Año CXXXV
 Nº 49.327
Rosario,
martes  11 de
diciembre de 2001
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Editorial
18 años de democracia

En medio de tanta incertidumbre y pesimismo general de la población por el futuro del país, las buenas noticias tienden, a veces, a pasar desapercibidas y a no valorarse en su justa medida. Ayer se cumplieron dieciocho años del regreso a la democracia y del respeto a la ley. Después de haber soportado la población la dictadura militar más cruenta de la historia institucional argentina - que causó la desaparición de miles de personas y la sustracción de menores que hoy aún son buscados por sus familiares- el 10 de diciembre de 1983 un soplo de aire puro invadió a toda la Nación: los gobiernos legítimamente constituidos volvieron a gobernar la República, se reabrieron las cámaras legislativas y se terminó la represión de las ideas.
Pese a todas las imperfecciones, las denuncias de corrupción y los malos gobiernos, la peor administración democrática es preferible a los gobiernos autocráticos que se apoderaron del país sin solución de continuidad desde el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen en 1930. A partir de esa fecha la Argentina vivió 53 años de alternacia entre gobiernos conquistados a punta de pistola, otros alcanzados a través de proscripciones políticas y muy pocos de manera genuina. Fue poco más de medio siglo perdido y el país, lamentablemente, cayó lenta pero firmemente a un estado de situación que hoy pese a casi dos décadas de democracia es difícil remontar.
La democracia, perfectible cada día, es la única posibilidad que tienen los pueblos para progresar y zanjar sus diferencias. Lo otro es la tragedia que vivieron los pueblos de Latinoamérica hasta principios de la década del 90 bajo las botas de las dictaduras, el abismo de las autocracias religiosas fundamentalistas de algunas regiones asiáticas o las tiranías tribales africanas que aún hoy en el siglo XXI avergüenzan a la humanidad.
La Argentina necesita más democracia ininterrumpida por generaciones y generaciones para hacer más ágil su sistema institucional y despojarlo de quienes quieren aprovecharse de él para obtener ventajas particulares.
Hoy sí el país tiene algo que festejar pese a una delicadísima situación económica que amenaza con complicarse aún más. Los errores de uno o varios gobiernos no son justificativos para descalificar a la democracia. Los argentinos no pueden caer en esa trampa coyuntural y deben revalorizar la felicidad de vivir, pese a todos los problemas, en un país libre.


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