Año CXXXIV
 Nº 49.149
Rosario,
sábado  16 de
junio de 2001
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Llega a Rosario una muestra sobre la adolescente judía víctima del nazismo
Ana Frank: una historia que refleja lo peor y lo mejor de la condición humana
Héctor Salom, de Memorias del Holocausto, cree que la solidaridad también fue un mensaje clave en esa historia

Silvina Dezorzi

"La historia de Ana Frank ilustra gran parte de lo que sucedió durante la Shoa: mientras los nazis expulsaban, perseguían y asesinaban, algunos grupos reducidos brindaban su protección", afirma Héctor Salom, director de la Fundación Memorias del Holocausto y responsable de la muestra "Ana Frank, una historia vigente", que llegará el próximo lunes a Rosario (ver recuadro). La frase alude al emblemático caso de la adolescente judía nacida en Alemania que permaneció escondida durante más de dos años en Amsterdam gracias a la ayuda de dos mujeres, antes de ser delatada y permanecer hasta su muerte en un campo de exterminio nazi. Así, el horror y la solidaridad vuelven como protagonistas de una historia que llevó hasta el paroxismo lo peor de la naturaleza humana, con las valientes excepciones de quienes osaron cobijar a los perseguidos a riesgo de perder su propia vida, "aun en aquellos momentos donde la humanidad misma parecía abolida".
-¿Por qué adquirió una dimensión universal el caso de Ana Frank?
-Porque Ana es una adolescente que escribe con mucha simpleza, mucho optimismo. Sus textos refieren a la bondad del hombre, a un mundo mejor, a lo más sensible de las personas, pese a que todo el diario fue escrito estando escondida para no caer víctima del nazismo. La historia, además, permite comprender las emociones de quien pasó más de dos años encerrado. Y el final trágico de Ana, deportada a los campos de concentración en el último tren y muerta unas semanas antes de que liberen el campo, le da un dramatismo muy particular. Además, su historia ilustra gran parte de lo que sucedió durante la Shoa: mientras los nazis expulsaban, perseguían, asesinaban, algunos grupos reducidos brindaban su protección. Si Ana y las otras siete personas pudieron esconderse, fue porque hubo otras cuatro que asumieron esa tarea con gran responsabilidad. Y ese es un mensaje clave de la muestra: aquellos que tienen convicciones humanas y asumen el cuidado del otro, con riesgo para sus propias vidas, aun en aquellos momentos donde la humanidad misma parece abolida.
-Esa conducta es contraria a la delación, justamente lo que desencadenó el final trágico de la familia Frank. ¿Cómo se explica socialmente la reiterada vergüenza de la delación?
-El nazismo usó todos los recursos tecnológicos y propagandísticos, las más sofisticadas técnicas de manipulación. En Holanda pagaba 33 florines por cabeza judía delatada; en otros lados, un kilo de azúcar y una botella de aceite. Más allá de la sensación patriótica y de mérito que muchos tenían delatando, algo instalado en la cultura, había recompensas.
-Pero más allá del nazismo, la delación es una conducta muy reiterada en la historia humana...
-Es una de las conductas más bajas, pero ante los mismos episodios de la Shoa (Holocausto, en hebreo) hubo distintas reacciones: hubo quienes delataron para hacer mérito, otros delataron para salvarse, y otros se suicidaron antes que delatar. En ese sentido, los sistemas totalitarios usan como estrategia y como recurso la instigación a delatar y el quiebre de los lazos de solidaridad. En el Proceso, en Argentina, la tortura tuvo siempre la presión de la delación. Ante esto, hay quienes conservan su humanidad y dignidad, quienes se quiebran, y quienes hacen de esto un mérito.
-¿Por qué diría que el caso de Ana Frank es una historia vigente?
-La Shoa es un hecho público, donde la humanidad quizá llega a su nivel máximo de degradación y donde un Estado instala un aparato sistemático para aniquilar a un pueblo. Esa experiencia es única: en el 32 el nazismo ya apela a tecnología informática, a una base de datos, para ubicar a los judíos. Eso significa que Hitler disponía de toda una tecnología, toda una ciencia, todos los recursos de la comunicación, al servicio perverso de la destrucción. Como hecho único, no obstante, hoy tiene referentes en distintas situaciones de la conducta humana: Kosovo, Bosnia, Sudáfrica, la esclavitud, son hechos de enorme impacto social por la destrucción de pueblos enteros. Y también tiene referentes en conductas de discriminación, de xenofobia, de persecución a minorías, de marginación social. La muestra tiene vigencia porque esta búsqueda de culpables sociales en contextos de crisis es un fenómeno vigente. La crisis, hoy en Argentina, estimula el surgimiento de discursos salvadores que hallan culpables absolutos: los inmigrantes, los bolivianos, los peruanos, los coreanos, los cabecitas negras...
-¿Y cómo se combate esa tendencia?
-Enseñando la historia, y la muestra es un intento. Conocer y reconocer la historia, indagar por qué sucedieron los hechos, por qué la gente se involucró o cómo es que miró para otro lado sintiendo que si no le tocaba no tenía responsabilidad para actuar. El único recurso con que contamos es educar, mostrar, promover reflexión, para construir una cultura de convivencia. Un trabajo arduo.
-El pueblo judío fue la principal víctima del nazismo. Hoy, con un Estado ya formado, ¿los judíos encarnan conductas de segregación, por ejemplo en su conflicto con los palestinos?
-Para responder eso hay que mirar en perspectiva. Las primeras víctimas del nazismo fueron 80 mil minusválidos, y después les llegó el turno a los homosexuales y los gitanos, pero el ensañamiento y la destrucción sistemática recayeron sobre el pueblo judío: más de 6.250.000 muertos hacen perder dimensión de la catástrofe. El Estado de Israel se crea en el 47, poco después de la Shoa. En el 45 termina la guerra y se liberan los campos de concentración, pero a los sobrevivientes, con todo su dolor y enfermedades, se les vuelven a cerrar las puertas. Y pasan casi tres años en campos de refugiados porque el mundo democrático, civilizado, no los quiere.
-¿Por qué?
-Porque las crisis nacionales hacían ver que era mejor no importar más crisis. Recordemos que Argentina fue uno de los países que recibió a mayor cantidad de jerarcas nazis, pero por supuesto cerró la puerta a los sobrevivientes judíos. Visto hoy, en perspectiva, el minúsculo Estado de Israel, enclavado en medio de una población árabe que lo multiplica por mil, debe asumir una responsabilidad que el pueblo árabe tampoco quiere asumir. La realidad de los palestinos es que son expulsados aun de los países árabes, que no los quieren en su seno. Y, finalmente, dos pueblos marginados en lucha por sobrevivir en un pequeño territorio nacional deberán construir una convivencia. Creo que hay que mirar el conflicto actual de Israel también en perspectiva: qué habría sido del pueblo judío de la Shoa si hubiera habido un Estado, qué le podría volver a suceder sin ese Estado. Eso está en el centro del conflicto.


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