Año CXXXIV
 Nº 49.046
Rosario,
domingo  04 de
marzo de 2001
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Jujuy: Otro manantial
Delicias en la quebrada de Humahuaca, asomándose al cerro de los Siete Colores

Corina Canale

La historia del Manantial del Silencio, ahora que el tiempo ha pasado, es apenas un relato, pero durante años, en rigor cinco, nadie en Purmamarca, pueblito jujeño de la quebrada de Humahuaca, le vendía tierras a Alice Lemos.
En voz baja los pobladores se preguntaban qué era lo que la rubia mujer buscaba allí. Querían saber qué intenciones tenía. En esas idas y vueltas, inexorablemente aprendieron a conocerla; supieron de sus afanes por ser una más en ese pequeño pueblo de 800 habitantes, de los que sólo 450 viven en el casco urbano.
De tanto preguntar y esperar, ella supo, y valoró, el dolor y el sentimiento de desarraigo que apretaba el corazón de la gente de Purmamarca al dar su tierra. Supo que para ellos la tierra era lo más importante de la vida. Un vínculo difícil de comprender para la frágil mujer que había parido ocho hijos.
Mientras tanto, Alice y Alberto, su marido, sentían que ese era el lugar para "el otro manantial", el que complementaría al que ya habían levantado en Salta -la finca estancia El Manantial- en el espectacular paisaje de La Silleta.
Cuando menos lo esperaban, en los últimos días de 1999, alguien, no importa quién, les vendió una hectárea y media de tierras que se asoman al imponente cerro de los Siete Colores. Alice y Alberto habían dejado de ser forasteros.
Para armar ese lugar llamaron a Mariano Sepúlveda, un salteño especialista en arquitectura colonial, quien eligió para el pórtico del edificio, que debía ser y fue austero, blanco y despojado, un arco como el de la iglesia de Purmamarca.
El arquitecto reconoció que esa construcción de 1648, que fue uno de los primeros lugares santos en la quebrada, lo había conmovido.
Como por arte de magia las paredes rústicas se poblaron de espejos enmarcados en madera de cardón, algunos con incrustaciones de alpaca, y en los techos de caña se colgaron arañas de hierro forjado, obra de las manos y el ingenio de los artesanos norteños.
Sepúlveda incluyó en la decoración lámparas votivas, con espejos interiores que filtran la luz, para que emerja diáfana y clara, y Alice trajo sus ángeles arcabuceros, pinturas de la escuela cuzqueña donde sólo el profundo dorado de los marcos atenúa la oscuridad de las figuras.
También surgieron, desde los viejos arcones familiares, las antiguas mantas catamarqueñas que pertenecieron a don Herminio Arrieta, el abuelo de Alberto Lemos, dueño del mítico ingenio Ledesma. Y aparecieron los sombreros peruanos, las máscaras de madera, hechas por artesanos de Salta y Jujuy, y los cuadros de las viejas iglesias de Humahuaca.
El 23 de enero el Manantial del Silencio se puso en marcha. Alice dice que "la inauguración aún está pendiente", pero en este lapso ya se alojaron en las 12 habitaciones del hospedaje quebradeño varios grupos de viajeros.
Ellos ya conocen que el pueblo tours es una excursión de dos horas inventada por la pareja, en la que un joven de Purmamarca, uno de los tres guías que están capacitando, los lleva a conocer la historia, la arquitectura y la geología del lugar.
Con pueblo tours se visita la iglesia donde está la imagen de Santa Rosa de Lima, patrona de Purmamarca y también de América toda. El guía explica cómo se vivía antes y cómo se vive ahora, y relata episodios de la vida del cacique Viltipoco, el último que se enfrentó a los españoles.
El paseo termina con la visita a la "madre del pueblo", la casi centenaria Barbarita Cruz, que invita con copitas de vino patero, hecho por sus pies, y canta coplas al son de la caja. A veces cuenta que es descendiente directa del márquez de Yavi, que además, según la historia, fue el único marquesado de Argentina. Algunas veces -"si se lo llama, viene siempre"- los visitantes escuchan las canciones de Tomás Lipán, famoso purmamarqueño que es cantor, compositor y guitarrero.
Y siempre está Sergio, el joven chef del Manantial, discípulo del Gato Dumas, que tiene muchos platos exquisitos pero ninguno como los ravioles rellenos con habas, que sirve con una salsa de tomates frescos, queso de cabra y albahaca.
Tampoco hay que desdeñar la brochette de llama ni las truchas que se pescan en la cercana laguna de Yala, en las alturas andinas, que son riquísimas con una salsa criolla, sencilla y perfumada.
En este albergue, que tiene mucho de monacal, hay hogares a leña, camas muy anchas, edredones de plumas y una piscina rodeada por cerros de colores.



Detrás del Manantial del Silencio, la Quebrada.
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