Año CXXXIV
 Nº 49.192
Rosario,
domingo  29 de
julio de 2001
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Opinión: La vida no vale nada

Sergio Faletto

La utilización política del fútbol no es una práctica novedosa. Los argentinos tenemos una triste experiencia en este sentido. Que si bien por fortuna todavía la memoria guarda las imágenes de un Mundial que sirvió como pantalla para el desarrollo de un proceso criminal atroz, siempre es menester recordarlo trazando paralelismos con la actualidad. Porque el uso del deporte para otros fines es un acto recurrente, no sólo de parte de las dictaduras sino también de gobiernos constituidos por la elección popular. Basta con observar lo que sucede en Colombia con la Copa América, en la que el presidente Andrés Pastrana apeló a todas sus facultades para servirse de un torneo y así intentar demostrarle al mundo que en su país el que manda es el gobierno y no las fuerzas revolucionarias. Como en 1978 la junta militar quiso demostrar que en la Argentina el pueblo estaba feliz con su accionar y que aquí no se violaban los derechos humanos. Intentos tan vanos como espurios, que tarde o temprano terminan por sucumbir ante el sentido común de la población. Aunque sin dudas los costos son irreparables. Pero está claro que a los ejecutores poco les importa, porque 1, 100 o 30.000 vidas no representan un escollo si de mantener el poder se trata. Y sin considerar a los justificadores funcionales de siempre que pierden hasta el resto de dignidad con tal de pertenecer al status quo, las imágenes del festejo colombiano que devuelve el televisor por la Copa América permiten acordarse de los papelitos de la celebración albiceleste en el 78. Es inevitable no sentir lástima, impotencia y bronca, porque una vez más el maravilloso fútbol es manipulado para fines perversos. Otra vez el fútbol es el protagonista aparente de una película que no tiene final feliz. ¿Qué festejaban los argentinos en el 78? ¿Qué festejan los colombianos en esta Copa? Seguramente el justificador dirá que no hay que mezclar las cosas y que la política nada tiene que ver con el deporte. Que los éxitos deportivos son válidos más allá de las cuestiones políticas y económicas. Nada más alejado de la realidad. Porque en estos casos se tratan de torneos ilegítimos, devaluados por la corrupción y la conveniencia de unos pocos, y el sufrimiento de la mayoría.
Está claro una vez más que, así en el Mundial 78 como en esta Copa América 2001, la vida no vale nada.


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