Año CXXXV
 Nº 49.358
Rosario,
domingo  13 de
enero de 2002
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Análisis: Argentina, del corralito al laberinto
La crisis, el clientelismo y la corruptela dividieron dramáticamente a los políticos de la sociedad civil

Mauricio Maronna

"Los argentinos siempre se quejan y dicen que están en la peor de las crisis, pero nunca terminan de tocar fondo", le descerrajó hace varios años atrás una periodista española a Jorge Luis Borges. El célebre escritor jugó con una de las puntas de su bastón entre las manos y despachó una respuesta irrefutable: "Sabe qué pasa, a los argentinos nos robaron hasta el fondo". Aquella parábola borgeana es hoy una pintura fresca de la Argentina, atenazada por la ineptitud de la clase dirigente, el suicida aroma a anarquía que se apodera noche a noche de las calles y la pérdida de paciencia de la sociedad. Más que en un corralito, la Argentina está en un laberinto.
"No sé a quién quiero, pero lo quiero ya", parece ser la consigna de una clase media enclaustrada en el corralón, que pide ingenuamente a gritos que se vayan "todos" los políticos, sin saber que una convocatoria inminente a elecciones no hará florecer a los nuevos dirigentes como hongos después del vendaval.

Oíd mortales
Se ha escrito hasta el hartazgo, y desde mucho antes del desenlace frenético del caos institucional, que la clase política argentina tenía un dilema urgente por resolver: o cambiaba o se moría. Nadie escuchó, hasta que sonaron las cacerolas.
La debilidad del gobierno de Eduardo Duhalde se lee desde su propia composición: casi todos los funcionarios de la primera línea pertenecen a la provincia de Buenos Aires. Solamente Carlos Reutemann le dio algo de aire al gabinete con la presencia de Oscar Lamberto en Hacienda y Miguel Paulón en Agricultura. ¿La falta de participación del resto de las provincias obedece a una visión reduccionista de Duhalde? ¿O se trata de otro gesto de ceguera política de los gobernadores que siguen sin comprender que la caída del presidente daría por tierra con la aspiración del PJ de seguir gobernando por décadas el país? \Aunque suene crudo, alguien deberá blanquearles la realidad a los argentinos: el país que se creía la Europa de América latina dejó de existir. El corralito, el corralón, el default, el fracaso estrepitoso de la Alianza, la irresponsable aparición de Adolfo Rodríguez Saá y las 12 millones de personas con problemas de empleo (de las cuales hoy poco se habla) mandaron al país de los "cuatro climas" al último lugar de la fila. Y no hay demasiados motivos para creer que esto cambiará con la demagogia absurda de cantar vítores en una Asamblea Legislativa por la suspensión del pago de la deuda externa ni con planes económicos que huelen a viejo ni con políticos que lucen oxidados y anclados en otra época.
La política, al fin de cuentas, es el arte de lo posible y, en ese marco, de lo que ahora se trata es de negociar de la mejor manera posible, aunque con un marco de autonomía. Algo que fueron incapaces de poner sobre la mesa Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Fernando de la Rúa.
Tantos años de dispendio, corruptelas, clientelismo y acomodo de familiares en los tres poderes del Estado, mientras la inmensa mayoría de la población derrumbaba su lógica expectativa de ascenso social, culminó de manera previsible. Solamente un grupo de miopes no lo pudo ver. Hoy, la mayoría de los políticos, jueces, empresarios prebendarios y sindicalistas no pueden tomar ni un café en lugares públicos a riesgo de quedar a tiro de cacerolazo, escraches e insultos.
La Argentina es un avión que cae en picada con todas las alarmas encendidas y con la tripulación en estado desesperante. La tarea de conducir a la nave en medio de semejante naufragio es una misión imposible para un solo piloto, por más apto que resulte. Dejar en soledad a Duhalde conduce inexorablemente a la destrucción de la República, y, Jim Morrison dixit, nadie sale vivo de aquí. Si los políticos no transparentan la situación con más y mejor política, la gente los sacará por el espanto.

El desastre radical
Está claro que pedirle soluciones milagrosas al PJ, al que la ineptitud aliancista le tiró por la cabeza el gobierno de un país fundido, anárquico y en llamas sólo puede caber en la idea de dirigentes irresponsables o fuera de sintonía. ¿O Carlos Menem está en condiciones de ser el Robespierre de la Argentina, señalando a los que tienen que ser guillotinados? \Si de los laberintos se sale por arriba, del caos argentino se emerge solamente con sentido común, transparencia, renovación dirigencial y capacidad de gestión. Los ingredientes que faltaron hasta ahora, y por cuya ausencia el país quedó convertido en un coctel explosivo.



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