Año CXXXIV
 Nº 49.163
Rosario,
sábado  30 de
junio de 2001
Min 9º
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Reflexiones
La dignidad y dos llaves

Siempre le recordaré como el hombre que prestaba a su jefe la llave de su piso de soltero y que acababa por devolverle otra llave, la del cuarto de baño especial para ejecutivos. Entre ambos momentos se construía una gran película, "El apartamento", y algo aún más importante: la humanidad, la dignidad de un personaje. Jack Lemmon hacía progresar los caracteres que encarnaba. Ya fuera como el ingenuo violonchelista de jazz que tenía que travestirse para sobrevivir, en "Con faldas y a lo loco", o como el prejuicioso norteamericano medio que buscaba a su hijo en Chile, en "Desaparecido".
Ya como el escéptico y mezquino hombre de negocios que descubría la alegría de vivir en el sur, en "¿Qué pasó entre tu padre y mi madre?", o como el estricto gendarme de "Irma la dulce", cuya felicidad y entereza pasaba, precisamente, por la relajación de costumbres.
Lemmon convertía a esos hombres en seres humanos decentes, que al final de cada película te enviaban a casa con media sonrisa y la seguridad de que uno puede ser alguien mejor, si lo intenta. Conquistó la dignidad para los personajes que interpretaba, navegando a través de un mar de alcohol o atravesando la estepa del fracaso. Era humano.
Sus características físicas podían haberle condenado, tanto en la vida como en el cine, a ser el amigo simpático, el cuñado necesario o un marido sin gancho. Sin embargo, su talento y su gracia innatas hicieron que, tanto en el cine como en la vida, se convirtiera en un galán muy especial. Alguien que conquistó en la pantalla a mujeres tan importantes como Lee Remick o Shirley MacLaine... e incluso algún hombre. En la vida real estaba casado con Felicia Farr, una de las actrices más delicadas y menos prodigadas del cine norteamericano.
Primero se fue Walter Matthau; ahora, él. Billy Wilder, que les reunió en tantas películas, aún resiste. Seguro que espera la hora de reunirse con ellos para montar la gran película definitiva. O para reírse.
Ha muerto Jack Lemmon, nuestro hombre amigo. No les dé pena.
Pongan un video suyo esta noche y beban a su salud. Se merece un brindis.



El actor Jack Lemmon acuñó una sonrisa característica.
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