipódromo y su larga pista de arena.
La historia cuenta que a fines del siglo XIX Argentina tenía dos fronteras: la exterior, todavía incierta, y la interior mucho más definida, porque de un lado estaban los territorios que dominaban los indios y del otro, los hombres blancos. No era extraño que ambos buscaran puntos estratégicos para dominar la región. Y uno de esos sitios, a los que el ministro Adolfo Alsina le había echado el ojo, era la zona de Carhué. Pero de eso ya se había dado cuenta Cafulcurá, el gran soberano de las pampas.
Todos sabían que por allí pasaba la comunicación más directa entre Buenos Aires y La Pampa, y los registros de época dicen que Carhué era como el cuello de un reloj de arena, que desde la pampa dejaba pasar al indio y desde Buenos Aires la hacienda robada.
Luego de muchos encontronazos las tropas blancas ocuparon el lugar el 23 de abril de 1876, dejando atrás las últimas palabras del cacique Cafulcurá a sus hijos: "Carhué, Carhué, no abandonar jamás Carhué al huinca".
Aquellos hombres que peleaban por tierras sagradas no sabían que en sus entrañas había otro tesoro: las curativas aguas termales; esas aguas milagrosas que convirtieron a Carhué, en las primeras décadas del siglo pasado, en el destino elegante del invierno.
La sociedad vernácula se daba cita en los mejores hoteles, que exigían, para las veladas nocturnas, señores vestidos con trajes de etiqueta y señoras con elegantes atuendos largos.
Con el tiempo nació Villa Lago Epecuén, y ya lejos de aquellos viejos esplendores, Carhué y la nueva villa se abrieron a un turismo masivo. Pero Epecuén estaba a orillas del lago que era el final del sistema de las lagunas encadenadas, un raro fenómeno que el planeta tierra se permite muy pocas veces.
Las aguas de las inundaciones, transportadas de un cauce hacia el otro, no encontraron salida y se quedaron para siempre. Epecuén quedó cubierta, como una pequeña Atlántida, en 1985. Para los turistas, que no saben lo profundo de aquel dolor, navegar por arriba de la ciudad sumergida es un paseo, una rara experiencia.



El inicio del verano hace que el clima sea muy satifactorio.
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