Año CXXXIV
 Nº 49.211
Rosario,
viernes  17 de
agosto de 2001
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Reflexiones
Café

Juan Cruz (*)

Franco rompió la armonía de la palabra, hizo de ella también una amenaza. Si decía que había que dar café a los rojos apresados era porque él mismo ya los había condenado a muerte. "Dales café". El escribiente anotaba el dato, salía a la puerta de príncipes cuartelarios tras la cual el dictador pasaba las tardes más tranquilas y daba la nueva negra a los esbirros: "Café, dénles café". Todos los asesinos tienen una fruta, un alimento o una infusión favorita para explicar el eufemismo que conviene a la muerte de los enemigos. Café. El de Franco era café.
La gloria del café siempre ha tenido altibajos, pero no la pueden tumbar nunca del todo. Kafka decía que despertarse era el momento más arriesgado del día; desconocía el efecto que produce tomar café antes de dejar la cama. No te produce valentía, sino espejismo, por eso te ayuda a dejar atrás la bruma, como si el día fuera a ser feliz. Negro y fuerte, sin azúcar, el café contribuye a traspasar el hielo de la mañana; más largo y lento, te permite entrar en la tarde, y, aunque al final te clava un puñal en el corazón o en el alma, el café es un compañero, compasivo o brutal, un amigo que a cualquier hora hace siempre su oficio, e incluso traiciona, nunca es inocuo.
Ahora vuelve el café a mostrar su alma de compañero de la muerte. Asustado por el pasado de una hazaña terrible, el hombre ex etarra que mató en Euskadi al que le salvó la vida siendo niño recibe, en una sala donde hay café y pastas, a un periodista alemán al que le hace la confidencia del horror de su autobiografía de ingratitud y de muerte. En medio de la conversación sudorosa y brutal, aquel hombre cuya alevosía fue consecuencia de una orden que ya no calma nadie, porque después hubo un muerto, ofrece café y café al que le interroga sobre ese lunar indeleble del pasado. Al final, el alma se ha vaciado, pero no de arrepentimiento, y el asesino que ya está libre, pero no de culpa, ofrece y ofrece más café y más café, como para aliviar definitivamente lo que ya no se puede explicar nunca.
¿Otro café? Pues mejor no. Más café no.

(*) El País - Madrid


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