Año CXXXIV
 Nº 49.088
Rosario,
domingo  15 de
abril de 2001
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Entre Ríos: Las estancias del general
Cercanas a Colón y Concepción del Uruguay, ahora se abren al público las casas que levantó Justo José de Urquiza

Corina Canale

Los historiadores abordaron la vida política, cultural y militar del polifacético general entrerriano Justo José de Urquiza, mientras otros investigadores se abocaron a las vicisitudes de su vida cotidiana, sus amores y su pasión por los árboles y las estancias (Villa Teresa, San Pedro y Santa Cándida) que se abrieron al turismo para recrear los tiempos en que se iba forjando una nueva nación.
En Villa Teresa, que primero se llamó San José y después Rincón de Urquiza, sobre el río Uruguay, el general nació el 18 de octubre de 1801. De la vivienda familiar, cerca del casco de la estancia, quedan las ruinas de un corral de piedras.
En esos campos -cercanos a Colón y a Concepción del Uruguay- donde José de Urquiza explotaba la ganadería y la extracción de piedra caliza, Justo José pasó su infancia y adolescencia aprendiendo a amar la tierra y a defender los principios de la unidad nacional.
Muchos años después, en 1846, el que ya era considerado uno de los hombres fuertes del país joven compró la estancia San Pedro, a 20 kilómetros del palacio San José, residencia que amó profundamente y que tenía un lago artificial para el que compró un barco con el que recreaba el carnaval de Venecia.
En San Pedro se criaban vacunos y yeguarizos, y de la vieja estancia sólo quedó un rancho y un corral de palo a pique, en los que se juntaba la hacienda. De allí eran muchos de los caballos que usaron los soldados en la guerra del Paraguay.
En esa tarea estaba el coronel Adolfo Castro y su ayudante, que ya habían seleccionado unos dos mil, cuando se produjo una estampida entre los caballos que atropellaron y mataron a los militares. Por orden de Urquiza ambos fueron sepultados allí.

Una lealtad vuelta traición
Cuentan que por la cercanía de esta estancia con el palacio San José nunca se construyó una casa principal, pero sí una vivienda, en 1864, para el uruguayo Nicomedes Coronel, el capataz a quien el coronel consideraba hombre leal.
Pero siete años después, el 11 de abril de 1870, 50 hombres se reunieron en San Pedro y partieron hacia el palacio San José con un objetivo claro: asesinar a Urquiza, a quien en ese momento acompañaban sus hijas Dolores y Justa.
Las dos jóvenes, con asombro, reconocieron entre los asesinos a Nicomedes. Y vieron a su padre, ya con un balazo en el rostro, recibir cuatro estocadas mortales de la propia mano del uruguayo: una en la espalda y tres en el pecho.
Sobre este hecho, Justa, de 15 años, escribió: "Toda aquella noche la pasamos mamá, Lola y yo a merced de los asesinos, en la misma alcoba donde lo mataron a Tata. Después se dispuso nuestra partida para Concepción del Uruguay; aquel anochecer, visto y vivido, apagó la edad dichosa de mis pocos años".
Ella no lo sabía, pero esa fecha fatídica le traería el consuelo del amor. Porque el presidente Sarmiento, ante el asesinato de Urquiza, envió un regimiento al mando del coronel Luis María Campos para sofocar la rebelión de López Jordán.
Dos años después Campos desposaba a Justa, y ese mismo año, cuando la mujer tomó posesión de la estancia, el matrimonio ordenó demoler la casa que Urquiza había construido para el uruguayo. Aventaron, de ese modo, el fantasma de Nicomedes Coronel.
En su lugar construyeron, a la usanza criolla, la primera casa principal de San Pedro, estilo chorizo, con un patio interior y galerías abiertas, a la que rodearon -como lo hubiera hecho Urquiza- de un magnífico parque diseñado por el francés Charles Thays. De esa casa quedan cuatro habitaciones con sus mobiliarios.
Actualmente la estancia San Pedro pertenece a Horacio Roca y María Roca de Favre, tataranietos del general, y es un establecimiento agrícola-ganadero que emplea técnicas modernas para conservar y mejorar los suelos.

De estanciero a saladerista
Un año después de comprar San Pedro, en 1847, el inquieto general estanciero decidió convertirse en saladerista, para industrializar la materia prima de sus estancias. Y lo hizo en el palacio Santa Cándida, al sur de Concepción del Uruguay y a la vera del arroyo de la China.
Santa Cándida tenía grandes galpones destinados a grasería, salazón de carne, lavado y salazón de cuero, curtiduría, panadería, pulpería y carpintería, y también viviendas para los trabajadores, que llegaron a ser unos 300.
Urquiza notó que entre el saladero, que estaba sobre una barranca, y el muelle había una costa cenagosa y cubierta de pastizales que dificultaba los embarques. Rápidamente convocó al arquitecto Juan Fossatti y construyó un ferrocarril interno, con un muelle que aún se conserva.
El palacio Santa Cándida pertenece ahora a doña Adela Unzúe de Leloir, quien fomentó la cría de Aberdeen Angus que fueron muy premiados en las exposiciones rurales de Palermo. El arquitecto Angel Gallardo amplió lo que había hecho Fossatti, adosando una galería cubierta en la planta baja con varias esculturas.
Y en el parque hay una Palas Atenea y dos esfinges de mármol, una de "Hércules con la hidra de siete cabezas" y otra de "Hércules matando al león de Nemea", que emergen entre eucaliptus, casuarinas y un extraño ejemplar de roble europeo.
Para Oscar Urquiza Almandoz, descendiente de Urquiza y también historiador, las tres estancias del general "muestran una noción totalizadora del pasado y una visión actualizada de cómo se trabaja en el campo entrerriano".



La vieja estancia de San Pedro.
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