Año CXXXV
 Nº 49.327
Rosario,
martes  11 de
diciembre de 2001
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Reflexiones
Globalicemos la compasión

Ariel Dorfman (*)

En estos tiempos de miedo y fuego y confusión, cuando el lenguaje de las bombas parece haber reemplazado el diálogo entre los pueblos, me atrevo a ver una triste forma de la esperanza, una posible superación de las fronteras de la incomunicación, en la oscura neblina de fotos que ha venido cubriendo las calles de Nueva York durante los últimos tres meses. Que los ciudadanos de la ciudad más próspera del mundo, ante la instántanea y violenta desaparición de sus amigos y parientes, hayan espontáneamente recurrido a los mismos métodos de memoria y desafío que han estado utilizando hace más de veinticinco años miles y miles de habitantes de las regiones remotas y empobrecidas del planeta para enfrentar a las dictaduras que les niegan información sobre el destino final de sus esposos y padres y amantes detenidos, resulta ser, para mí, un extraordinario reconocimiento de nuestra común humanidad.
Estoy consciente de la distancia que separa a los cadáveres incinerados sin dejar huella ni rastro en las Torres Gemelas de Nueva York de los desaparecidos políticos del resto del mundo, y no quisiera, por lo tanto, exagerar el parecido entre estas tragedias divergentes. En los Estados Unidos, después de todo, no es el gobierno el que ha secuestrado y escondido los cuerpos supuestamente muertos ni tampoco se burla de los familiares que buscan explicaciones y certidumbre. Existen, sin embargo, otras conexiones y paralelos, que podrían ser cruciales: los ciudadanos de la sociedad más modernizada del globo están asomados hoy, de una manera que hubiese sido inconcebible antes del 11 de septiembre del 2001, al abismo de la experiencia de víctimas lejanas, víctimas hasta ahora inaccesibles. ¿Cómo no van a comprender, ahora que saben lo que significa que de pronto miles de personas se evaporen, se hagan aire y nada, sin despojos que prueben o desprueben la muerte o la vida, cómo no van sentirse más próximos a una mujer anciana que conozco en Chile que todavía despierta a la medianoche, todavía hoy despierta y cree escuchar los pasos de su marido, aunque sepa que han pasado ya veintisiete años desde que lo vinieron a buscar y que sería mejor que no retornara, quién podría querer que durante todos esos años lo estuviesen torturando en alguna celda secreta? ¿Cómo no van a empatizar, ahora que ellos también pasean sus fotos en forma pública buscando un destello de certidumbre, esperando hallar en las palabras de algún extraño el definitivo testimonio de los momentos terminales de su amado, cómo sus corazones no van a vislumbrar lo que sienten las Abuelas de la Plaza de Mayo de Argentina, que no cejan en su búsqueda de los descendientes desconocidos que nacieron en el cautiverio y que fueron adoptados por familias militares estériles, esas abuelas que quieren ver en los ojos de sus nietos un penúltimo mensaje enviado por una madre asesinada, un padre perdido.
Y en la medida de que la operación de rescate en las ruinas humeantes del World Trade Center fue volviéndose infructuosa, extinguiendo la expectación de un milagro, ¿cómo los sobrevivientes no van a compartir el duelo de las familias de los desaparecidos de otras tierras, como en... sí, en efecto, como en Afganistán, las familias que tardan décadas en aceptar que su hijo, marido, amante, padre, ya no regresarán con vida?
Pienso que los neoyorquinos están lentamente descubriendo lo que las mujeres de los desaparecidos de Etiopía y Chipre y Cambodia y Brazzaville también han ido entendiendo gradualmente en circunstancias diferentes, que esas fotos múltiples que enlutan la ciudad entera están destinadas a transformarse en el cementerio transitorio donde los vivos y los muertos pueden reunirse, un sitio de la doliente imaginación colectiva, el único disperso monumento inmediatamente viable en los meses por venir para una ciudad que necesita aceptar su conversión en extenso camposanto si ha de seguir con vida, seguir funcionando.
Podría ser, entonces, que estas experiencias fundamentales de muerte y vulnerabilidad entreabran a millones de norteamericanos las puertas de lo que significa la desaparición en vida en todo su pavor, que la angustia y la maravilla de respirar ese aire colmado del oxígeno de los muertos ausentes de Nueva York los ayude a sentirse ligados al profundo sufrimiento de tantos remotos congéneres nuestros, aquellos que, a lo largo y lo ancho de la Tierra, todavía muestran al mundo la foto de sus seres amados con la esperanza de que haya algún tipo de conclusión a su incertidumbre, el alivio de algún entierro definitivo, una salida de la invisibilidad.
Es cierto que sentir el dolor en carne propia jamás ha sido una garantía de que uno sea capaz de proyectarse hacia el dolor ajeno. Demasiadas veces, convertirse en víctima y vivir una insondable tristeza conducen más bien a la indiferencia y al deseo de venganza.
Quisiera creer, no obstante, que una tragedia global como la que hoy está viviendo la humanidad pudiera guiarnos hacia una nueva compasión también global, un proceso de acercamiento e identificación entre los pueblos que ha faltado tanto durante estos meses de terror; sólo puedo puedo esperar que en los años que vienen encontremos el modo de globalizar la comprensión y la ternura con la misma energía y eficiencia que se ha puesto en la globalización de la guerra y la interminable violencia.

(*) Escritor chileno


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