Año CXXXV
 Nº 49.517
Rosario,
sábado  22 de
junio de 2002
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"No vendemos mucho pero nadie se queda sin una buena charla"
Coqui y Amanda, dueñas de la librería más vieja de Rosario
Fundado en 1906, por el negocio de calle Sarmiento pasó buena parte de la intelectualidad local

Fernando Toloza y Valeria Krupick / La Capital

La librería Americana abrió sus puertas en 1906. Alfonso Longo comenzó vendiendo libros en la calle con un carro y después de trabajar para la papelería Belucha, de su cuñado, se independizó y abrió junto a un socio su propio local, que también era imprenta. En 1908 el negocio se mudó a su actual dirección, Sarmiento 1173, y es hoy la librería más antigua de la ciudad. Negocio de familia, es atendido por Amalia Coqui Longo, hija de Alfonso, y Amanda de Longo, nuera del fundador.
Aunque se llama Americana, nadie conoce al gigantesco local de la calle Sarmiento por ese nombre, para todo el mundo es la librería Longo, un sitio donde siempre se puede encontrar alguna rareza bibliográfica y por donde han pasado aspirantes a artistas de Rosario, historiadores, periodistas y algunos otros curiosos.
-¿Cómo empezó Alfonso Longo su librería?
Coqui: Mi papá empezó vendiendo libros por la calle con un carrito. Después fue empleado de librería Belucha, que era de un tío mío al que no le gustaba la Argentina. Cuando él se volvió a Sicilia, mi papá arrancó con la librería, en el local de enfrente, por el año 1906. En 1908 abrieron este local, en la sociedad Longo y Argento. Tenían librería, papelería e imprenta. Me acuerdo que hacíamos secantes y cuadernos que se llamaban "El estudiante".
-¿Cómo era Alfonso Longo, el fundador de la librería?
Coqui: Era bastante hipocondríaco. Una vez mi hermano Domingo y Amanda se iban a ir de vacaciones y les dijo que si lo dejaban solo, él se internaba. Por suerte mi mamá lo retó y ellos se pudieron ir, y mi papá se quedó conmigo, pero todavía no me tenía mucha confianza para atender.
Amanda: Siempre se sintió enfermo. Para él trabajar con su hijo era sentirse amparado.
-¿Desde cuándo están ustedes en la librería?
Coqui: Desde que nací estoy en la librería. Nací en la casa de arriba, así que sólo tenía que bajar la escalera. Me recibí de maestra pero nunca ejercí y empecé a atender en la librería de a poco, pero me dediqué por completo desde la muerte de mi padre, hace más de 30 años.
Amanda: Yo empecé cuando me quedé viuda, hace 24 años. Antes no había hecho nada (risas). De soltera trabajé con mi padre, que tenía una empresa de construcción. Cuando me recibí de perito mercantil me ofrecieron un puesto en el banco de la provincia, y me acuerdo lo que me dijo mi padre: "Amanda, ¿no te da vergüenza ir a trabajar con todos los hombres?". Y, por supuesto, me convenció y seguí con él, sin hacer nada.
-¿Con quién competían?
Coqui: Con nadie, porque no había librerías como ésta. De lo que me acuerdo es que mi papá se peleaba todo el tiempo con Arnoldo Ross. Eran grandes amigos, pero se "agarraban" por cualquier cosa. Quizá también hayamos compartido público con Ameghino, que al principio estaba en esta cuadra. Hoy no vendemos mucho, nos alcanza para sobrevivir, como a todos, pero aquí nadie se queda sin una buena charla.
-¿Por qué se llama Librería Americana?
Coqui: No sé. Es uno de los tantos misterios que tiene esta librería. Otro de esos misterios es el diario que publicaba mi papá cuando tenía la editorial. Se llamaba "La calandria" y nunca vi un ejemplar. ¿Cómo es posible que no hayan guardado ningún ejemplar? Creo que lo mismo pasa con el nombre. Ni siquiera Wladimir Mikielevich, que juntaba todo lo que se publicaba, tenía un ejemplar de "La calandria". Y estoy segura de que me decía la verdad porque para mí era como un segundo padre.
-¿Cómo era la relación con Mikielevich?
Coqui: Lo conocía de toda la vida porque siempre estaba acá en la librería, incluso cuando trabaja en la sección Catastro de la Municipalidad, que estaba donde hoy está Aguas Provinciales. Me acuerdo que venía y le decía a mi papá: "Don Longo, necesito una mucama", y mi papá le contestaba: "La nena puede ir a ayudarle". Me daba cuenta de que me estaban "cachando", pero no me podía contener y ellos seguían diciendo que sólo me darían franco los jueves y que la paga iba a ser un par de chocolatines.
-En casi cien años, ¿la librería estuvo cerrada alguna vez?
Amanda: Nunca, ni para las vacaciones. Ni siquiera cuando mi suegro viajaba a Europa para comprar material.
Coqui: En realidad, sí estuvo cerrada una vez, cuando a mi papá lo metieron preso por vender libros de literatura erótica. Eran novelas que hoy serían más ingenuas que Caperucita Roja. Alguien lo denunció y vinieron de Moralidad Pública y nos cerraron. Pero mi papá no se dio por vencido y volvió a venderlas. Eran cosas que tenían títulos como "Fanny, una mujer ardiente. Una novela histórica de libertinaje". Otra vez lo llevaron a mi hermano Domingo (el esposo de Amanda), porque mi papá estaba operado. Esto pasó en los años 40.
-¿En qué cambió la calle Sarmiento?
Amanda: Antes era mano para el centro y el tranvía pasaba pegadito a la vereda. Me acuerdo que cuando me casé y vine a vivir acá desde Las Rosas no podía dormir por el ruido.
Coqui: Había un movimiento de gente impresionante. La construcción de la peatonal San Martín nos quitó mucho público. Cuando en el verano pasado se quemó Tapiplast (San Juan y San Martín), toda la gente que no podía pasar por San Martín volvió a pasar por Sarmiento y fue como en los buenos días.
Amanda: Esta calle tenía tanto movimiento que habíamos formado la sociedad de "Amigos de la calle Sarmiento", que abarcaba desde Pellegrini hasta Catamarca.



Amanda y Coqui Longo son cuñadas y dirigen la librería. (Foto: Silvina Salinas)
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