Año CXXXIV
 Nº 49.088
Rosario,
domingo  15 de
abril de 2001
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Rosario por escritores: Paraíso salvaje

María Angélica Scotti

El sitio que más me atrae de Rosario no es precisamente un shopping ni un restaurante ni un rascacielos ni las bulliciosas aguas danzantes del Parque Independencia sino un espacio bastante incivilizado. Es un paraje a la vera del río que se despliega, como un ala, de un hipotético Parque de las Colectividades. A menudo voy hasta allí en mi añeja bicicleta (amarilla, por más señas, y un tanto destartalada) y, luego de sortear pandillas de muchachos que juegan al fútbol y paseantes que sacan a orear el perro, me escurro (sin soltar a mi rodante compañera) por una abertura de la baranda y bordeo la barranca que se hunde en el río. Es un sendero que conocen y frecuentan los pescadores y los enamorados. Yo, como no pertenezco a ninguna de las dos especies, los dejo atrás también y me interno lo más que puedo en esa franja costera. Al principio, cuando descubrí el sitio (hace dos o tres años), era posible llegar hasta un muro donde se expande una solitaria araucaria y espiar asimismo unos nichos misteriosos donde proliferan basuras. Después, retrocediendo un poco, trepo una alta y maltrecha plataforma de cemento (para eso hay que ensayar una pirueta agarrándose de una rama y afirmando el pie izquierdo en el esqueleto de la plataforma) y, por fin, allí arriba se accede a un horizonte prodigioso: el río que se abre como una ventana o como un espejo de plata en medio de la opacidad del mundo; el silencio apenas desdibujado por la tenue voz de las aguas; el volido audaz de las gaviotas que se lanzan a pique con el viento. Hasta es factible ahí mismo tomar nota de todas esas sensaciones. Yo suelo sacar algún estrujado papelito y una oportuna birome y escribo: Adentrarse en el río para impregnarse de los amaneceres y los crepúsculos. Procurar amistarse con el viento y las aguas. Sentir el embrujo del curso relumbrante y rumoroso. El río: uno de los sitios de la aventura que cada cual tiene por delante como un camino.
Así fueron surgiendo las imágenes de mi novela "Diario de ilusiones y naufragios", que transcurre predominantemente en el río, en el Paraná. En realidad, en ese entonces (ya siete años atrás) yo robaba las imágenes del río no desde esta maltrecha plataforma, que aún no conocía, sino desde otros miradores más civilizados como el Parque España o la Estación Fluvial o el Parque Urquiza. Pero el río era siempre el mismo (y para mí será siempre un único río, llámese Paraná, del Plata o Coronda, mal que les pese a los geógrafos y sus rotulaciones) y, a la par, nunca era el mismo. Cada día se mostraba diferente; a veces calmo, a veces encrespado, a veces henchido de pájaros o de peces. A veces fulgurante o bien turbio, según los distintos momentos del día o las dispares orillas. Pura, la temerosa protagonista de "Diario...", decía que al lado del río la vida era mero horizonte y aire; y Padrazo, el italiano aventurero, sentía que el mundo estaba incompleto o cerrado si uno no habitaba junto a un curso de agua; y la española "mamita", por su parte, se empeñaba en atisbar los atardeceres, de cara al río, como un rito ineludible.
Yo miraba el río y se me filtraban también en la memoria otras imágenes, esta vez ajenas, como las de Haroldo Conti, el narrador del que más me alimenté para la escritura de "Diario...". "No se puede decir que el río cambie de una manera en invierno y de otra manera en verano. Cambia. Eso es todo. Las islas, por el contrario, parecen distintas con cada estación que llega. No sólo por la intensidad del verde, en el verano, sino por algo mucho más sutil. En el invierno, desde el río abierto, se pierden en una lejanía brumosa. De pronto están, de pronto no están. Uno duda del río y piensa que es imposible llegar alguna vez, a pesar de toda esa tenue ansiedad que lo aísla y lo mece y lo acongoja en parte. Más bien son un borde ilusorio, una sombra que oscila con el horizonte, hacia el oeste. Si por fin logra acercarse, entonces parecen todavía más remotas, habitadas por el silencio y la soledad y por una tristeza irreparable". ("Sudeste").
Los que escribimos (y leemos) estamos condenados (felizmente condenados) a vivir con ojos literarios, con los sentidos velados por metáforas o hipérboles o acopiando resonancias de otros.
