Año CXXXIV
 Nº 49.244
Rosario,
miércoles  19 de
septiembre de 2001
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La palabra del paciente marca el rumbo en el tratamiento psíquico
A diferencia de las dolencias orgánicas, las causas del sufrimiento anímico se revelan sólo en el discurso

Comencemos describiendo el circuito habitual que se instala a partir del hecho concreto de alguien que sufre determinada patología orgánica. Supongamos que comienza bruscamente con un fuerte dolor abdominal, acompañado de fiebre muy alta. Inmediatamente llamará al servicio de emergencia.
El médico llegará rápidamente al domicilio, y a partir de ciertos signos y síntomas que recabe (examen físico), sospechará, por ejemplo, que el sufrimiento del paciente podría deberse a una "apendicitis". Decidirá trasladarlo urgente a un sanatorio u hospital, para, a partir de determinados estudios de diagnóstico complementarios (radiografía, ecografía, tomografía, resonancia magnética, laboratorio) poder confirmar o descartar su sospecha (diagnóstico).
De confirmarse, se pasará urgente a la tercera etapa (tratamiento), quirúrgica en este caso. El paciente será llevado a un quirófano, donde, tras ser anestesiado y dormido, será operado por un cirujano. Al cabo de unas horas, el paciente se despertará "curado" ya de su apendicitis.
Repasemos qué pasó. Hay un dolor, un llamado a alguien (médico) que "sabe" diagnosticar ese dolor, y que a partir de ese diagnóstico correcto, "sabe" curarlo. Es decir que en la relación médico-paciente hay dos lugares bien definidos: alguien que sufre, y alguien que "sabe" el porqué de ese sufrimiento. Y ese que sufre, para poder curarse, necesariamente tendrá que "hacerse objeto" del médico, primero objeto de estudio, y luego objeto de tratamiento. Su opinión no cuenta demasiado. Para sobrevivir deberá someterse al "saber" médico. Y el médico, gracias a que puede objetivar a su paciente, podrá actuar como corresponde.
Un cirujano, para poder operar, deberá estar entrenado en esta operación inconsciente, que consiste en reducir un sujeto al estatuto de objeto. Es decir que no estará cortando un ser humano, sino tan sólo una pared abdominal, y si debe seccionar algo de la integridad anatómica, de la completud de un cuerpo humano, será seccionar algún órgano enfermo, será simplemente eso, un apéndice, una vesícula, un lóbulo hepático, una parte de algo.
Lo otro, seccionar un ser humano, sería algo insoportable, hasta siniestro, y si no se objetiva al paciente, no habría cirujano que se anime a tal crueldad.
Lo que queda claro es que, en la patología orgánica, un paciente puede curarse incluso mientras duerme en el quirófano. Hay un cirujano que determina un tratamiento, y el paciente que obedece. Ni más ni menos. Así en todas las especialidades.

Sufrimiento psíquico
Ahora, cuando este mismo circuito, esta misma lógica se reproduce ante un sufrimiento psíquico, ante un sufrimiento anímico (depresión, angustia, tristeza, melancolía, ansiedad, insomnio, nerviosismo, trastornos sexuales, anorexia, bulimia) estamos ante un gran problema, porque si bien existen algunas coincidencias con lo planteado para el sufrimiento orgánico (en ambos hay alguien que sufre, que sufre por alguna causa, y que pide ayuda para dejar de sufrir), la situación es completamente diferente. Porque lo que no sabe ese paciente (y lamentablemente muchos colegas), es que el saber sobre porqué sufre, el saber sobre su sufrimiento, lo porta él mismo.
Acá no es el profesional quien sabrá porque estudió muchos años en la Universidad, el porqué de determinado padecimiento, acá no hay resonancia magnética ni dosaje de neurotransmisores que valga, sólo la palabra del paciente develará, portará algo de la verdad de ese sujeto, de la causa de sus síntomas.
Y consulta porque supone que hay alguien (psicólogo, psiquiatra, analista) que sabe el porqué de su sufrimiento, que sabrá qué hacer con su vida miserable, qué sabrá qué decirle para curarlo, que sabrá aconsejarlo. Supone que el saber lo tiene el profesional porque este saber que porta tiene una característica fundamental. Es un saber inconsciente, que no está a mano, a disposición, no es consciente.
El, conscientemente no sabe porqué sufre ni cómo hacer para sufrir menos. Y al ser este saber un saber inconsciente, para conocerlo se necesita de una técnica, de un dispositivo clínico, con dos lugares también. Hay alguien que habla (paciente), y alguien que lo escucha (analista). Esto es lo esencial.
Es justamente de eso de lo que se ocupa el psicoanálisis. Es a partir de este postulado fundamental, de que existe un inconsciente, y no sólo de que existe sino que nos rige, nos determina, nos condiciona en nuestra forma de sufrir, que podremos comenzar a develar algo de su contenido.
Ese saber inconsciente que todos poseemos, se encuentra en estado puro en las formaciones del inconsciente (lapsus, fallidos, ocurrencias espontáneas, sueños), que sólo aparecen en la medida en que hablemos. Así de simple. Es vía la palabra del paciente que podrá emerger a la superficie, a la conciencia, algo de su verdad, algo de la causa de su forma de sufrir, algo de su singularidad, esa singularidad que lo hace único y diferente al resto.
Esas formaciones revelan, dicen del saber inconsciente que nos habita y nos condiciona. Portan algo de ese saber oculto, tan oculto que producirá sorpresa cuando el paciente pueda escucharse en su decir, decir que lo sorprenderá, por ej., diciendo algo que no quería, diciendo algo que se le metió, que se le coló, como que viene de otro lugar (inconsciente), ante lo cual su primera reacción suele ser un "me equivoqué", o "no quise decir eso". Ese decir que se metió sin pedir permiso es material inconsciente puro. Ese decir es el que irá marcando el rumbo del tratamiento.
Ahora, para que alguien hable hace falta de otro que lo escuche. No como un chismoso, ni como un amigo, ni como un padre que podría darle un consejo, que bien que hacen falta en muchas ocasiones. Se trata de otro tipo de escucha, que propicie y capte la emergencia de estas formaciones del inconsciente, y que pueda interrogarlas, ponerlas en juego, que lleven al paciente a producir asociaciones, recuerdos, construcciones, interpretaciones. Que el paciente pueda, a partir de esa autoescucha, avanzar en el significado, en el sentido de su sufrimiento, y esté en condiciones de elegir.
Si el profesional reproduce el circuito del sufrimiento orgánico, estará condenando al paciente a seguir haciendo síntomas, cada vez más ruidosos, para así tal vez poder ser leídos por alguien. Sólo así ceden, una vez que pudieron ser leídos, que pudieron ser retraducidos por el paciente.
Y a ese profesional no le quedará otra que darle consejos desde "su experiencia de vida", desde su "moral", de cómo manejarse, de cómo reaccionar ante determinadas situaciones, hasta de cómo sentir. Y en el peor de los casos, de no mejorar su conducta, apuntará a acallar los síntomas, obviamente que acallando al paciente (para que no hinche, para que esté tranquilo) con la espectacular batería de pastillas a disposición hoy en el mercado.
Porque las consecuencias de pensar al paciente como un sujeto, con una historia personal llena de imágenes y recuerdos, que siente, que sufre, que sueña, que piensa, que elige, que porta un saber, son diametralmente opuestas a pensarlo como un objeto a domesticar, como un cúmulo de neurotransmisores caminando, como un objeto a medicar.
Jack Solzi
Psiquiatra-Psicoanalista



El paciente espera que el médico alivie su sufrimiento.
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