Año CXXXV
 Nº 49.303
Rosario,
sábado  17 de
noviembre de 2001
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Editorial
Firmeza, pero con equilibrio

El desarrollo de la dura contienda bélica que se está librando en tierra afgana ha experimentado un vuelco tan brusco como sorpresivo. Es que entre el reconocimiento por parte del alto mando de los aliados de la tenaz resistencia protagonizada por los talibanes y el súbito desmoronamiento del régimen ultrafundamentalista, con la caída de ciudades clave, mediaron apenas escasos días. Y entonces la preocupación por el estancamiento de la ofensiva se transformó, en breves horas, en euforia. Sin embargo, acaso haya llegado el momento de realizar la tan necesaria pausa destinada a la reflexión antes de que el vértigo de los acontecimientos imprima una marca definitiva sobre el futuro inmediato.
Fuera de toda duda, a esta altura, ha quedado la necesidad de ser firmes en la lucha contra el terrorismo y por ende también contra los Estados nacionales que amparan y fomentan esta práctica abominable, más allá de las causas que puedan sustentarla. Pero el caso de Afganistán está investido de notables peculiaridades, por cuanto en esa lejana nación una guerra ha estado siempre seguida por otra guerra. De allí la justificada aprensión de numerosos analistas internacionales frente a la súbita ruptura del frente talibán. La pregunta cuya respuesta persiguen y todavía -pese a su esfuerzo- no consiguen contestar, es cuál será el futuro político del convulsionado país asiático, sometido a las constantes hostilidades entre etnias cuya rivalidad resulta, cuanto menos, ancestral, enfrentadas por motivos raciales, culturales y religiosos.
Y la razón última de la preocupación reinante entre los referentes más lúcidos del campo occidental no es otra que evitar que los amigos del presente se conviertan en los enemigos del futuro. Tal situación se produjo, según es de público conocimiento, nada menos que con el ideólogo de la destrucción de las Torres Gemelas, el tristemente célebre Osama bin Laden. La acción del millonario saudita devenido feroz terrorista fue de gran ayuda para Estados Unidos cuando, en pleno desarrollo de la Guerra Fría, el principal objetivo era derrotar a la Unión Soviética, que había invadido Afganistán; bien sabido es en qué se transformó el aliado ocasional a posteriori. ¿Y ahora? ¿Qué sucederá cuando dentro de un lapso breve -según se presupone- el talibán deje su lugar a otro?
Se necesitará cautela y también equilibrio para evaluar con frialdad el transcurso de los hechos. La solución del problema no es sólo militar. En realidad es esencialmente económica y, sobre todo, política.


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