Muchos escritores argentinos (o rioplatenses), además de Conti, han navegado el río con sus palabras. Podría trazarse una larga lista: Horacio Quiroga, Velmiro Ayala Gauna, Mateo Booz, Luis Gudiño Kramer, Juanele Ortiz, Diego OxIey, Gastón Gori, José Luis Víttori, Hugo Mandón, José Carlos Gallardo (un español muy rosarino), Juan José Saer, Libertad Demitrópulos (con su estupenda novela "Río de las congojas"), Beatriz Vallejos, Susana Valenti, Marta Rodil, Pablo Pila, Juan Manuel Inchauspe... y otros que seguramente olvido o que no conozco.
En realidad, mi vida ha estado rondando el río casi desde siempre. En mi adolescencia habitaba en el barrio porteño de San Telmo, a un paso de la costanera sur y, desde la terraza del edificio, se podía otear el río e incluso, a veces, las riberas uruguayas. Pero ya antes, antes de San Telmo, cuando era chica y vivía en Ituzaingó (un pueblo suburbano de Buenos Aires al oeste, tan lejos de la costa), recuerdo que empecé a presentir o ansiar difusamente el río. Por entonces (eran los años 50) mi padre nos había prometido, a mi hermana y a mí, que un domingo nos llevaría a conocer el Tigre y yo soñaba con esa experiencia nunca concretada y garabateaba pequeños engendros novelísticos que se detenían en el capítulo 111, justo cuando la protagonista narradora se hallaba a punto de emprender una excursión hacia el río, hacia el Delta. Pero el verdadero descubrimiento del río no fue en ese tiempo (sólo conocí el Delta de pasada en una ocasión en que fui a estudiar a casa de una compañera de facultad, en el Tigre) sino cuando inicié, con mi marido y mis hijos, un periplo por el litoral. Partimos de Buenos Aires a fines del 76, emprendiendo una especie de exilio interior, provinciano, que fue, al menos para mí, un encuentro con las entrañas del país. Nos instalamos en Goya, Corrientes, a la vuelta del riacho (una de las ramificaciones del Paraná) y por allí paseábamos con nuestros críos a la vez que nos aplicábamos al periodismo. Cinco años después cruzamos el río y continuamos la aventura provinciana y periodística en Reconquista, ya en territorio de Santa Fe. Allí el río transcurría más lejano, pero siempre posible, aguardando, agazapado. Luego, al cabo de cuatro años (una etapa en que empecé a publicar y a dedicarme a los talleres literarios), continuamos el peregrinaje, ahora hacia el sur, bajando el río: Santo Tomé o Santa Fe, donde se multiplican los cursos de agua. Y, al poco tiempo (ya de esto hace trece años), arribamos finalmente a Rosario. Y, con él, otra vez el río, más al alcance. Esta travesía-indagación del litoral se halla presente, en cierto modo, en las andanzas de los personajes de mi "Diario...".
Tal vez por tanto acoplarme al río siento el impulso, acá en Rosario, de ir al encuentro de él, no puedo sustraerme a su hechizo, a su llamado. Sin cesar me embarco en mi añeja bicicleta amarilla y no paro hasta llegar al maltrecho mirador salvaje. Un mirador que ahora está, en verdad, más agreste que nunca: las malezas han ido invadiendo intrépidamente el sendero de los enamorados y los pescadores. Ya no es posible alcanzar la araucaria, el mítico pehuén de los mapuches, que hoy sólo atino a acechar desde la lejanía, con cierta nostalgia. (Esa araucaria que me retrotrae a la escritura de mi última novela, en la que un médico ruso-francés y un enjambre de marginales huyen de la Civilización, de la Buenos Aires de 1867, en busca del sur, de la utopía primigenia). Ahora ni siquiera puedo treparme a la plataforma alta porque también ha quedado acorralada por los matorrales y debo conformarme con la plataforma baja, más módica, más cerca de los enamorados y de los pescadores. Mi lugar se está tornando cada vez más salvaje, despiadadamente salvaje. Por otra parte, y paralelamente a esta proliferación de malezas, el Parque de las Colectividades ha sufrido un cambio, al que asistí, con verdadero desencanto, en mi última visita: han inaugurado allí una confitería con su correspondiente música tecno y un castillo inflable para párvulos.
Por eso, sólo por eso -¿un rasgo de romanticismo trasnochado?-, tengo temor de volver al lugar. Temo más el avance de los reductos de la civilización o el progreso que la avanzada de los yuyos. Me sobresalta la idea de que me arrebaten mi pequeño paraíso salvaje (ese espacio casi selvático desde donde es posible respirar los crepúsculos, el frescor de las sombras, llenarse de río y de vientos) y que, entonces, tristemente, inexorablemente, no quede más remedio que huir de allí, como en la cortazariana "Casa tomada": sin lamentaciones, sin pensar demasiado, sin mirar hacia atrás.



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